Lo mejor de las peleas...
En los días previos a la boda, mientras se ajustan los detalles de la fiesta, los novios estallan en discusiones enredadas por los nervios. Por Miguel Alberto Velardez - Redacción LA GACETA.
Entró en su casa con el ceño fruncido. Apenas lo vieron llegar, los padres notaron que algo malo había sucedido. Sobre todo cuando siguió directamente al dormitorio sin decir ni media palabra. Subió la escalera y, en un segundo, se oyó que la puerta de la habitación se cerraba con firmeza. La madre no esperó y corrió a ver qué pasaba. Nada ?dijo él, desde adentro-, nada. No puede ser, hijo ?respondió ella suavemente-. Tras un breve silencio, Martín agregó: no habrá casamiento? no voy a casarme.
Desde el comedor, el padre sonrió moviendo la cabeza y le hizo una seña cómplice a su esposa para que dejara pasar el momento. Ella dijo que no podía quedarse de brazos cruzados. Entonces, interrogó a su hijo una vez más. Se abrió la puerta de la habitación y Martín pidió que suspendieran todos los preparativos. La mujer se acercó, dispuesta a escuchar. Como no lograba que el hijo hablara, habló ella. "Todos los novios del mundo se pelean antes del casamiento ?dijo en voz baja-; es normal, por los nervios; nos pasó a tu papá y a mí, por supuesto", agregó.
En la casa de la novia también había problemas y la discusión estaba más avanzada todavía. El padre parecía celebrar la suspensión de la boda, pero intentaba ocultar la satisfacción que le causaba semejante noticia. No quería demostrarlo, para evitar que su hija cambiara de opinión. Fue la madre de la novia la que tomó las riendas del caso, y daba alaridos por tremebunda decisión. "Está todo casi listo? comentó sin oír respuesta. "No puede ser? qué escándalo ¡y los invitados?!", dijo sin terminar la frase.
El novio, en su casa, y la novia, en la suya, plantearon las quejas contra el otro. Ambos, sin saberlo, hablaron de los desacuerdos por la organización de la fiesta, del hartazgo por la intromisión de los familiares, del gasto por la elección del salón, del disgusto por el escote que tendrá el vestido, de la invitación a fulano, de lo tarde que había llegado él de la despedida de soltero, de las amigas que ella había invitado a su fiesta unos días antes. Esos y otros reproches se cruzaron antes de gritarse en la cara que no habría casamiento. Sin embargo, nadie les creyó. Salvo el padre de la novia, que esperaba, de verdad, que no hubiera boda.
Habían pasado dos horas de aquellas discusiones, cuando sonó el teléfono en la casa del novio. Su madre atendió la llamada. Del otro lado, la voz de la madre de la novia sonó desconcertada. "No quiero imaginarme el escándalo que?", dijo sin terminar la frase, como era su costumbre. "No se aflija, ya se resolverá", le respondió la otra más serena. "Eso espero, porque si no?", interrumpió sin cerrar ?una vez más- sus pensamientos.
Al día siguiente, el planeador de bodas llegó a la casa de la novia. Ella misma atendió a la puerta. Se le notaban las ojeras que había dejado el llanto a escondidas. "Me espera un segundo" ?dijo en tono de pregunta-, ante el caballero que estaba listo para organizar el traslado de la ornamentación al salón. De inmediato, llamó por teléfono a su novio. "Voy para allá", respondió él sin dudar.
Al encontrarse, los novios, en el jardín, se abrazaron sin decir nada. La novia volaba con los pies en el aire, al compás de los giros de calesita que daba el novio. Después sellaron todo con un beso y a ella se le escaparon unas lágrimas. El planeador de bodas no entendía nada hasta que la madre de la novia le sopló al oído que habían estado peleados y que querían suspender el casamiento. "Ah, ya entiendo ?dijo imperturbable-. ¿A quién no le pasó eso?? Ahora van a ver que lo mejor de las peleas? son las reconciliaciones.







