Los tucumanos vivimos inmersos en el ruido

07 Julio 2008
Los chinos suelen decir que el silencio nos eleva y el ruido nos sume en lo infernal. Así lo han entendido algunas sociedades europeas como la Suiza, cuyas leyes contra los ruidos son muy severas. Sus habitantes han hecho de la tranquilidad y la calma un método natural de sus vidas. Calles transitadas por tranvías que circulan en forma casi imperceptible y un evidente orden en la vía pública sorprenden enseguida al visitante. Pero es en los aeropuertos donde el tratamiento contra el ruido se hace más notorio. Aviones con turbinas silenciosas y edificios con vidriados especiales transforman esos espacios en ambientes confortables.
   Los tucumanos estamos muy lejos de esa realidad. Vivimos cotidianamente inmersos en el ruido: desde los bocinazos, los gritos de los vendedores callejeros, los caños de escape, la música a alto volumen, las obras en construcción. Según la Organización Mundial de la Salud, lo máximo que soporta un ser humano son 70 decibeles. A partir de los 70 y hasta los 80 decibeles, se pueden producir daños físicos y emocionales. Por ejemplo, 90 decibeles es el sonido de las sirenas de ambulancias; 100 decibeles produce el motor de un colectivo en mal estado al frenar, y el martillo mecánico; 110 decibeles soporta quien baila en un boliche o los que emite una moto; 120 decibeles generan los parlantes traseros de un automóvil a alto volumen; 130 decibeles produce un trueno, a 600 metros a la redonda y 140 decibeles produce un jet antes de despegar.
   En enero de este año y el 3 del corriente dedicamos un generoso espacio para tratar esta problemática que sigue siendo una asignatura pendiente. Dos urbanistas señalaron respecto de las políticas que se utilizan en otras ciudades del mundo que se trazan mapas de ruidos de las zonas más conflictivas. Se realizan estudios y, en general, a través de multas, por las violaciones de tránsito, se reduce el ruido de la zona. La única forma de establecer una política seria al respecto es a través de un monitoreo permanente. Sugirieron que lo primero que debía hacerse eran estudios para tener una idea clara de cuál es la situación de la ciudad. Indicaron que desconocemos los parámetros de ruidos de nuestra ciudad, sus fuentes, los lugares y horarios pico y agregaron que entre las políticas más comunes para bajar los niveles de ruido se establecen programas educativos sobre salud auditiva, educación vial, controles estrictos sobre vehículos y, también, sobre industrias.
   En 2001, el Grupo de Estudios Específicos de la UTN realizó un estudio sobre la polución sonora en San Miguel de Tucumán y señaló que para bajar el ruido a límites razonables, era necesaria una planificación urbana en función del crecimiento poblacional y de la evolución del tránsito. Se debía encarar una distribución del transporte, evitando la concentración y sin derivar los problemas ambientales de una calle hacia otra. También indicó que era preciso ajustar controles para que los vehículos circularan con motores y escapes en condiciones.
   Rigieron y aún están en vigencia ordenanzas municipales que legislan sobre el ruido pero que no se cumplen con efectividad, especialmente en los vehículos particulares y en los transportes públicos. En otras décadas, existía, por ejemplo, una norma que prohibía tocar bocina y que se cumplió a rajatabla durante varios años, luego se la dejó sin efecto. Hay ruidos que son deliberadamente provocados (fiestas, escapes libres, bailes) y que pueden mermarse sin costo tecnológico alguno, simplemente aplicando las normas en vigencia. Creemos que es hora de abocarse en serio a esta problemática para que logremos mayor salud sonora.

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