Peleas abiertas o soterradas

Por Luis Mario Sueldo - Redacción LA GACETA.

06 Julio 2008
En el deportista, el factor emocional (temperamento, decisión, fuego interno) suele resultar de notable importancia en las definiciones de una competencia. La sociedad también con sus humores marca fuertes pautas en el manejo bueno o malo de la convivencia, mientras, paralelamente, refleja el dibujo más acertado de su idiosincrasia. Siempre se dijo que el argentino -sobre todo el metropolitano- lleva incorporada como marca registrada una mezcla de soberbia y de melancolía que en el exterior lo hace inconfundible. Una imagen que en el país está como atada -y no con alambre, precisamente- al desaprovechamiento de circunstancias favorables para un andar integral desahogado.
     Los argentinos damos la impresión de vivir siempre en una pelea abierta o soterrada. Y, no pocas veces, los protagonistas de conflictos suelen usar como excusa a los sectores desprotegidos. Es perogrullesco sostener que la diversificación de ideas hace a una discusión más rica, pero a falta de proposiciones transparentes nos introducimos en polémicas estériles que conllevan rasgos masoquistas y con las que perdemos todos, salvo aquellos que se mueven históricamente entre bambalinas y que fagocitan las desavenencias. De tal modo, con la falta de elaboración crítica mediante, terminamos haciéndoles el juego a los indiferentes al bien común, aunque -paradójicamente- sospechemos que son los que dictan las líneas a seguir. Todo se complica más cuando aparece el resentimiento o la casi habitual postura de oponerse por oponerse, a veces mediante la irrupción en escena de personajes proféticos o mesiánicos que hacen una interpretación deliberadamente distorsionada de la realidad. Y se vuelve grave cuando estalla el odio (Freud  lo denominó “tanatos” o pulsión de destrucción), que es más fuerte que la pulsión sexual. Entonces, la intolerancia y la ambición facilitan los desbordes y la violencia.  
Se supone que, ante un determinado problema, debería primar entre la gente de bien la búsqueda de fórmulas asociativas, porque sólo los psicópatas o los perversos son inmunes al sentimiento de culpa. Además, como escribió Shakespeare: “la vida no es más que una sombra errante, un pobre comediante que pasa por un escenario y de quien luego no se oye hablar más; es un cuento relatado por un idiota, lleno de ruidos y de furia que nada significan”. Un magistral trazo de la finitud de la existencia y de lo patológico que resulta transitarla amarrado únicamente a los propios intereses.
      Para desempolvarnos de pálidas, el detalle está en que en la disciplina o actividad que se elija, el talento criollo deja huellas profundas en cualquier lugar del mundo. Incluso, con ese cuidado constante de la picardía, nunca bienvenida en el extranjero, el argentino aprende todo lo necesario para perfeccionar su técnica y se convierte en excelente improvisador. Ahora bien, dentro de su territorio ¿hace trabajar su inteligencia sólo para las cosas de corto alcance y no para las que hacen a la colectividad? ¿es incapaz de pensar fuera de la ideología? Por eso, ese humor ácido que marca que sin una clase media conservadora, sin un gobierno necio, sin una oposición impresentable y sin medios pocos serios los problemas del país se resolverían en un “periquete”, sirve para sonreír y también para pensar.
      Una optimista visión futurista asegura que triunfaremos incluso a pesar nuestro. Ojalá. Napoleón decía que no hay idealista que no tenga un residuo positivo. Una sutileza. Hay algo seguro: de aburrimiento no nos moriremos nunca.

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