Adictos
Los juegos de azar pueden dejar de ser un entretenimiento para convertirse en una adicción grave en quien los practica. La ludopatía es una enfermedad que provoca serias pérdidas a nivel económico, familiar, laboral y social al que la padece. Los jugadores compulsivos y sus familias viven generalmente un infierno.
Aunque se juegan la vida no miden las consecuencias. Porque no pueden resistir el impulso de apostar. Se imaginan un indicio de pálpito en todo lo que observan a su alrededor para alcanzar a la diosa fortuna. Sueñan con los números de una receta, de la patente de un auto estacionado o del vehículo accidentado que aparece en la tapa de un diario. Otros, juegan a los números que indica la tablilla de sueños, al peso del pan, al del primer colectivo o a la línea al cual vieron o ascendieron al principio o al final del día. La edad de un amigo, un familiar, quizás la de un colega o hasta la de un ocasional compañero que cumple años. Lo cierto es que nadie puede arrancarles de la cabeza que si hasta ahora no se sacaron la grande, desbancaron al casino, a las slots -ranuras en inglés- (maquinitas tragamonedas), a la quiniela y no acertaron como únicos ganadores el telequino, el loto, el bingo o cualquier otro juego de azar es porque "desobedecieron" esos indicios o señales, y se mienten que en la próxima apuesta se resarcirán y "pasarán al frente".
No sólo cuando confiesan su problema con total honestidad, como Hugo, de un grupo de Jugadores Anónimos de Tucumán - "Voy entendiendo que es idea mía, que estoy enfermo, pero si tengo que ser sincero lo siento así: creo que la suerte está de mi lado"- se pasan el día buscando motivos para jugar. Hasta que tocan fondo y admiten que el juego los domina.

"Perdí todo"
A ellos los "motivos" les sobran para descuidar el trabajo, enojar a la esposa o a los hijos, hasta el límite de no verlos. "Con mi jubilación vivía bien, pero como soy ingeniero realizaba algunos trabajos extras en una empresa, para sumar ingresos -agregó-. Pero llegó un momento en que sentía que esas horas me rendían más apostando en las maquinitas". A ese ritmo y en dos años, Hugo perdió el ingreso extra y acumuló tantas deudas que ni juntando quince jubilaciones podía quedar en cero. "Hoy vivo gracias a la ayuda de mis hijos. Perdí todo... Me da vergüenza contarlo, pero para mí es muy difícil superar lo que siento cada vez que se me cruza un número. Es como una droga, una adicción".

El psiquiatra argentino-israelí Jorge Gleser, vicepresidente de la Sociedad Internacional de Medicina de Adicciones, afirma en su trabajo sobre la Visión Científica a la Estrategia Social de la ludopatía que elaboró para Fundalea Argentina que "el juego de azar, que es para muchos una actividad placentera o una ocupación con un mínimo de consecuencias adversas, se transforma, para algunos, en una conducta destructiva que resulta en graves pérdidas a nivel económico, familiar, social, ocupacional y a veces hasta legal. Cuando esta conducta se convierte en persistente, recurrente y/o incontrolable, tiene un impacto muy significativo, no sólo para el individuo, sino también para su entorno familiar y la sociedad en su totalidad".
La ludopatía es una palabra derivada del griego que significa: juego patológico. El psiquiatra Hugo Marietán la describe como "una tendencia irrefrenable al juego que no se puede controlar porque quien la padece la vive como una necesidad. Para Freud el manejo del dinero en el adulto es un sustituto simbólico de la relación que tuvo de niño con sus defecaciones", afirma.
Susana Elena Calero, médica legista y psicóloga del CASIS y asesora de la Asociación de Loterías, Quinielas y Casinos Estatales de Argentina (ALEA), considera que es una adicción poco considerada como tal en el ámbito de la salud mental. "Si bien el juego patológico o ludopatía es considerado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una patología que requiere una predisposición psicológica individual y también estímulos externos para desarrollarse como adicción dentro de las enfermedades mentales, pocos pacientes se reconocen como enfermos y recientemente es investigada por los profesionales de la salud", según explicó la profesional con más de 37 años de experiencia en adicciones en una de sus ponencias en el último Seminario de Ludopatía para funcionarios de empresas de juegos de azar del país, se desarrolló hace unos días, en Posadas, Misiones, bajo el lema "Jugar es recreación no lo convierta en adicción".
