Al subir al escenario, Walter Meza, el cantante de Horcas, invitó a la fiesta del metal argentino. No hacía falta, porque eso había empezado un buen rato antes, pero vino bien el convite. Al menos eso parece, porque a partir de ese momento, más de la mitad de las casi 700 personas ubicadas en el campo de juego del club Floresta no pararon de saltar y de poguear durante una hora y media.
Fue la fiesta de ese metal argentino, ese que pelea sin pausa por sostenerse en un mundo en el que, de a ratos, parece no tener lugar. De hecho no lo tiene, y fue el reclamo que el Bebe, de Priztik, hizo desde el escenario. Le recordó al presidente del Ente Cultural, auspiciante del recital, que había prometido habilitar espacios para el rock, y que no cumplió. También dijo que es bueno que se auspicien ciclos como el Invierno Rock, pero que hace falta una política de inclusión cultural hacia el rock. Enojado, el Bebe no quería terminar su discurso, y fue Edmundo, el cantante, el que lo contuvo para que la banda siguiera tocando y denunciando, pero en formato de canciones.
Priztik fue la segunda banda de la noche. Primero tocó Legado, con su heavy metal en evolución, y antes que los salteños de Santuario subió al escenario Matrero, la banda menos favorecida por el sonido, problema que se notó sobre todo en la ausencia casi constante de la viola, y el ruido que el bajo hizo sin pausa. Una pena que el grupo de Banda del Río Salí no haya podido aprovechar la oportunidad.
Los salteños, en su segunda visita, mostraron por qué se habla tanto de ellos. Con una puesta en escena impecable, y una contundencia no muy frecuente en estas latitudes, Santuario movió a los tucumanos, aunque el pogo más fuerte hasta ese momento haya sido el generado por Priztik a fuerza de historia y potencia thrash.
Al final sí, se desató la furia. Horcas hizo sacudir cabezas despidiendo su disco “Asesino”, y la fiesta del metal argentino fue completa.
Fue la fiesta de ese metal argentino, ese que pelea sin pausa por sostenerse en un mundo en el que, de a ratos, parece no tener lugar. De hecho no lo tiene, y fue el reclamo que el Bebe, de Priztik, hizo desde el escenario. Le recordó al presidente del Ente Cultural, auspiciante del recital, que había prometido habilitar espacios para el rock, y que no cumplió. También dijo que es bueno que se auspicien ciclos como el Invierno Rock, pero que hace falta una política de inclusión cultural hacia el rock. Enojado, el Bebe no quería terminar su discurso, y fue Edmundo, el cantante, el que lo contuvo para que la banda siguiera tocando y denunciando, pero en formato de canciones.
Priztik fue la segunda banda de la noche. Primero tocó Legado, con su heavy metal en evolución, y antes que los salteños de Santuario subió al escenario Matrero, la banda menos favorecida por el sonido, problema que se notó sobre todo en la ausencia casi constante de la viola, y el ruido que el bajo hizo sin pausa. Una pena que el grupo de Banda del Río Salí no haya podido aprovechar la oportunidad.
Los salteños, en su segunda visita, mostraron por qué se habla tanto de ellos. Con una puesta en escena impecable, y una contundencia no muy frecuente en estas latitudes, Santuario movió a los tucumanos, aunque el pogo más fuerte hasta ese momento haya sido el generado por Priztik a fuerza de historia y potencia thrash.
Al final sí, se desató la furia. Horcas hizo sacudir cabezas despidiendo su disco “Asesino”, y la fiesta del metal argentino fue completa.





