16 Marzo 2008 Seguir en 
Es tiempo de pensar en las soluciones que necesita el país. La crisis ya pasó y la prioridad es establecer cómo se sostendrá el crecimiento y se responderá a los requerimientos de los sectores empresarios y productivos. A grandes rasgos, esta es la definición de Andrés Musacchio sobre la actualidad económica que tiene la Argentina.
- ¿Qué se puede esperar para este año en materia económica?
- Las principales novedades estarán vinculadas a la discusión sobre la cuestión inflacionaria, al diseño de un programa energético de largo plazo y al día a día de la crisis internacional. Esos problemas irán matizando el rumbo de una economía que se encuentra bien plantada en lo coyuntural, pero que aún no ha ido hasta el hueso en los cambios estructurales ni en la distribución del ingreso.
- ¿Cree que habrá algún cambio de rumbo, en algún ítem, con relación al Gobierno anterior?
- El rumbo general de la política económica está planteado como una continuidad. Sin embargo, los tiempos económicos actuales son distintos que tres o cuatro años atrás. La recuperación posterior a la crisis está concluyendo y eso da paso a la discusión de los problemas estructurales. Es el momento de dejar de correr detrás de la coyuntura y pasar a la ofensiva con políticas activas que construyan un plan de desarrollo de largo plazo. Ya no se trata de ver cómo pagamos (o no) el próximo vencimiento de la deuda, sino cómo se atiende la creciente demanda de energía, cómo se multiplica la inversión, como se comunica a las diferentes regiones del país entre sí o cómo se redistribuye el ingreso.
- ¿Es preocupante el nivel de inflación que tenemos?
- El nivel de inflación se ha hecho preocupante por la impericia del Gobierno para plantear el tema. Una tasa de inflación del 10-15% no parecía grave si los salarios crecieran más rápidamente y el producto continuara en su sendero de expansión actual. Desmantelar los sistemas estadísticos y negar el problema, en lugar de mostrar que este existe y no es grave, sólo complicó las expectativas y le dio entidad a una inflación que de ningún modo estaba desbocada. Hoy el problema se ha hecho más serio y no porque la economía funcione peor, sino como efecto de ese fallido intento de ocultamiento. Ahora, todos se preparan para una tasa de inflación superior al 20% y reclaman aumentos de precios, salarios y retribuciones en consecuencia, situando la espiral inflacionaria en un escalón más arriba. Sin ser aún un problema caliente, es hoy de consideración.
- ¿Hay salida para la escalada inflacionaria?
- Hay salida, en tanto se plantee abiertamente la cuestión. La inflación no es un problema de expansión de la cantidad de moneda, de un gasto público excesivo o de salarios altos. Por lo tanto, no se resuelve con recortes en los gastos o políticas monetarias duras y con mayores tasas de interés. Tampoco dejando revaluar el peso. La inflación actual se deriva, aún, de los ajustes posteriores a la devaluación, de los aumentos en los precios internacionales de los productos primarios y de algunos cuellos de botella internos. A eso se le suma la puja distributiva y el fenómeno de expectativas antes mencionado. Un sinceramiento estadístico permitiría desactivar pujas estériles y desacelerar la escalada. A partir de allí, la combinación de políticas de precios -incluyendo retenciones móviles- y una política que fortalezca las condiciones productivas de largo plazo permitiría reducir el problema paulatinamente.
- ¿Se podrá mantener el nivel de crecimiento?
- Es probable que el crecimiento se reduzca paulatinamente en los años próximos. Las condiciones iniciales en el punto más álgido de la crisis eran propicias para una recuperación rasante. Con menores recursos ociosos disponibles, de a poco el ritmo se hará algo más lento y mucho más dependiente de la inversión. A futuro, parece más importante la calidad del crecimiento que su tasa. La buena coyuntura internacional provee de recursos para una dinámica expansión interna. A partir de allí, la reindustrialización en los sectores más complejos y la fuerte expansión de la infraestructura serán la llave para que no se frustre la expectativa de desarrollo económico y social sostenible. Y eso se logra a partir de medidas de estímulo a la inversión, pero también con políticas tecnológicas e industriales consistentes y con una fuerte inversión pública en infraestructura.
