Hay males que no pueden ser reparados

Una película filmada en 1961, que documenta lo sucedido en los Juicios de Nuremberg, puede ayudar a entender lo que está pasando en la provincia. Precariedad. Por Federico Abel - Redacción LA GACETA.

20 Agosto 2008
El domingo, a media mañana, para quienes veían la televisión parecía no haber nada más tentador que detenerse relajadamente en los canales que transmitían en directo desde Beijing. No obstante, Canal Siete pasaba una vieja película de 1961, en blanco y negro, dirigida por Stanley Kramer. No ofrecía por programa el espectáculo de los Juegos Olímpicos, pero sí un documento de un valor inestimable porque sintetiza -con rigor y seriedad- todos los necesarios interrogantes que plantea el juicio oral contra Antonio Bussi y Luciano Benjamín Menéndez. Para valorar y reflexionar sobre lo que está sucediendo en Tucumán durante estos días, pocas cosas -quizás- son tan oportunas como esta película, que en castellano se denomina "Juicios de Nuremberg: vencedores o vencidos".
Tan sofisticada y diferente de todo lo conocido había sido la crueldad del nazismo alemán que, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, los países aliados coincidieron en que la existencia humana iba a volverse más frágil aún si no se juzgaba a los responsables del régimen hitleriano que todavía sobrevivían. Así fue como convinieron en que, además de punir las violaciones a las normas y costumbres de la guerra -porque ni siquiera en ella todo está permitido-, debían castigar aquellos crímenes que ofendían a toda la humanidad y que estaban simbolizados por las cámaras de gas en las que fueron extinguidas las vidas de más de seis millones de personas.
Suele pensarse que hubo un solo gran juicio oral, en el que fueron juzgados más de 20 jerarcas nazis -tres de los cuales fueron absueltos-, entre noviembre de 1945 y octubre de 1946. Pero a este lo siguieron otros 12 contra militares, industriales, jueces y diplomáticos, entre otros, que habían participado en el diseño de aquel espanto. La elección de Nuremberg como sede no había sido azarosa: allí había sido dictada en 1935 la "Ley para la Protección de la Sangre y del Honor Alemán", nombre formal de la segregación racial contra los judíos.

Cualquier semejanza...
Precisamente, la película relata el proceso seguido contra cuatro abogados que se habían desempeñado como magistrados o que habían ocupado cargos en el Ministerio de Justicia. La defensa de los acusados, fría pero magistralmente interpretada por Maximilian Schell, argumenta que se trata de un juicio de carácter estrictamente político, implementado por los vencedores; que es hora de mirar hacia el futuro y dejar atrás el pasado; que toda la sociedad alemana -e incluso la internacional- ha apoyado, permitido o tolerado aquel régimen; y que, en definitiva, los imputados se limitaron a hacer cumplir leyes y órdenes que habían sido impuestas por otros.
El fiscal, un coronel estadounidense, a fuerza de testimonios y de imágenes dantescas de los campos de concentración, insiste en que no hay porvenir imaginable sin la imprescindible revisión del pasado, pese a las presiones de sus propios superiores. Estos tratan de convencerlo de que ya ha sido suficiente y de que, en la posguerra, políticamente es más conveniente disipar las tensiones y sumar la sociedad alemana -no dividirla- a la recuperación de Europa.

¿Nadie sabía?
Todo se fractura dramáticamente cuando el principal imputado, un brillante jurista, ex juez y ex ministro de Justicia, caracterizado con solemnidad por Burt Lancaster, accede a declarar, pese a que en el momento de escuchar las acusaciones había desconocido la competencia del tribunal integrado para juzgarlo. La culpa lo quiebra, sobre todo porque sabe que las responsabilidades de quienes han dominado el Estado siempre son mayores e inexcusables. Por cierto, su posición desconcierta a los otros acusados, que esgrimen tesis que van desde la obediencia debida hasta que la existencia de la nación había estado amenazada.
Con humanidad, termina confesando que el miedo que los alemanes habían sentido después de la Primera Guerra Mundial, sumado a la inestabilidad de la precaria salida republicana que habían ensayado durante los años 20, los había hecho replegarse en el autoritarismo. "¿Qué importaba que unas minorías raciales o políticas perdieran sus derechos?... El problema era que lo que debía ser una fase pasajera se convirtió en un modo de vivir. Entonces, nos vimos ante un peligro mayor", admite.
También pregunta: "¿dónde estábamos cuando nuestros vecinos eran llevados a rastras durante la noche? ¿Y cuando los vagones paraban en las estaciones de tren de todo el país? ¿Estábamos mudos y ciegos? Si no sabíamos más es porque no queríamos. Quizá no conocíamos los detalles, pero sabíamos lo que pasaba". Luego concluye planteando otra duda estremecedora: "amábamos Alemania, ¿pero el amor a la patria vale y justifica todo este horror?".
Por medio de un fallo dividido (dos votos contra uno), el tribunal finalmente condena a los cuatro imputados a reclusión perpetua. Luego de que es anunciada la sentencia, el juez que preside las audiencias de debate, personificado por el conmovedor Spencer Tracy, dirige unas palabras que tienen como destinatario el personaje que encarna Lancaster. "Este juicio ha demostrado que durante una crisis nacional, seres normales e incluso muy capaces pueden engañarse a sí mismos y cometer crímenes espantosos e ingentes que rebasan lo imaginable", remata. Su decidida posición lo hace perder, incluso, la amistad de una mujer representada por Marlene Dietrich, que había tratado de convencerlo de que aquello de seguir removiendo el pasado no era conveniente.
Sería difícil encontrar un tucumano que no haya escuchado, defendido, refutado o soportado algunos de los argumentos esbozados en este film tremendamente actual. Lo único reprochable es que frente a tamaña tragedia se banalicen los hechos -o, peor, las víctimas- hablando de vencedores, vencidos y venganzas. La civilidad es la que ha quedado disminuida. Todo es más precario desde entonces. Eso es lo que no tiene reparación.

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