"El juego compulsivo también se encasilla dentro de las socioadicciones, porque no se origina por ingesta de reactivantes químicos. Pero como perdura a lo largo del tiempo y genera cambios físicos, psíquicos o emocionales y sociales, esclaviza a las personas", sostienen expertos del Centro de Asistencia de Capacitación e Investigación de las Socioadicciones (Cacis), de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Como la inversión de tiempo, de energía y de dinero para apostar aumenta progresivamente, la persona se vuelve dependiente del juego para enfrentar la vida diaria. La ludopatía actúa sobre la voluntad y el raciocinio del jugador, altera su percepción de la realidad y su escala de valores. "Es una enfermedad de naturaleza compulsiva que no puede curarse, pero si puede detenerse o al menos controlarse al aceptar que el juego nos domina y somete; es un grave problema", explicó Miguel C.,del Grupo Nuevo Comienzo de JA.
"Esa alteración progresiva del comportamiento nos llevan a menospreciar cualquier consecuencia negativa. Se trata de una adicción reconocida como trastorno mental y que, en algunos países, es causal de divorcio", dijo otro jugador en recuperación, que optó por el anonimato total.
Ese infierno
"En ese infierno en el cual viví no hay un salvataje en el juego", contó Manuel F., de 33 años. El también miembro de JA, que lleva más de 12 meses sin apostar, había perdido a su familia -esposa y tres hijos-, estaba en bancarrota total. Incluso llegó a dilapidar un sueldo completo en menos de un día y hasta pensó en robar para obtener dinero y seguir jugando. "Toqué fondo y no tuve más que recurrir a Jugadores Anónimos; ya no tenía salida, estaba desesperado", subrayó. "Comencé con las tragamonedas: primero fueron $ 20, después $ 30, $ 60, $ 200; hasta que un día jugué y perdí $ 4.000 en la quiniela, las maquinitas y la ruleta. Me había quedado sin un peso partido por la mitad. En ese camino tan destructivo no dimensioné las consecuencias. Estaba en rojo en mis tarjetas, varios créditos bancarios y de casas de préstamos. Tenía pedidos de embargo por todos lados. Además, empeñé teléfonos, cámaras de foto y lo que se me cruzó por delante", enumeró. "¿Cuál fue mi ambición, te estarás preguntando -se dijo ante LA GACETA-. Bueno, tenía la ilusión de conseguir un gran suma de dinero para no sólo salvarme sino también darme con varios gustos", respondió.
La mentira
No puede creer lo que hizo cuando mira hacia atrás. "Pero mentía. Mentía todo el tiempo tanto a mis familiares como a mis amigos. Nadie ya creía en mi. Y así llegué al grupo. Después de la primera charla me di cuenta del daño que hice y de lo que perdí. Agradezco que el grupo me permita transitar por este camino diario de gran cambio en mi vida", reflexiona. Manuel que invoca a Dios para que sólo por hoy él no juegue. Vive el día a día. Cada anochecer sin apostar es una batalla ganada. Pero cada amanecer emprende otro combate de 24 horas. "Ahora, además de mi trabajo, colaboro con mi padre en el negocio de comidas de su propiedad. El emprendimiento está creciendo. Me siento útil, estoy reacondicionando mi casa, puedo leer más y estoy mejorando mis relaciones con la familia", subrayó.
Desde hace dos años y cinco meses, Nancy L., de 31 años, no apuesta una ficha en las maquinitas. "Soy una jugadora compulsiva en recuperación", admite. Está en pareja, sin hijos, y tiene madre y dos hermanos. "Empecé en 2.000. Fui fichera dos años en una casa de juegos y tres meses antes de irme comencé a jugar en otra casa. Dejé ese trabajo por otro porque pensaba que así no iba a jugar, pero no fue así. Empecé con $ 20 y fui subiendo el monto de la apuesta. Llegué a estar más de un día entero dentro de un ?pocker" jugando a las maquinitas y perdí $ 600. Además, varias veces jugué la plata que me dio mi mamá para pagar la luz, el gas o el agua", detalló.
Nancy entró luego a trabajar como cajera en un negocio. "Un fin de semana jugué y perdí todo lo que saqué de la caja. No fui a trabajar y me encerré en mi casa. Tuve la suerte que me llamaron de nuevo, pero otra vez saqué dinero para las maquinitas. Paré cuando comencé a ir a las reuniones de JA", narró.







