17 Julio 2008 Seguir en 
SYDNEY, Australia.- El Papa Benedicto XVI condenó hoy la creciente secularización y llamó a la juventud cristiana a hablar de su fe con valentía. Lo hizo en su primera misa para las Jornadas Mundiales de Juventud (JMJ), en la ciudad australiana de Sydney, a la que asistieron más de 150.000 peregrinos.
"Muchos dicen que hay que dejar fuera a Dios, que no hay lugar en la vida pública para la religión y la fe. Sin embargo, también la secularización, como cualquier ideología, impone una visión del mundo", aseguró.
"La vida no es simplemente una sucesión de eventos, por muy útiles que sean muchos de ellos. Es la búsqueda de la verdad, el bien y lo hermoso", manifestó Benedicto XVI ante los jóvenes, procedentes de 170 países y congregados en una antigua terminal del puerto de Sydney habilitada especialmente para el encuentro.
"El relativismo, que de forma indiscriminada otorga valor a prácticamente todo, ha convertido a la experiencia en lo más importante. Sin embargo, los hechos desligados de toda consideración de lo que es bueno y verdadero no pueden conducir a una libertad genuina, sino a una confusión moral o intelectual, a un desmoronamiento de normas, a una pérdida de autoestima e incluso a la desesperación", advirtió el Papa.
En su discurso, el Pontífice condenó también las agresiones a la naturaleza, el consumismo insaciable e instó a los jóvenes a evitar las drogas, el alcohol y el aborto, según describe el diario español "El País".
"Nuestro mundo se ha cansado de la avidez, la explotación, la división, los falsos ídolos y las respuestas hipócritas. Y la única solución es abrazar a Cristo ¡Cristo ofrece más!", arengó.
Cuando ya había dejado atrás su serio mensaje, Benedicto respiró profundamente y miró con ternura a su alrededor. Porque ahora, sabía, volvería a calentarse el ambiente. Y, efectivamente, cuando se dirigió a los diferentes grupos de peregrinos en su lengua originaria ya no hubo contención.
Cada vez, recibió una estruendosa ovación. "Queridos amigos, los que me entienden en mi lengua materna, de corazón los saludo a todos", dijo a los alemanes. Su voz se volvía más viva con cada idioma.
Lleno de confianza
El Papa llegó al lugar de la misa a bordo del crucero "MS Sydney 2000", después de un viaje de media hora a lo largo del cual pasó frente a la famosa Casa de la Opera y por debajo del emblemático Puente del puerto de Sydney.
Un fuerte viento levantaba una y otra vez la capa roja que llevaba sobre sus hombros. Ocasionalmente, debió refugiarse debajo de la cubierta para protegerse del aire.
Cuando el Pontífice entró al puerto, el júbilo no tuvo límites. También a él se le notaba la alegría en el rostro. Rodeado de australianos, entre ellos aborígenes en sus vestimentas típicas con la cara pintada de blanco, miró durante minutos hacia el mar de gente y disfrutó la entusiasta recepción. "¡Qué alegría!", murmuró, conmovido.
Horas antes, el Papa, como jefe de Estado del Vaticano, cumplió con todos las recepciones oficiales, escuchó discursos y dio la mano a mucha gente. Cuando la guardia de honor partió, quedó en claro que Benedicto estaba apurado.
Con paso veloz, caminó delante de las filas de soldados, con el maestro de ceremonia a su lado, que casi tuvo dificultades para seguirle los pasos. "Estoy aquí en primer lugar para encontrarme con los jóvenes. Las JMJ me llena de confianza en la Iglesia y en el mundo", aclaró.
Las JMJ, que se celebra cada tres años, culminará el domingo con una misa papal a la que se espera que asistan medio millón de fieles. (DPA-Especial)
"Muchos dicen que hay que dejar fuera a Dios, que no hay lugar en la vida pública para la religión y la fe. Sin embargo, también la secularización, como cualquier ideología, impone una visión del mundo", aseguró.
"La vida no es simplemente una sucesión de eventos, por muy útiles que sean muchos de ellos. Es la búsqueda de la verdad, el bien y lo hermoso", manifestó Benedicto XVI ante los jóvenes, procedentes de 170 países y congregados en una antigua terminal del puerto de Sydney habilitada especialmente para el encuentro.
"El relativismo, que de forma indiscriminada otorga valor a prácticamente todo, ha convertido a la experiencia en lo más importante. Sin embargo, los hechos desligados de toda consideración de lo que es bueno y verdadero no pueden conducir a una libertad genuina, sino a una confusión moral o intelectual, a un desmoronamiento de normas, a una pérdida de autoestima e incluso a la desesperación", advirtió el Papa.
En su discurso, el Pontífice condenó también las agresiones a la naturaleza, el consumismo insaciable e instó a los jóvenes a evitar las drogas, el alcohol y el aborto, según describe el diario español "El País".
"Nuestro mundo se ha cansado de la avidez, la explotación, la división, los falsos ídolos y las respuestas hipócritas. Y la única solución es abrazar a Cristo ¡Cristo ofrece más!", arengó.
Cuando ya había dejado atrás su serio mensaje, Benedicto respiró profundamente y miró con ternura a su alrededor. Porque ahora, sabía, volvería a calentarse el ambiente. Y, efectivamente, cuando se dirigió a los diferentes grupos de peregrinos en su lengua originaria ya no hubo contención.
Cada vez, recibió una estruendosa ovación. "Queridos amigos, los que me entienden en mi lengua materna, de corazón los saludo a todos", dijo a los alemanes. Su voz se volvía más viva con cada idioma.
Lleno de confianza
El Papa llegó al lugar de la misa a bordo del crucero "MS Sydney 2000", después de un viaje de media hora a lo largo del cual pasó frente a la famosa Casa de la Opera y por debajo del emblemático Puente del puerto de Sydney.
Un fuerte viento levantaba una y otra vez la capa roja que llevaba sobre sus hombros. Ocasionalmente, debió refugiarse debajo de la cubierta para protegerse del aire.
Cuando el Pontífice entró al puerto, el júbilo no tuvo límites. También a él se le notaba la alegría en el rostro. Rodeado de australianos, entre ellos aborígenes en sus vestimentas típicas con la cara pintada de blanco, miró durante minutos hacia el mar de gente y disfrutó la entusiasta recepción. "¡Qué alegría!", murmuró, conmovido.
Horas antes, el Papa, como jefe de Estado del Vaticano, cumplió con todos las recepciones oficiales, escuchó discursos y dio la mano a mucha gente. Cuando la guardia de honor partió, quedó en claro que Benedicto estaba apurado.
Con paso veloz, caminó delante de las filas de soldados, con el maestro de ceremonia a su lado, que casi tuvo dificultades para seguirle los pasos. "Estoy aquí en primer lugar para encontrarme con los jóvenes. Las JMJ me llena de confianza en la Iglesia y en el mundo", aclaró.
Las JMJ, que se celebra cada tres años, culminará el domingo con una misa papal a la que se espera que asistan medio millón de fieles. (DPA-Especial)







