Todo grupo humano posee virtudes y defectos que conforman su idiosincrasia. El predominio de una parte sobre otra se verá reflejada en su realidad histórica y cotidiana. Hace unas semanas, el Instituto de Desarrollo Productivo de la Provincia (IDEP) dio a conocer un informe sobre cómo nos vemos los tucumanos a nosotros mismos y qué imagen tienen de nosotros los que nos perciben desde afuera. El objetivo del trabajo es definir lo que desde el Poder Ejecutivo llaman Estrategia Marca Tucumán.
Las encuestas, efectuadas por el Gobierno provincial entre julio y setiembre pasado, revelaron que los turistas les llama la atención nuestro nivel cultural, el patrimonio histórico y la capacidad de los tucumanos. Entre los aspectos negativos, observan la falta de apego a las normas, la suciedad y el desperdicio de nuestras potencialidades. Lo curioso es que los mismos tucumanos se reconocen transgresores de las normas, exponentes de la viveza criolla e irresponsables, a la misma vez que se jactan de su calidez, sentido del humor, creatividad, talento y capacidad.
En una consulta que LA GACETA hizo a varios ciudadanos e intelectuales, que se volcó en el suplemento de Actualidad del 19 de octubre, un doctor en Filosofía afirmó que ninguna sociología ha podido explicar aún cómo nace y por qué pervive cierto comportamiento en un grupo humano. Para mostrar una de la contradicciones entre ser sucio, irrespetuoso ante la ley y poseer un buen nivel cultural, puso por ejemplo cualquier baño de la universidad estatal que resume la suciedad, la irrespetuosidad y el culto de los libros. Un docente consideró que la picardía tucumana es una versión más agresiva e ingeniosa de la difundida viveza criolla, que caracteriza al argentino en el mundo, y en términos parecidos, una profesora de Letras comparó al tucumano con el Lazarillo de Tormes, con larga ventaja para el primero. “La viveza está presente tanto en el chico que limpia parabrisas de autos en los semáforos como en el joven que atiende una verdulería y pesa de menos; el maduro taxista que cobra de más o el indolente empresario que encara sólo lo que sabe que lo salvará económicamente”, dijo.
En referencia al desapego por las normas y por las leyes, algunos de los consultados indicaron que se trata una errónea costumbre fundada en el mal ejemplo de gobernantes y de referentes de la sociedad. Una contadora manifestó que los tucumanos no hacemos mucho para cambiar nuestra irrespetuosidad ante la ley y nos definió como personas egoístas que sólo piensan en su bienestar, sin importarles el perjuicio o la inconveniencia que se le provoca al otro. “No creo que el problema sea la falta de leyes; más bien es la falta de compromiso en cumplirlas y en hacerlas cumplir. Sólo pensamos como egoístas, no como sociedad. Las normas existentes deberían aplicarse sin desviaciones o facilidades otorgadas por funcionarios”, dijo.
Si en un espejo nos vemos transgresores, sucios y pícaros, ¿qué se debe hacer para revertir esa imagen de nosotros mismos? Coincidimos con los tucumanos consultados en que el punto de partida para revertir estos aspectos negativos es la educación, que no es una tarea exclusiva de las escuelas, colegios o universidades sino es una condición primaria y natural de la familia. Si se crece con conciencia cívica, es posible que el dirigente, funcionario o autoridad del futuro no tengan inconvenientes en aplicar y respetar la ley como corresponde. Si gobernantes y gobernados tienen un comportamiento de respeto hacia las leyes tal vez erradiquemos ese espíritu transgresor que nos caracteriza y cambiemos el hábito de la suciedad por el de la limpieza.
30 Octubre 2008 Seguir en 







