Qué ocurrió el 23 de agosto y por qué aquel día cambió nuestra historia para siempre
Vivimos en una de las regiones que más sacrificios hizo por la constitución de la patria, pero que, paradójicamente, ha sido la más relegada. Los detalles de una hazaña irrepetible que está profundamente ligada con la historia de Tucumán.
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Existen fechas que nos remiten a momentos dramáticos, pero que fueron, al mismo tiempo, fundamentales para el devenir de nuestras vidas. Con algunas de estas efemérides ocurre una paradoja: se ubican en una especie de segundo plano, es decir, no poseen la preeminencia que merecen por lo que representan y por las consecuencias que generaron. Este domingo recordaremos una de ellas.
El 23 de agosto de 1812 se produjo un hecho sobrecogedor: los pobladores de la ciudad de Jujuy y de sus alrededores abandonaron sus casas, sus comercios y sus campos escoltados por el ejército que comandaba Manuel Belgrano. Antes de hacerlo, cargaron todo lo estaba a su alcance (mercadería, muebles, documentos, cosechas, animales) y al resto lo destruyeron. El objetivo fue privar al enemigo de los elementos básicos de subsistencia. A este hecho se lo conoce como Éxodo Jujeño; no fue el único y posee una relación directa con la historia tucumana. Veamos por qué.
Un año antes, el 20 de julio de 1811, el ejército Auxiliar del Perú, liderado por Juan José Castelli(primo de Belgrano) y por Antonio González Balcarce, había sido derrotado en la batalla de Huaqui por las tropas realistas de José Manuel de Goyeneche. Transcurrían los primeros años posteriores a la Revolución de Mayo y todo era endeble. Luego de aquel desastre, el desbande había sido casi total. Fue entonces cuando el creador de la bandera asumió el mando de una tropa diezmada, desmoralizada, indisciplinada y prácticamente desarmada. En esas condiciones se hacía imposible enfrentar al enemigo. Al mismo tiempo, la animosidad de buena parte de los pobladores de lo que hoy es el norte argentino era manifiesta. Es un error creer que a partir de 1810 todos los habitantes de las Provincias Unidas del Río de la Plata apoyaron con fervor los designios independentistas. La realidad fue diferente: muchos ansiaban (por diversos motivos) el restablecimiento del antiguo régimen virreinal. Las vidas de Pedro de Olañeta (líder de la vanguardia realista por aquel entonces) y de sus parientes, los hermanos Pepa (con quien se casó) y Guillermo Marquiegui, son ejemplos elocuentes. Pero esa es una historia que quizás merece su propio texto (o mejor, repasar la novela “Huayra Puca”, del injustamente olvidado Daniel Ovejero).
La última resistencia
Tal vez el lector se preguntará por qué, si el ejército patriota había sido arrollado, Goyeneche demoró más de un año en avanzar desde el norte del Alto Perú (hoy Bolivia) hasta las tierras de Jujuy y de Salta. Sucede que en el camino tuvo que aplastar varios focos revolucionarios que permanecían activos. El último en caer fue el de Cochabamba, a fines de mayo de 1812, tras lo cual la ciudad fue saqueada y algunos de sus ciudadanos, masacrados. Esto encendió las alarmas en Jujuy, donde por aquellos días Belgrano había celebrado el segundo aniversario del 25 de mayo en la plaza principal, frente al Cabildo, según recuerda Joaquín Carrillo en “Jujuy. Apuntes de su historia civil”. Además, el general había hecho bendecir en la Catedral la bandera que él mismo había creado tiempo antes.
