Lucero y "El petiso orejudo"

Un dictamen médico sobre el célebre criminal porteño. Por Carlos Páez de la Torre (h) - Redacción LA GACETA.

“EL PETISO OREJUDO”. Cayetano Santos Godino, en una fotografía tomada en 1912, el día en que la Policía lo detuvo.
“EL PETISO OREJUDO”. Cayetano Santos Godino, en una fotografía tomada en 1912, el día en que la Policía lo detuvo.
24 Mayo 2008
En la historia del crimen en la Argentina hasta promediar el siglo XX, constituyen un capítulo espeluznante las andanzas de Cayetano Santos Godino, más conocido por su apodo, “El petiso orejudo”. Nacido en 1896, en un hogar de padre alcohólico, era de talla pequeña, con unas grandes orejas que explicaban su alias. Se inició en el delito en la niñez, en 1904. Cuando lo arrestaron en 1912, confesó cuatro homicidios perpetrados en niños pequeños, entre atroces torturas, pero se supone que cometió muchos otros.
El médico Amador L. Lucero (1870-1914), quien vivió en Tucumán y actuó tanto tiempo en nuestra vida política, ya residía en Buenos Aires al iniciarse la causa contra “El petiso orejudo”. Era un prestigioso forense y la Justicia requirió sus servicios. Su extenso y erudito informe fue publicado, junto con varios otros textos póstumos de Lucero, como un capítulo del libro “Psicopatología forense”, que editó la Universidad de Tucumán en 1917. En una veintena de páginas, Lucero traza el perfil psicológico de Godino, luego de analizar en detalle sus crímenes, tentativas de asesinato, actividades de pirómano y  hábitos de vida. De acuerdo a la terminología científica de su época, concluye dictaminando que Cayetano Santo Godino podía clasificarse como “degenerado hereditario”, “imbécil” y “loco moral”.
Más allá de que la ciencia actual haya superado hace mucho los razonamientos y encuadres de Lucero, su texto es de gran utilidad para informarse exhaustivamente sobre los estremecedores delitos que perpetró Godino. Respecto de ellos, jamás expresó el menor remordimiento, sino todo lo contrario.  La Cámara de Apelaciones, por unanimidad, dispuso en 1915 que “El petiso orejudo” fuera confinado por tiempo indeterminado. Lo llevaron a la Cárcel de Usuhaia. Allí, en una ocasión, torturó al gato de la carpintería del penal, cosa que indignó a los internos. La paliza descomunal que le propinaron, determinó su internación, por veinte días, en el hospital. Murió en 1944 en Ushuaia, en circunstancias que nunca se aclararon del todo.

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