13 Julio 2008 Seguir en 
Los tucumanos tenemos una larga y extraña relación con la basura, hasta el punto que parece haberse incorporado a nuestra idiosincrasia. San Miguel de Tucumán es un reflejo de sus habitantes y de sus autoridades. No sólo se trata del poco hábito por la higiene que mostramos en forma cotidiana, sino de los lugares que se eligen como destino final de los desperdicios. Luego de algo más de trece años, en medio de interminables denuncias de ambientalistas, se cerró el predio de Los Vázquez, que se ubicaba a la vera del río Salí, y que recibía 400 toneladas diarias de basura.
Un geólogo y ambientalista le dijo a LA GACETA en junio de 2004 que la ubicación del vaciadero era pésima porque su carga de contaminación se conectaba con el curso de agua. La primera napa freática, que es la más cercana a la superficie, estaba casi al mismo nivel de base de la montaña de basura. Cuanto más cerca está un basural de un río, más posibilidades tiene de contaminarlo. Afirmaba el experto que antes de ubicar una planta procesadora de basura, debía hacerse un estudio cuidadoso. El terreno debía reunir determinadas características: un lugar alto, donde aunque llueva y suba la napa freática, siempre quede lejos de la superficie.
El 4 de octubre de ese año el Gobierno firmó un convenio para llevar la basura a la planta de Pacará Pintado, también ubicada en las proximidades del río Salí, en la jurisdicción de la comuna de San Andrés. Se informaba que la empresa, donde se depositaban los residuos de Yerba Buena, necesitaba acondicionar el predio de 11 hectáreas para recibir las 400 t de basura diaria de San Miguel de Tucumán. Pero la euforia gubernamental por dar solución a un problema de vieja data duró poco porque en noviembre de 2004, el fiscal federal general inició una investigación preliminar sobre los riesgos de contaminación ambiental por los residuos patológicos. Un informe, firmado por especialistas del Instituto de Geociencias del Medio Ambiente y de la Facultad de Ciencias Exactas de la UNT, a partir de denuncias y documentación aportada por 70 vecinos, indicaba que no se concretaba una correcta descomposición orgánica. Las denuncias por contaminación prosiguieron y el dueño de la planta respondió que no se generaba ningún tipo de contaminación y que estaban en condiciones de recibir además desperdicios de Tafí Viejo, Alderetes, Las Talitas y Banda del Río Salí.
Las denuncias por contaminación del río Salí y del aire en la zona de San Andrés se sucedieron a lo largo de estos años. La Provincia comenzó a buscar un nuevo predio donde llevar la basura y tras intentos fallidos, determinó que el lugar donde se emplazaría una procesadora de basura sería en Monte Redondo. En estos días, a cuatro años de marchas y contramarchas, la Secretaría de Medio Ambiente dio a conocer un informe en el que cuestiona las condiciones ambientales del predio de Pacará Pintado, mientras que el Consejo Provincial de Economía y Medio Ambiente le otorgó a la firma un permiso provisorio por seis meses.
Desde el año pasado se aguarda que la licitación de Monte Redondo se lleve a cabo. Es necesario que las autoridades reflexionen con celeridad y den una solución definitiva al destino final de la basura y a su procesamiento.
No hace falta demasiada inteligencia ni estudios científicos para darse cuenta de que un vaciadero nunca puede estar en las cercanías de un curso de agua. De hecho, este concepto lo vienen repitiendo los expertos desde antes de 2004. Por una cuestión ambiental y de salud, es hora de que la basura deje de ser un tormento para los tucumanos.
Un geólogo y ambientalista le dijo a LA GACETA en junio de 2004 que la ubicación del vaciadero era pésima porque su carga de contaminación se conectaba con el curso de agua. La primera napa freática, que es la más cercana a la superficie, estaba casi al mismo nivel de base de la montaña de basura. Cuanto más cerca está un basural de un río, más posibilidades tiene de contaminarlo. Afirmaba el experto que antes de ubicar una planta procesadora de basura, debía hacerse un estudio cuidadoso. El terreno debía reunir determinadas características: un lugar alto, donde aunque llueva y suba la napa freática, siempre quede lejos de la superficie.
El 4 de octubre de ese año el Gobierno firmó un convenio para llevar la basura a la planta de Pacará Pintado, también ubicada en las proximidades del río Salí, en la jurisdicción de la comuna de San Andrés. Se informaba que la empresa, donde se depositaban los residuos de Yerba Buena, necesitaba acondicionar el predio de 11 hectáreas para recibir las 400 t de basura diaria de San Miguel de Tucumán. Pero la euforia gubernamental por dar solución a un problema de vieja data duró poco porque en noviembre de 2004, el fiscal federal general inició una investigación preliminar sobre los riesgos de contaminación ambiental por los residuos patológicos. Un informe, firmado por especialistas del Instituto de Geociencias del Medio Ambiente y de la Facultad de Ciencias Exactas de la UNT, a partir de denuncias y documentación aportada por 70 vecinos, indicaba que no se concretaba una correcta descomposición orgánica. Las denuncias por contaminación prosiguieron y el dueño de la planta respondió que no se generaba ningún tipo de contaminación y que estaban en condiciones de recibir además desperdicios de Tafí Viejo, Alderetes, Las Talitas y Banda del Río Salí.
Las denuncias por contaminación del río Salí y del aire en la zona de San Andrés se sucedieron a lo largo de estos años. La Provincia comenzó a buscar un nuevo predio donde llevar la basura y tras intentos fallidos, determinó que el lugar donde se emplazaría una procesadora de basura sería en Monte Redondo. En estos días, a cuatro años de marchas y contramarchas, la Secretaría de Medio Ambiente dio a conocer un informe en el que cuestiona las condiciones ambientales del predio de Pacará Pintado, mientras que el Consejo Provincial de Economía y Medio Ambiente le otorgó a la firma un permiso provisorio por seis meses.
Desde el año pasado se aguarda que la licitación de Monte Redondo se lleve a cabo. Es necesario que las autoridades reflexionen con celeridad y den una solución definitiva al destino final de la basura y a su procesamiento.
No hace falta demasiada inteligencia ni estudios científicos para darse cuenta de que un vaciadero nunca puede estar en las cercanías de un curso de agua. De hecho, este concepto lo vienen repitiendo los expertos desde antes de 2004. Por una cuestión ambiental y de salud, es hora de que la basura deje de ser un tormento para los tucumanos.




