24 Febrero 2008 Seguir en 
La plaza Miguel Lillo, ubicada en avenida Alem y pasaje Gutiérrez, fue uno de los últimos lugares por donde caminó Paulina Alejandra Lebbos hace casi dos años junto con su amiga Virginia Mercado. Hoy, ese pequeño espacio verde camuflado entre pavimento y edificaciones está más cuidado e iluminado que nunca. Sin embargo, los vecinos aseguran que se mantiene la inseguridad en la zona, aunque aclararon de inmediato que el crimen no los perturbó.
“Hace 36 años que vivimos frente a la plaza y nunca antes había pasado esto. No creemos que Paulina haya estado por aquí esa noche. Sospechamos que todo ocurrió en otro lugar. Es raro que una amiga deje que otra viaje sola en un remise”, señaló Estela Soria, quien vive en el pasaje Gutiérrez 1.452.
Su marido, Marcos Acuña, agregó: “sobre lo que pasó nos enteramos por los diarios y, la verdad, fue lamentable. Creo que el culpable debe ser alguien cercano al poder. Alberto Lebbos (padre de la víctima) fue funcionario del gobierno y algo debe saber, por eso habla tanto de encubrimiento. A diferencia de lo que opina mi mujer, yo pienso que por aquí no hay control policial y es muy inseguro”.
Ramón Humberto Roldán trabaja en una bulonería que está en el pasaje hace ya 16 años. Asegura que la zona cambió drásticamente en los últimos tiempos y que después del crimen intentaron “jerarquizar” la plaza Miguel Lillo. “El Abasto es una zona roja y la Policía lo sabe. Cuando pusieron los boliches sacaron todos los puestos del mercado y eso empeoró las cosas. Antes, por lo menos, la gente de los puestos eran personas de trabajo. Hoy se encuentran chicas borrachas tiradas en las esquinas”, comentó ofuscado. Y sobre el caso opinó: “es horroroso que pueda desaparecer alguien y que nadie encuentre pistas sobre lo que pasó. Se vive con miedo, porque cualquiera puede ser la próxima víctima de este tipo de hechos”.
Roldán hizo hincapié en la inseguridad del barrio y reconoció que desconfía de cada persona que entra a su negocio. “No estoy tranquilo, porque pueden estar armados y terminar atacándome”, aseguró.
El matrimonio Acuña y el comerciante Roldán coincidieron, sin embargo, en que la zona mejoró desde el crimen de Paulina. “Iluminaron las calles y la plaza y pusieron un policía. Pero desde el punto de vista de la investigación fue un circo, porque no hicieron nada realmente para esclarecer el homicidio”, afirmaron.
Otra visión
Los jóvenes no se quedan atrás. Opinan sobre el crimen de la estudiante universitaria y con frecuencia son más inflexibles que los adultos. “Creo que hay muchas cosas encubiertas; la gente vinculada al poder puede cubrir y proteger varias personas”, dijo Victoria Figueroa de 18 años, que estaba sentada en un banco de la plaza.
Su novio, Alejandro Ammar, de 19, agregó: “nunca hubo mucha información sobre el caso. Lo único que se supo fue que iban en un remise. Eso es como no tener nada en las manos”.
“La Justicia es lenta y todo queda en la nada siempre”, opinó Nelly, empleada de un bar ubicado frente a la plaza, que, por temor, se negó a dar a conocer su apellido.
“Hace 36 años que vivimos frente a la plaza y nunca antes había pasado esto. No creemos que Paulina haya estado por aquí esa noche. Sospechamos que todo ocurrió en otro lugar. Es raro que una amiga deje que otra viaje sola en un remise”, señaló Estela Soria, quien vive en el pasaje Gutiérrez 1.452.
Su marido, Marcos Acuña, agregó: “sobre lo que pasó nos enteramos por los diarios y, la verdad, fue lamentable. Creo que el culpable debe ser alguien cercano al poder. Alberto Lebbos (padre de la víctima) fue funcionario del gobierno y algo debe saber, por eso habla tanto de encubrimiento. A diferencia de lo que opina mi mujer, yo pienso que por aquí no hay control policial y es muy inseguro”.
Ramón Humberto Roldán trabaja en una bulonería que está en el pasaje hace ya 16 años. Asegura que la zona cambió drásticamente en los últimos tiempos y que después del crimen intentaron “jerarquizar” la plaza Miguel Lillo. “El Abasto es una zona roja y la Policía lo sabe. Cuando pusieron los boliches sacaron todos los puestos del mercado y eso empeoró las cosas. Antes, por lo menos, la gente de los puestos eran personas de trabajo. Hoy se encuentran chicas borrachas tiradas en las esquinas”, comentó ofuscado. Y sobre el caso opinó: “es horroroso que pueda desaparecer alguien y que nadie encuentre pistas sobre lo que pasó. Se vive con miedo, porque cualquiera puede ser la próxima víctima de este tipo de hechos”.
Roldán hizo hincapié en la inseguridad del barrio y reconoció que desconfía de cada persona que entra a su negocio. “No estoy tranquilo, porque pueden estar armados y terminar atacándome”, aseguró.
El matrimonio Acuña y el comerciante Roldán coincidieron, sin embargo, en que la zona mejoró desde el crimen de Paulina. “Iluminaron las calles y la plaza y pusieron un policía. Pero desde el punto de vista de la investigación fue un circo, porque no hicieron nada realmente para esclarecer el homicidio”, afirmaron.
Otra visión
Los jóvenes no se quedan atrás. Opinan sobre el crimen de la estudiante universitaria y con frecuencia son más inflexibles que los adultos. “Creo que hay muchas cosas encubiertas; la gente vinculada al poder puede cubrir y proteger varias personas”, dijo Victoria Figueroa de 18 años, que estaba sentada en un banco de la plaza.
Su novio, Alejandro Ammar, de 19, agregó: “nunca hubo mucha información sobre el caso. Lo único que se supo fue que iban en un remise. Eso es como no tener nada en las manos”.
“La Justicia es lenta y todo queda en la nada siempre”, opinó Nelly, empleada de un bar ubicado frente a la plaza, que, por temor, se negó a dar a conocer su apellido.
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