Escrachar, ese verbo que conjuga con Tucumán
En la provincia se produce un peligroso desplazamiento de discusiones públicas al ámbito privado. Algunos legisladores cuentan con guardias paraestatales. Por Federico Abel -Redacción LA GACETA.
09 Julio 2008 Seguir en 
Las palabras, cuyo uso casi nunca es inocente, sorprenden por el depósito cultural que se esconde detrás de ellas. Siempre son receptoras de las aspiraciones o inquietudes de una determinada realidad social. Eso sucede, por ejemplo, con el verbo escrachar, respecto del cual el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) advierte que en la Argentina y Uruguay está reservado para significar coloquialmente, en primer lugar, el acto de "romper, destruir, aplastar". En el DRAE, en cambio, no está registrado el sustantivo escrache, cosa que sí sucede llamativamente con el Diccionario del Habla de los Argentinos, en el que en la primera edición de 2003 ya podía leerse: "denuncia popular en contra de personas acusadas de violaciones a los derechos humanos o de corrupción, que se realiza mediante actos tales como sentadas, cánticos o pintadas, frente a su domicilio particular o en lugares públicos". La nueva edición de este año repite esta definición. Esto ratifica que si la irascible realidad política e institucional del país obligó a forzar este vocablo, no ocurrió lo mismo en España o en otras naciones iberoamericanas más tranquilas. El sábado, Tucumán volvió a demostrar por qué la tolerancia no la distingue, como la Casa Histórica, el limón o la caña de azúcar. Si bien en las otras provincias, los ruralistas manifestaron su enojo contra los diputados kirchneristas que votaron obedientemente por el proyecto sobre las polémicas retenciones móviles, en ninguna otra los legisladores fueron escrachados como en esta. Por supuesto que, en las otras, los parlamentarios, como fue el caso del sonriente Germán Alfaro, tampoco demostraron disponer de una verdadera guardia de choque o pretoriana, paraestatal, dispuesta a monopolizar el uso de la fuerza en un determinado momento contra quienes osaran escrachar, cuestionar o simplemente tomarle fotografías a un hombre de actuación pública, como le sucedió a cuatro reporteros gráficos en el aeropuerto.
En Roma, los tribunos de la plebe solían dormir con la puerta de su casa abierta por si de noche alguien necesitaba de su auxilio. Ahora sucede al revés: les van a apedrear los vidrios del comedor, como le pasó al ex juez Alfredo Dato, o se les plantan a la entrada del country donde viven, como le ocurrió a Gerónimo Vargas Aignasse. Este siempre sufre infortunios con grabaciones o con escuchas telefónicas. Parece ser su especialidad. Esta vez no advirtió que el cruce que mantenía con un ruralista era amplificado por medio del altavoz de un teléfono celular. Quizá por eso el confianzudo legislador, que supuestamente representa al partido de los descamisados, de la sensibilidad social y de los perseguidos, no se cuidó de amenazar -con el lenguaje propio de aquellos a los que siempre combatió en teoría el peronismo- con que podía movilizar a "500 negros" si seguían escrachándolo a él o a su mujer. Eso sí: por lo menos aclaró solidariamente que los negros no eran sólo suyos, sino que los compartía con el Gobierno.
El puño de acero de Manzur
El escrache tiene algo ?mucho más bien- de estigma, de marca ignominiosa, de sambenito que se le cuelga a alguien; ahora también supone un reproche contra las ideas contrarias que puede sostener otro, incluso sobre las retenciones. Pero lo más peligroso es que implica desplazar una discusión pública a un ámbito privado. A los hombres públicos hay que exigirles explicaciones en los despachos y en las oficinas donde los sentó ?guste o no- la voluntad popular. El problema es que en Tucumán es harto común la confusión entre un ámbito y el otro.
El gobernador José Alperovich suele reunir al gabinete en el living de su casa, como dando a entender simbólicamente que el manejo del poder es una cuestión doméstica. Y en cierto modo lo es: un bien ganancial de la sociedad político-conyugal que forma con la diputada Beatriz Rojkés, a imagen y semejanza de los Kirchner. Entonces, ¿por qué sorprenderse de que el vicegobernador Juan Manzur admita sin sonrojarse que tiene la Legislatura en un puño? ¡Y pensar que, según el filósofo francés Jean Jacques Rousseau -que algo había estudiado sobre el tema-, la voluntad general de una sociedad no puede ser aprendida ni representada totalmente, y ahora Manzur la tiene atrapada en la mano!
La expresión de Manzur parece ser mucho más que una metáfora asfixiante. Pese a que en 1215 los ingleses inventaron el presupuesto como planificación de gastos, para ponerles coto a los gastos ciegos del monarca, la semana pasada, en el naciente siglo XXI, la Legislatura aprobó por ley las erogaciones efectuadas por el Poder Ejecutivo para la Cumbre de Jefes de Estado del Mercosur sin que se haya especificado a cuánto ascendían aquellas. Los legisladores del oficialismo actuaron como en los tiempos pretéritos de las finanzas patrimoniales, cuando los bienes del Estado estaban indiferenciados de los de los señores feudales. Casi como en Tucumán, donde muchas veces lo público sigue siendo una cuestión privada. El escrache y la represión por mano propia -por los negros, según la confesión de Vargas Aignasse- son el último fruto de la desnutrición institucional.







