Avales externos para una presión ineficaz
La Presidenta consigue el respaldo de sus pares latinoamericanos, los opositores en Argentina se rodean de intendentes del interior; dos bandos y ningún acercamiento. Por Juan Manuel Asis - Redacción LA GACETA.
02 Julio 2008 Seguir en 
En las últimas 48 horas, el cristinismo logró que San Miguel de Tucumán se parezca a una ciudad del primer mundo. El Mercosur provocó nuevas imágenes en la provincia, tantas postales buenas -reconocidas hasta por los propios presidentes latinoamericanos- que la reflexión final, un tanto pronto y callejera, es: "ojalá que las cumbres fueran semanales". Algo similar a aquella común frase barrial en tiempos electorales: "debería haber elecciones todos los días para que se pinte, se arreglen calles, se entreguen bolsones y nos visiten los buscavotos". Se acondicionó la casa para una circunstancia especial y el Gobierno local aprobó el reto en ese sentido, hecho para lo que no reparó en gastos (la cifra oficial de $ 10 millones parece que se quedó un tanto corta). La presidenta Cristina Fernández de Kirchner no pudo menos que abandonar sonriendo Tucumán; tuvo lo que quiso: una ciudad engalanada, rosas color salmón a su paso, su cordero patagónico en la cena de gala; y ser una digna anfitriona de sus pares. Pero parecer no es lo mismo que ser parte del primer mundo, aquí los problemas siguen siendo los del subdesarrollo, por más espejitos de cristal que se hayan montado para que la Presidenta vea reflejada la imagen de una mujer poderosa. Pero la realidad le muestra debilidades institucionales -el Congreso está más cerca de darle una bofetada a la soberbia- y errores políticos -en el conflicto con el campo- por no apelar a la vieja, y siempre recomendada, estrategia de la negociación para evitar males mayores; especialmente cuando se gobierna.En los últimos días los tucumanos pudieron ver, y sentir, lo que significa la seguridad de primer mundo, el protocolo del primer mundo, los temas de agenda del primer mundo. Y escucharon una palabra que remonta a los próceres de la gesta independentista americana: integración. La usaron todos los presidentes para justificar la necesidad de la unidad latinoamericana para enfrentar al colonialismo europeo -a raíz del polémico "Decreto Retorno" de la Unión Europea-, para avanzar en bloque y enfrentar los problemas de necesidad mundial de alimentos. Hacia afuera, unidad; pero hacia adentro la política nacional va a contramano y, precisamente, en una cuestión que consumió bastantes minutos de los discursos de los presidentes del Mercosur: el aporte que puede hacer Latinoamérica para satisfacer el hambre en el mundo.
Cristina logró que alguno de sus pares apoyara la posición del gobierno nacional en el conflicto con el agro para enfrentar -no resolver- el problema que lleva más de 100 días. Apostó al respaldo declamativo externo para sumar en su pelea interna un gesto de presión, algo ineficaz a la hora de hablar de soluciones. Ella apuesta a los presidentes, los opositores internos apuestan a los intendentes. Dos visiones, dos estrategias, dos bandos y ningún acercamiento. La Cumbre del Mercosur pasó para Tucumán, que quedó con sus problemas. Hoy volverán a surgir. El gobernador, José Alperovich, recobrará el protagonismo perdido y la Presidenta recibirá un baño de realidad en Buenos Aires. ¿Por qué? Porque la vieja picardía peronista de mandar a votar en plenarios políticos por cualquier nimiedad para conocer cómo se reparten los votos -con cuántos se cuenta y cuántos tiene el opositor-, parece que no le está sirviendo como elemento de presión. Esto es así debido a que los leales son menos que los que necesita para imponer el polémico proyecto sobre las retenciones móviles. Lo único que logrará es saber quiénes son los fieles, pero lo más dramático para ella será descubrir que no puede imponer voluntades con esos laderos. En ese caso, en adelante, lo que estará en juego será la redifinición sobre la forma de gobernar: imponiendo o consensuando. A la Nación le llegó la hora, en Tucumán eso está aun verde.