- ¿Cuáles son, para usted, los principales inconvenientes que presenta el plan económico oficial?
- En primer lugar, el intento de “barrer debajo de la alfombra” algunos temas como el de la inflación y darles una entidad que hasta entonces no tenían. En segundo término, cierta demora en discutir y diseñar políticas de largo plazo consistentes. Un tercer aspecto es la fuerte dependencia de la coyuntura favorable del comercio exterior. El equilibrio externo y la fortaleza fiscal construida a fuerza de retenciones a las exportaciones siguen pegados a un pequeño conjunto de productos que componen nuestras principales exportaciones. En lugar de diversificar mercados (objetivo que, de todas formas, no debe abandonarse), habría que avanzar frontalmente en la diversificación de los productos exportados. En cuarto lugar, la demora de una profunda reforma impositiva que permita redistribuir progresivamente el ingreso y fortalecer las arcas fiscales gravando a quienes más tienen y a quines utilizan sus recursos improductivamente. Finalmente, la falta de una política de desarrollo regional que promueva a las regiones y provincias más postergadas.
- ¿Cuáles son las principales virtudes que observa?
- La principal virtud, en continuidad con la administración anterior, es privilegiar las actividades productivas por sobre las financieras y especulativas. Sólo la creación de riqueza permite construir una economía sólida. En segundo lugar, permitir una lenta pero efectiva recuperación del ingreso y de la demanda interna es otra de las llaves del crecimiento. La política de sostenimiento del tipo de cambio ha permitido ganar en competitividad a muchas actividades internas y generar empleo. Y no es cierto que sea inflacionaria con el robusto superávit fiscal que la respalda. Finalmente, el sostenimiento de las retenciones, aunque controvertido, es uno de los pilares que evita que los precios se escapen aún más y permite al Estado equilibrar sus cuentas.
- ¿Qué se puede esperar para este año en materia económica?
- Las principales novedades estarán vinculadas a la discusión sobre la cuestión inflacionaria, al diseño de un programa energético de largo plazo y al día a día de la crisis internacional. Esos problemas irán matizando el rumbo de una economía que se encuentra bien plantada en lo coyuntural, pero que aún no ha ido hasta el hueso en los cambios estructurales ni en la distribución del ingreso.
- ¿Cree que habrá algún cambio de rumbo, en algún ítem, con relación al Gobierno anterior?
- El rumbo general de la política económica está planteado como una continuidad. Sin embargo, los tiempos económicos actuales son distintos que tres o cuatro años atrás. La recuperación posterior a la crisis está concluyendo y eso da paso a la discusión de los problemas estructurales. Es el momento de dejar de correr detrás de la coyuntura y pasar a la ofensiva con políticas activas que construyan un plan de desarrollo de largo plazo. Ya no se trata de ver cómo pagamos (o no) el próximo vencimiento de la deuda, sino cómo se atiende la creciente demanda de energía, cómo se multiplica la inversión, como se comunica a las diferentes regiones del país entre sí o cómo se redistribuye el ingreso.
- ¿Es preocupante el nivel de inflación que tenemos?
- El nivel de inflación se ha hecho preocupante por la impericia del Gobierno para plantear el tema. Una tasa de inflación del 10-15% no parecía grave si los salarios crecieran más rápidamente y el producto continuara en su sendero de expansión actual. Desmantelar los sistemas estadísticos y negar el problema, en lugar de mostrar que este existe y no es grave, sólo complicó las expectativas y le dio entidad a una inflación que de ningún modo estaba desbocada. Hoy el problema se ha hecho más serio y no porque la economía funcione peor, sino como efecto de ese fallido intento de ocultamiento. Ahora, todos se preparan para una tasa de inflación superior al 20% y reclaman aumentos de precios, salarios y retribuciones en consecuencia, situando la espiral inflacionaria en un escalón más arriba. Sin ser aún un problema caliente, es hoy de consideración.
