Las vidas que no importan y la hora de lo peor

La ignorada advertencia de Defensa Civil sobre la inseguridad de las tribunas que se cayeron en el acto del 9 de julio revela que los hombres son superfluos para el Gobierno. Por Alvaro Aurane - Redacción LA GACETA.

23 Agosto 2008
Llegó la hora de lo peor. Un día antes de que Juan Miguel Valdez muriera en el hipódromo aplastado por una tribuna, mientras esperaba la llegada de la Presidenta y del gobernador, Defensa Civil había advertido que esas estructuras de metal y de madera no eran seguras. Que los tablones estaban doblados. Que las uniones de las gradas eran deficientes. No importó.
Pero lo que no interesó no fue sólo la advertencia del organismo estatal. Lo que en verdad no importó fue la vida de los tucumanos. Porque pese a la alarma, siguieron los preparativos para agasajar a la mandataria de imagen vapuleada con aplausos alquilados. Se cayó una tribuna. Valdez perdió la vida. Y dio igual. El circo tuvo función. Con discurso y todo.
Lo peor es que la seguridad de la gente no importe. Que la vida de las personas haya sido un riesgo perfectamente aceptable a cambio de conseguir una foto: la de José Alperovich junto a Cristina de Kirchner. Lo peor es que los seres humanos sean superfluos para quienes los gobiernan. Cualquiera sea el que gobierne y el momento en que lo haga. Lo que pueda venir después, acaso, podrá ser tan malo como esto. Pero no más malo. Porque lo peor es esto: no otra cosa.
Por supuesto, lo peor está desprovisto de virtudes y bien dotado de disvalores. Lo peor es, esencialmente, perverso. Porque ahora, y a pesar de que se sabe que el Gobierno no suspende sus dantescas muestras de apoyo popular artificial ni siquiera como respuesta a denuncias oficiales de inseguridad, muchos de los militantes no podrán rehusarse a ser llevados al matadero. Son presos -y presas- del clientelismo: tienen verdadera necesidad de lo poco que les pagan por ir a las movilizaciones que subsidia el Estado. Y no deben ser culpados por eso. Para el menesteroso, es menester sobrevivir.
Luego, lo peor no se interesa por el prójimo. Por eso la necesidad tiene cara de hereje. Muchos representantes del pueblo, también.
Ahora bien, lo peor reviste, institucionalmente, la peor de las gravedades. Aquí no hay pose ni arenga que valga. La vida de los seres humanos es el límite de todo discurso. Por tanto, no se necesitan contestes políticos: se requieren respuestas judiciales. Las autoridades del Gobierno no deben ir sino a los Tribunales a explicar por qué el 9 de julio ocurrió la tragedia perfectamente advertida un día antes por Defensa Civil. Porque la caída de esas estructuras no es un accidente: es una certeza técnica específicamente pronosticada. Los funcionarios, ¿qué hicieron? La Justicia, ¿qué va a hacer?
En este punto resulta necesario advertir que lo peor, naturalmente, aspira a empeorarlo todo. No distingue entre víctimas y victimarios. También llega lo peor para quienes han desencadenado el advenimiento de lo peor. Dicho de otro modo: los tucumanos asisten, hoy, a la hora en que a Alperovich, finalmente, se le animaron.

