Sin códigos
La demolición de la sede del PJ muestra la falta de política de una administración a la que no le importa el patrimonio y que actúa sobre hechos consumados. Por Roberto Delgado - Prosecretario de Redacción.
.jpg)
Agotadas todas las posibilidades de protesta de defensores del patrimonio, la demolición de la sede del PJ, en Rivadavia 157, se hizo de un plumazo. La Municipalidad dijo que no podía hacer nada porque se trataba de una propiedad privada y porque los dueños -la dirigencia del PJ- habían renunciado a la protección que por ordenanza tenía la casona en el municipio. Querían tirarla para construir un nuevo y moderno edificio.
Esto que acaba de pasar es una representación de la política patrimonial del gobierno de José Alperovich. El PJ está en manos de este gobierno; el proyectista de la obra es el arquitecto Ricardo Salim, que a la vez representa a la Comisión Nacional de Monumentos Históricos en la Comisión Provincial de Patrimonio, cuyos integrantes pidieron precisamente que se preservara el edificio. Salim no dijo nada, esquivó cualquier confrontación y siguió adelante con ese doble rol de demoledor y de cuidador del patrimonio. Se cuidaron, eso sí, las formas: se esperó que concluyera el Congreso de Cultura que había organizado este mismo Gobierno para demoler el edificio sin quedar en rojo frente al país, puesto que en ese congreso se debatió sobre patrimonio, aunque sin que se haya invitado a expertos tucumanos en la cuestión. Estos, obviamente, hubieran alertado enfáticamente acerca de la inminente destrucción de este edificio.
No es la única casona demolida. La pasión constructora de los últimos años hizo que cayeran edificaciones representativas del viejo Tucumán. Hay por lo menos 10 casas antiguas que aún figuran en el listado de Patrimonio Municipal, pese a que en sus predios ahora hay edificios. Y aunque el ingeniero Salomón Felman acaba de decir que preferiría una ciudad que no creciera en altura -dice que donde entra el sol no entra el médico- sino a lo ancho, no se puede negar que el auge de la construcción generó una idea positiva de progreso, tras años de estancamiento de la ciudad.
Pero el progreso es una cosa, y la identidad es otra. En el Congreso de Cultura, precisamente, se trató este problema: la arquitecta Silvia Fajre dijo que si se vacía este bien que es el patrimonio, "simplemente no sabremos quiénes somos, porque es el hilo invisible que enlaza nuestra identidad". Nuestros gobernantes no lo entienden así. El mismo Alperovich dio la pauta de su concepto de patrimonio hace un año y medio, cuando justificó que se demoliera el ex Mercado de Abasto porque era una construcción llena de ratas, que se caía a pedazos, y porque San Martín y Belgrano no pasaron por ahí.
De hecho, estos próceres no pasaron por muchos lugares que dan identidad a la provincia. Incluso no está claro cuánto hay de histórico en la Ramada de Abajo, donde descansó San Martín. Pero es el significado del hecho -a veces no es la cosa tangible- lo que da la marca de identidad. "La ciudad es la relación de los edificios con su gente, en el origen y a través del tiempo", dice el arquitecto Ramón Gutiérrez. De hecho, Tucumán es reconocido por la Casa Histórica, en la cual no hay casi nada original. Sólo queda el salón de la jura y todo lo demás fue reconstruido. La gente igual toca los ladrillos de la Casita de Tucumán como si fueran los originales de 1816. Ahí se está en presencia de un impacto entre el visitante y la identidad del lugar que visita. Este encuentro se da en cualquier parte del mundo donde quedan vestigios del pasado: en Lyon, un viejo anfiteatro romano que ahora se usa hasta para recitales de rock une modernidad con historia. Y muchas cosas de ese anfiteatro fueron reconstruidas.
Pero, ¿qué puede quedar de identidad en un lugar donde se voltean edificios para construir shoppings, que son el símbolo del "no lugar"? No está mal que haya shoppings. Pero es lo mismo estar dentro de uno de Tucumán que en uno de Buenos Aires o de París. Por dentro son iguales y proveen los mismos servicios. ¿Son atractivos? Sí. Pero el turista no vendrá a Tucumán por un shopping, sino para conocer lo que marca nuestra identidad. Tanto el arquitecto Gutiérrez -que dijo que si no hay voluntad política no hay plan estratégico que valga- como el ingeniero Felman -que dice que no hay código cuando todos los días se hace una excepción a la norma- coinciden en que falta conciencia a los funcionarios. Esto es muy grave en una provincia como esta, donde los proyectos pasan por los intereses del momento del gobernador, a quien, según se ha visto, poco le interesan la cultura o el patrimonio.