A fines de julio, y con las avanzadas del ejército enemigo cada vez más cerca, Belgrano emitió un bando sobrecogedor: “Desde que puse el pie en vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa (...) os he hablado con verdad. Siguiendo con ella os manifiesto que las armas de Abascal -el virrey de Perú- al mando de Goyeneche se acercan a Suipacha; y lo peor es que son llamados por los desnaturalizados que viven entre vosotros y que no pierden arbitrios para que nuestros sagrados derechos de libertad, propiedad y seguridad sean ultrajados y volváis a la esclavitud. (...) Llegó pues la época en que manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reuniros al Ejército de mi mando, si como aseguráis queréis ser libres (...). Hacendados: apresuraos a sacar vuestro ganado vacuno, caballares, mulares y lanares que haya en vuestras estancias, y al mismo tiempo vuestros chasquis hacia el Tucumán, sin darme lugar a que tome providencias que os sean dolorosas, declarandóos además si no lo hicieseis traidores a la patria. Labradores: asegurad vuestras cosechas extrayéndolas para dicho punto, en la inteligencia de que no haciéndolo incurriréis en igual desgracia que aquellos. Comerciantes: no perdáis un momento en enfardelar vuestros efectos y remitirlos, e igualmente cuantos hubiere en vuestro poder de ajena pertenencia (...). Que serán tenidos por traidores a la patria todos los que a mi primera orden no estuvieran prontos a marchar y no lo efectúen con la mayor escrupulosidad, sean de la clase y condición que fuesen. (...)”, reproduce Carrillo en el libro que citamos más arriba y que es considerado como una obra fundacional de la historiografía del norte argentino.
Finalmente, el 23 de agosto comenzó una marcha extraordinaria y dolorosa. La ciudad quedó vacía y los campos de los alrededores, arrasados. Lo describe muy bien el general José María Paz en sus memorias póstumas. Hubo algunos pobladores que eligieron refugiarse campo adentro para no partir. Pero otros (seguramente varios en contra de su voluntad, de lo contrario los términos del bando no hubiesen sido tan perentorios) se fueron hacia el sur, con Belgrano. Y un mes después muchos de ellos engrosaron las tropas que vencieron a las huestes de Pío Tristán en Tucumán.
Ojo: aquel no fue el único éxodo jujeño. Fue el primero, pero se calcula que entre 1812 y 1821 (año en que ocurrió la última invasión realista) hubo al menos otros tres. La envergadura de los posteriores fue menor y fueron motivados por los sucesivos avances enemigos que llegaron a Jujuy a lo largo de aquel período. A eso hay que sumar que durante aquellos años se produjeron aproximadamente 120 combates sólo en el territorio de esa provincia. Estamos hablando de hechos de diversa importancia: algunos fueron escaramuzas y otros, encuentros de mayor magnitud. En uno de los muros laterales del Museo del Cabildo -es nuevo y vale la pena visitarlo- aparece el listado, año por año, de todos aquellos enfrentamientos. Es tan grande que impacta.
Sin respuestas
Indefectiblemente todo lo anterior nos lleva a hacernos diversas preguntas: ¿salvando las enormes distancias temporales, si hoy nos llegara una orden semejante estaríamos dispuestos a cumplirla? ¿Existe algún dirigente político (sin importar el partido en el que milite) que se encuentre a la altura de las mujeres y de los hombres de aquellos días trágicos? ¿Qué se rompió en el medio para que pasáramos de individuos de la talla de Manuel Belgrano a la calaña que nos gobierna desde hace décadas? ¿Por qué el territorio que más se sacrificó por la libertad y la independencia -y no hablamos sólo de Jujuy, sino también de Salta y de Tucumán- ha sido el más postergado? Lo podemos comprobar en la infraestructura insuficiente y deficiente, en los bolsones de pobreza urbana y rural, en la inequidad en la distribución de recursos, en los altísimos costos que sufren los sectores productivos (los fletes para llegar a los puertos, por ejemplo), en el bajo rendimiento escolar, en la malnutrición, en las fronteras desprotegidas, en la corrupción, en la ineficiencia estatal, en la desidia, en el narcotráfico y en un larguísimo etcétera de calamidades.
Esa postergación también se manifiesta en el campo simbólico; en este caso, en el modo en que se recuerdan hechos de una trascendencia tan grande como el Éxodo Jujeño, la Batalla de Tucumán y la de Salta (que están encadenados y que cambiaron la historia de nuestra nación): se trata de feriados provinciales que pasan inadvertidos en el resto del país. Eso contrasta con otras celebraciones, como el feriado nacional del 20 noviembre, que remite a aquella escaramuza ocurrida en territorio bonaerense y que fue elevada a la categoría de batalla por el ombliguismo porteño: el combate de Vuelta de Obligado. A veces, la historia es muy injusta.







