Alperovichismo, un esquema de poder

El sistema de acción pergeñado por el gobernador le dio buenos resultados electorales. ¿Alguien se animará en el futuro a modificar la fórmula del éxito político? Por Juan Manuel Asis -Prosecretario de Redacción.

05 Noviembre 2008

Más hegemonía política, menos calidad institucional (¿qué le importará más a la clase dirigente?). La ecuación es el resultado de la llegada al Gobierno de un oficialismo contundentemente victorioso en las urnas. Ganar es la premisa de los que quieren llegar al poder, pero aplastar a los adversarios electorales es la meta de los que quieren desarrollar una gestión sin sobresaltos. Claro que este hecho tiene contraindicaciones; por ejemplo, la hegemonía conduce como un tobogán aceitado hacia la soberbia, algo contraproducente en democracia. Si no, baste mirar cómo el capricho de los Kirchner estiró el conflicto del campo durante 120 días porque se les ocurrió que tenían que poner de rodillas a los ruralistas. Pura soberbia nomás. Y si se mira hacia atrás, se verá que los gobernantes que pasaron han tenido el mismo anhelo inicial: cumplir su tarea sin contratiempos, es decir (en puros términos políticos) sin una oposición que les complique la tarea, o que ponga palos en la rueda, como suele repetirse comúnmente.
En Tucumán, en los últimos 20 años, los que llegaron al Poder Ejecutivo se toparon con un inconveniente insubsanable: que el poder sólo les sonreía un par de años, no los cuatro, ya que cuando se aproximaba el recambio constitucional (antes de la reforma de 2006) había que mirar a los posibles sucesores, o sea al que heredaría el poder, por decirlo de alguna forma. El que abandonaba el sillón de Lucas Córdoba se quedaba prácticamente sin nada, si es que no lograba armar un espacio político para subsistir desde el llano.
Así fue como el "miedo a la debilidad temprana" dejó enseñanzas y provocó ensayos reformistas de orteguistas, de bussistas y de mirandistas; pero sólo el alperovichismo lo concretó hace un par de años. Llegó fortalecido a 2007 y ganó cuanta elección pasó, pero el temor se renovó con miras al 2011: ya se habla de las trabas judiciales a la segunda reelección. En el fondo, de lo que se habla es de mantener el poder hasta el último minuto de gestión, para que esta no se desmadre, tal como les ocurrió a Ramón Ortega, a Antonio Bussi y a Julio Miranda.

Lo que los otros no hicieron
Ahora bien, la pregunta que cabe es si cualquiera que quiera llegar al Gobierno prefiere una oposición reducida a la mínima expresión para transitar sin dificultades el tiempo de gestión. En ese sentido, el alperovichismo hizo todo aquello que no consiguieron sus antecesores y, tal vez, todo aquello que desean alcanzar interiormente algunos opositores que ven el poder desde varios escalones abajo. Entonces cabe la pregunta: ¿es el alperovichismo, entendido como una forma de ejercer el poder (como lo fue el menemismo y ahora el kirchnerismo), la medida futura para hacer política en Tucumán? En adelante, en materia de gestión, nadie podrá hacer menos; pero en materia de calidad institucional, ¿se querrá hacer algo distinto? ¿Alguien se atreverá? La respuesta es un desafío abierto.
Si observamos que el decisionismo (una forma concentrada de ejercer discrecionalmente el poder político, tal como se analizó en LA GACETA del domingo último) hace escuela en las estructuras de poder ¿quién querrá apartarse de la huella? La democracia paga las consecuencias, y eso sólo es advertido desde el plano del análisis y por los opositores, que están obligados a defender la calidad institucional por el peso de las circunstancias, más que por convicción, ya que nadie puede estar seguro de lo que querrían, y harían, si les toca estar en la otra vereda. La veta autoritaria está en la sangre de los dirigentes con aspiraciones, aunque hay que disimularla: se está en democracia. Autoritarismo, hegemonía y soberbia van de la mano, y juntas hacen añicos el concepto de calidad institucional.

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Por sus efectos
Pero, ¿qué es el alperovichismo como forma de ejercer el poder? Se lo puede descubrir a través de sus efectos: una Legislatura dócil, un Poder Judicial entrampado en sus necesidades, intendentes y comisionados rurales sometidos económicamente, tibios organismos de control, una buena relación (obediencia incondicional) con el Gobierno nacional, que le garantiza recursos; obra pública como no se vio antes y, sobre todo, una tremenda concentración de poder político en una persona. Algunos envidiarían este esquema, otros lo cuestionarían por aquella ecuación. Alperovich lo hizo, se podría decir. Hasta ahora, el sistema funciona de esta manera porque la calidad institucional no es un valor de vida todavía; nadie saldría a la calle a gritar y a exigir su vigencia, hecho que sólo queda elegante en los discursos. En algunos lustros se verá si las pretensiones hegemónicas (de todos los que acceden al poder) ceden frente a las necesidades de consenso, y si la coyuntura permite que eso ocurra. Caso contrario, el esquema alperovichista será la guía para los que vengan. Y si lo siguen votando, con más razón, ya que será sinónimo de éxito. Por lo menos, este esquema parece que puede llegar a tener vida hasta 2015.

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