Los animados
Ahora se conoce que 24 horas antes había advertido oficialmente que podía ocurrir en el acto del 9 de julio lo que desgraciadamente ocurrió, porque algunos, en Defensa Civil, se animaron a no dejar impune esa circunstancia. Y la nota se filtró hasta las manos del legislador José Cano, porque el radical (junto con un puñadito de opositores que se puede contar con los dedos de una mano) se anima a denunciarlo.
Al gobernador también se le animan otros. Se le animan algunos gremios que van a la plaza a gritarle que es una indignidad que pague el 60% de la planilla salarial en negro. Y se le animan los jubilados, que le enrostran todas las semanas la vergüenza inacabable que significa que les niegue el 82%, para que puedan vivir mejor los últimos años de una vida de trabajo. Y que le enseñan la infinita cobardía que significa mandar a las fuerzas de seguridad, uniformadas e infiltradas, a golpear a unos pobres viejos que exigen lo que es de ellos. Y se le animan la Federación Económica de Tucumán y la Junta de Estudios Históricos y los vecinos autoconvocados, que no retroceden en la defensa del patrimonio histórico, cultural y arquitectónico.
Y se le animó Domingo Amaya. El intendente de la capital desacomodó al gobernador con el veto en contra de la instalación de un supermercado en 25 de Mayo al 300. Ayer, el Concejo Deliberante insistió en esa radicación, después de que el mandatario les dio de comer un asado. En la cena criolla les dijo que el intendente "es bueno" y que "hay que ayudarlo". Y los indigestó cuando les explicó por qué había decidido intervenir. "Ustedes, muchachos, están quedando como unos coimeros", dicen que les dijo. El objetivo del "Colorado" se cumplió con creces: desnudó que el mandatario provincial tenía intereses creados respecto de ese emprendimiento y lo obligó a poner la cara. Públicamente, el intendente le baja el tono a ese cimbronazo. Pero en su entorno, celebran a los gritos. "Alperovich nunca llamó para decir que quería instalar el supermercado en plena 25 de Mayo. Ahora, ya sabemos que era él quien estaba detrás, operando directamente en el Concejo", traduce un allegado del jefe municipal.
Otro operador expone una cuestión mucho más personal: "ahí le devolvimos las gentilezas por la pavimentación de la San Juan". Se refiere, sin más, a la polémica que se desató en diciembre pasado, cuando vecinos que viven al 2.700 de esa calle se quejaron por la aplicación de una tasa que les cobraba las mejoras en esa arteria recién asfaltada. Luego de que la Municipalidad defendió la norma, Alperovich ninguneó al intendente. "Nadie pagará las obras de pavimentación", dijo el gobernador, casi en pose de capataz. "Ese fue el quiebre para el Colorado: lo trapearon y quedó muy mal. Hay un antes y un después de la San Juan. Ahora, estamos cobrando esa factura", reveló.
Para peor, parece que también se le va animar el Tribunal de Cuentas. Entre el lunes 4 y el martes 5 pasados, emitió 39 acuerdos (su numeración es prácticamente consecutiva), que remiten o devuelven expedientes a la Secretaría de Obras Públicas y, por ende, frenan el pago de trabajos. Desde el organismo de control le restan importancia al dato. Pero en el Ministerio de Economía (del que depende la Secretaría en cuestión) se acuerdan de una llamada que recibieron por esos días. Un profesional del organismo de control culpaba a un funcionario de la cartera de estar detrás de la denuncia que, ante la AFIP, acusa a los vocales de presunta evasión tributaria, porque no pagan impuesto a las Ganancias. El que atendió el teléfono en Casa de Gobierno negó tener algo que ver. Pero cuando aseguran que le dijeron "nos confirmaron que sos vos" y "ya vas a tener noticias del Tribunal", el hombre del palacio cambió el tono. "Yo no soy gordo: tengo grueso el cuero. Hacé lo que quieras, que yo sé lo que tengo que hacer", dicen que dijo.
El viernes, el titular de la AFIP, Claudio Moroni, llegó a la provincia. Y cenó con el gobernador y con el ministro de Economía, Jorge Jiménez.

Los que desaniman
Que se le animen es la muestra más palmaria de que el alperovichismo pierde poder. Claro está, no puede decirse aún que sea un Gobierno débil. Pero sí es evidente la merma de su fortaleza política. Y eso no se mide en encuestas, sino en el hecho de que lo están enfrentando. Y en el de que esos que lo enfrentan no son cualquiera.
El Gobierno, según admiten en la primera línea de Casa de Gobierno, acusa recibo de la situación. Y hará lo que, en definitiva, sabe hacer. Lo que siempre hizo. Tratará de convencer a los que más pueda para que depongan el enfrentamiento. Y buscará dividir a los que no logre convertir. Los que queden en pie serán, finalmente, los adversarios. Tal vez no haya que esperar hasta 2009 para ver quién es alfil y quién es peón en el tablero de la política de la comarca. Lo saben hasta los ruralistas tucumanos: ya tomaron varios café con un parlamentario opositor de alta exposición mediática en el salón reservado de un drugstore céntrico, tejiendo planes para el año que viene.
Por supuesto, también la Casa de Gobierno tiene aliados. Por ejemplo, la Legislatura, que en vez de controlar al Ejecutivo se encuentra abocada a no funcionar. Sesionó por última vez el 3 de julio para aprobar los gastos de la Cumbre del Mercosur (había concluido 48 horas antes) sin tener idea de monto alguno. Ahora, por suerte para el Parlamento, el decreto de necesidad y urgencia que rifa a granel lotes fiscales de Yerba Buena presenta errores y debe ser corregido (ya como proyecto de ley) antes del 1 de setiembre, cuando quedará firme. Por eso, al borde de los dos meses de una parálisis histórica, volverá a deliberar este jueves. El oficialismo, por cierto, no tiene previsto aún crear una comisión investigadora de la tragedia del hipódromo, pero sí tiene decidido defender a ultranza el honor de la mampostería de los planes de vivienda.
Los poderes devoran su propio poder. La Provincia, de hecho, se consume a sí misma: empezó a engullir sus reservas para conceder un adicional salarial, ya que, pese todas sus genuflexiones, la Presidencia le demora remesas. En medio de tanto canibalismo, no debe sorprender que Tucumán se coma su propio pueblo. Ya pasaba antes. Sigue ocurriendo ahora. Y, ya se sabe, más de lo mismo no es lo mismo: es peor. Esta es su hora más gloriosa.

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