- ¿Hay salida para la escalada inflacionaria?
- Hay salida, en tanto se plantee abiertamente la cuestión. La inflación no es un problema de expansión de la cantidad de moneda, de un gasto público excesivo o de salarios altos. Por lo tanto, no se resuelve con recortes en los gastos o políticas monetarias duras y con mayores tasas de interés. Tampoco dejando revaluar el peso. La inflación actual se deriva, aún, de los ajustes posteriores a la devaluación, de los aumentos en los precios internacionales de los productos primarios y de algunos cuellos de botella internos. A eso se le suma la puja distributiva y el fenómeno de expectativas antes mencionado. Un sinceramiento estadístico permitiría desactivar pujas estériles y desacelerar la escalada. A partir de allí, la combinación de políticas de precios -incluyendo retenciones móviles- y una política que fortalezca las condiciones productivas de largo plazo permitiría reducir el problema paulatinamente.
- ¿Se podrá mantener el nivel de crecimiento?
- Es probable que el crecimiento se reduzca paulatinamente en los años próximos. Las condiciones iniciales en el punto más álgido de la crisis eran propicias para una recuperación rasante. Con menores recursos ociosos disponibles, de a poco el ritmo se hará algo más lento y mucho más dependiente de la inversión. A futuro, parece más importante la calidad del crecimiento que su tasa. La buena coyuntura internacional provee de recursos para una dinámica expansión interna. A partir de allí, la reindustrialización en los sectores más complejos y la fuerte expansión de la infraestructura serán la llave para que no se frustre la expectativa de desarrollo económico y social sostenible. Y eso se logra a partir de medidas de estímulo a la inversión, pero también con políticas tecnológicas e industriales consistentes y con una fuerte inversión pública en infraestructura.
- ¿Cuáles son, para usted, los principales inconvenientes que presenta el plan económico oficial?
- En primer lugar, el intento de “barrer debajo de la alfombra” algunos temas como el de la inflación y darles una entidad que hasta entonces no tenían. En segundo término, cierta demora en discutir y diseñar políticas de largo plazo consistentes. Un tercer aspecto es la fuerte dependencia de la coyuntura favorable del comercio exterior. El equilibrio externo y la fortaleza fiscal construida a fuerza de retenciones a las exportaciones siguen pegados a un pequeño conjunto de productos que componen nuestras principales exportaciones. En lugar de diversificar mercados (objetivo que, de todas formas, no debe abandonarse), habría que avanzar frontalmente en la diversificación de los productos exportados. En cuarto lugar, la demora de una profunda reforma impositiva que permita redistribuir progresivamente el ingreso y fortalecer las arcas fiscales gravando a quienes más tienen y a quines utilizan sus recursos improductivamente. Finalmente, la falta de una política de desarrollo regional que promueva a las regiones y provincias más postergadas.
- ¿Cuáles son las principales virtudes que observa?
- La principal virtud, en continuidad con la administración anterior, es privilegiar las actividades productivas por sobre las financieras y especulativas. Sólo la creación de riqueza permite construir una economía sólida. En segundo lugar, permitir una lenta pero efectiva recuperación del ingreso y de la demanda interna es otra de las llaves del crecimiento. La política de sostenimiento del tipo de cambio ha permitido ganar en competitividad a muchas actividades internas y generar empleo. Y no es cierto que sea inflacionaria con el robusto superávit fiscal que la respalda. Finalmente, el sostenimiento de las retenciones, aunque controvertido, es uno de los pilares que evita que los precios se escapen aún más y permite al Estado equilibrar sus cuentas.







