El cuero y la cabeza
El trabajo es más que ejercer una determinada profesión u oficio. Con él se siente, se vive. Y para ello no importa dónde ni cómo ni cuándo. Por Carlos Werner - Redacción LA GACETA.
A eso de las 8, Juan José despierta a todo el barrio cuando hace arrancar la camioneta. Diez, quince segundos para calentar el motor y ya pone primera, camino al puesto donde estará a la pesca de algún que otro flete que le deje unos pesos. No volverá a casa sino cuando el día esté muriendo y lo haya llevado de Norte a Sur, de Este a Oeste, sin brújula, detrás del "mango que lo haga morfar".
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Faustino toma el balde y el banquito. Se acomoda el sombrero y emprende la marcha. Las gallinas se le cruzan en el patio y unos chanchos se embarran por completo en el chiquero. A lo largo del día, ordeñará las vacas, limpiará el cerco, desmalezará el camino y llenará el calicanto con agüita limpia y clara. Ya cuenta las horas para volver a casita, donde seguro lo esperará un guiso de papas y una caricia.
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Lautaro está pegado a la computadora. La crisis mundial de los mercados lo puso en pánico. Los bonos externos de Ucrania no pagan como antes y no sabe qué hacer. Una fábrica despide empleados, dispara los índices bursátiles y su tez se pone blanca. La computadora le devuelve una imagen fantasmal de sí mismo, de ojos enrojecidos. Mientras un temblor en las manos y un tic nervioso lo tienen a maltraer.
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Para llegar a su casa desde el camino, Josefa tiene media hora; para volver, quince minutos. La subida es fea, pero ella está acostumbrada. En un brazo cuelga un canasto con quesos y quesillos para ir a vender a la plaza de la villa. No tiene apuro, pero sí necesidades. Se tiene fe, hoy puede ser su gran día. Escucha un ruido de motores, levanta tímida la mano. "Señor, ¿me lleva al pueblo...?"
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Casi 50 minutos de viaje en colectivo, entre frenadas bruscas y bamboleo callejero. Manuel toca el timbre y baja; la Crisóstomo es un desfile de seres anónimos, motores bramando y ruedas calientes. Agitado, se abre paso como puede entre el gentío. Está llegando tarde; el jefe estará a la puerta de la oficina, mirando nervioso el reloj y él ensayará una excusa indefendible. Le espera todo un día de apurones, números y cálculos. Todo sea por ese sueldo, que aunque escaso y volátil, es sueldo al fin.
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Matilde abre las persianas del negocio. Echa un vistazo a las góndolas, toma un plumero y les saca el polvo a botes y latas de productos. Pronto vendrán los clientes; y los proveedores; y los cobradores; y más clientes. Y ella los atenderá detrás de una reja, esa que por el asalto del otro día se vio obligada a colocar. Ensaya la sonrisa que tratará de mantener: el día recién comienza, la venta está dura, la competencia también. No puede aflojar, por nada del mundo.
Aníbal limpiará baños; Roxana enseñará en la escuela; Miguel manejará su taxi; Raúl escribirá otro informe; Candela defenderá a su cliente; Bautista controlará el orden; Gregorio ensayará otra vez la obra.
No importa dónde, ni cómo, ni cuándo: el trabajo es más que ejercer una profesión o un oficio. A veces se le pierde el sentido, a veces es una bendición; nos hace felices o nos martiriza; nos da y nos quita, promueve el crecimiento, sume en la decepción o en el conformismo. Pero, al fin y al cabo, es la vida misma, que fluye y se manifiesta; es poner el cuero y la cabeza, el físico y el intelecto, todos los días. Un principio productivo que, invariablemente, genera un final siempre abierto e impredecible.







