Moria Casán y la maternidad: la escena que generó un debate sobre ser madre y el sacrificio
La serie sobre Moria Casán instaló una discusión que excede su forma de criar: cuánto esperamos que una mujer renuncie a su propia vida cuando se convierte en madre y por qué esa misma exigencia no suele recaer sobre los padres.
Escuchar nota
Hay una escena de “Moria”, la serie de Netflix sobre la vida de Moria Casán, que empezó a circular en redes casi desprendida de la ficción. Moria está en el jardín de su casa de Parque Leloir hablando con Sofía, todavía chica. Acaba de separarse de Mario Castiglione y le explica cómo será la vida de las dos a partir de entonces.
“Quiero que seas libre y quiero seguir siéndolo yo también”, le dice. Después vendrán otras frases todavía más provocadoras. Le explica que no quiere educarla, que ella misma se autoeducó, que nunca postergó cosas por nadie y espera que su hija tampoco lo haga. Y en un momento resume buena parte de su idea sobre la maternidad: “quiero vivir con vos, no para vos”.
La escena se compartió muchísimo y generó una discusión particularmente intensa entre mujeres y en cuentas dedicadas a la maternidad y a la crianza. Hubo quienes encontraron allí una forma de amor alejada del sacrificio y quienes vieron exactamente lo contrario: una madre demasiado preocupada por preservar su propia libertad.
La discusión alrededor de la escena terminó excediendo lo que Moria dice sobre tener hijos. Sus ideas pueden generar acuerdos, rechazos y matices: la autonomía de un hijo convive necesariamente con el cuidado y la responsabilidad de los adultos. Pero detrás de ese debate apareció algo más profundo. Lo que incomoda no es solamente cómo decide criar a su hija, sino que una madre diga en voz alta que pretende seguir siendo una persona con deseos, proyectos y una vida que no empieza y termina siendo madre.
Durante mucho tiempo construimos a las madres alrededor de la idea de entrega. Una buena madre está, cuida, anticipa, organiza, recuerda, acompaña. Pero además parece tener que demostrar que todo eso ocupa el centro de su existencia. No alcanza con querer profundamente a un hijo. Hay algo en nuestro imaginario que sigue asociando el amor materno con la renuncia.
Por eso quizás la frase más provocadora de la escena no sea la que habla de sexo, ni la de la autoeducación, ni siquiera aquella en la que Moria se define como “marciana”. Es una mucho más sencilla: vivir con una hija, pero no para una hija.
¿Qué sucede cuando una mujer dice eso?
La llegada de un hijo transforma inevitablemente la vida. Cambian los horarios, las prioridades, los vínculos, el cuerpo, la economía, el trabajo y hasta la manera de pensar el futuro. Pero entre aceptar esa transformación y asumir que una mujer debe desaparecer detrás de su condición de madre hay una distancia enorme que no siempre sabemos reconocer.
Y basta cambiar el género para que esa exigencia se vuelva todavía más evidente.
Un hombre puede convertirse en padre y continuar teniendo ambiciones profesionales, hobbies, amigos, viajes, noches afuera, proyectos propios. Incluso puede hablar de la importancia de conservar esos espacios y difícilmente alguien interprete automáticamente que ama menos a sus hijos. En muchos casos, que un padre modifique parte de su rutina para cuidar es leído como una demostración especialmente valiosa de compromiso.
Tal vez por eso seguimos preguntándonos con tanta facilidad dónde estaba la madre, qué hizo la madre, por qué no estuvo la madre, cómo pudo irse, trabajar tanto, viajar, salir o priorizarse. La pregunta equivalente sobre el padre no aparece con la misma velocidad.
La escena de Moria también tiene otra particularidad: quien interpreta a esa madre es Sofía Gala, la hija real de Moria. Hay algo extraño y potente en verla reconstruir una maternidad que, de alguna manera, también fue la suya. No convierte automáticamente esas decisiones en correctas ni invalida las críticas. Pero agrega una capa a una conversación que suele reducirse demasiado rápido a madres buenas y madres malas.
Hemos ampliado enormemente las posibilidades de vida de las mujeres, pero la representación de la “buena madre” parece haberse movido mucho menos. Puede trabajar, viajar, tener pareja, separarse, volver a enamorarse, tener proyectos y desear otras cosas, siempre que logre demostrar que, llegado el momento, sus hijos estarán antes que todo.
No solemos pedirles a los hombres semejante declaración de principios.
Moria dice que quiere que su hija sea libre y que ella quiere seguir siéndolo. Entre esas dos libertades existe una tensión real, porque criar implica inevitablemente resignar cosas. Pero también puede haber algo valioso en que los hijos crezcan viendo que sus madres, además de ser madres, conservan deseos, proyectos y espacios propios. Tal vez la libertad que Moria quiere para su hija también empiece por mostrarle que una mujer puede ser muchas cosas al mismo tiempo.



