Melenita de oro

Rubias auténticas y de las otras. Un color de pelo cuya frecuencia disminuirá mecánicamente. Predominio de los genes morenos. Por Luis Mario Sueldo - Redacción de LA GACETA.

02 Noviembre 2008

Las rubias tienen ese qué se yo, ¿vieron? Ya sean naturales o artificiales, siempre se posicionaron con fuerza en distintos ámbitos. Desde la antigüedad, los hombres prefirieron mujeres con características exóticas. Las rubias aparecieron por una mutación ocurrida hace más de 10.000 años. Es posible que el subconsciente relacione este color con el oro, símbolo de poder. “Mary, Peggy, Betty, Julie... rubias de New York.../ dan envidia a las estrellas/ yo no sé vivir sin ellas...”, cantaba Gardel. Lo ideal sería que la tonalidad del pelo de una dama armonizara con el de su piel o, tal vez, con el de sus pupilas (“Era rubia y sus ojos celestes/ reflejaban la gloria del día...”). Y con la edad, epa. Porque, sin polemizar con los coiffeurs, los touches demasiado claros les adosan un calendario poco condescendiente a las maduritas (el tiempo es un ladrón, chicas). Hay hipótesis que sostienen que el mito de este color está ligado a la historia europea (el continente invadido por pueblos rubios -dorios, francos- lo asoció al vencedor). Otras hablan de una selección sexual que privilegia los colores intensos o que la fuerza simbólica del rubio es fruto de dos siglos de supremacía de Occidente (cuidado, ahora, con el avance asiático y sus 4.000 millones de individuos). En Francia, una empresa dedicada a la investigación capilar ya trabaja en una nueva forma de belleza: el cabello “mestizado”. La cuestión es que si -como se sostiene- hombres eran los de antes, también rubias eran las de antes.
     ¿Y si todo está inmerso en supuestos? La voz popular apunta que la mayoría de las modelos y de las rubias cuenta con un magro coeficiente intelectual y que, además de su obsesión por vivir bronceadas, son aburridas y perezosas. ¿En cuáles estadísticas se basa lo que pretende ser un apotegma? ¿No habrá por ahí un tufillo de resentimiento? Chi lo sa. De cualquier manera, ¿acaso no elogiamos más la ropa de alguien que su inteligencia? Mal que le pese  a “la contra”, las rubias famosas encabezan las búsquedas en internet. La fascinación por el cabello dorado se mantiene incólume. Un ícono de las formas, Marilyn Monroe, inolvidable en su protagónico de “Los caballeros las prefieren rubias”, explotó en la pantalla y en el favoritismo masculino cuando se transformó en la blonda platinada, habiendo sido rojizo su color primigenio. Alfred Hichcock, el maestro del suspenso, conmocionaba a la platea con sus filmes, quizá porque él vivía perturbado por su debilidad por las rubias (Grace Kelly e Ingrid Bergman, entre otras). Los varones reaccionan más que las mujeres ante los estímulos visuales y almacenan mejor los recuerdos. Los científicos adelantan que dentro de dos siglos prácticamente no existirá el rubio, debido al mayor crecimiento de la población con genes morenos. Actualmente, un adulto de cada 20 en EE.UU. y en Europa posee ese tono auténtico. Su frecuencia disminuirá mecánicamente. Uno de los fundamentos es que este color de pelo, al igual que el de los ojos azules, se debe a genes recesivos. Las mujeres rubias, a las que una respuesta sociopsicológica podría explicar que están vinculadas a la conquista y a la aventura, irán perdiéndose. A lo mejor se arribe a esa etapa sin prejuicios, con lo que sueñan los idealistas, donde la propia naturaleza nos conducirá a un plano en el que ni el color ni la raza ni las ideas ni las creencias provocarán intolerancias fanáticas o controversias delirantes. Pero, mientras tanto, sigamos con una rubia en el avión, hermosa y melancólica, como una canción de Los Redondos. Porque sin rubias no hay paraíso. 

 

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