30 Enero 2008 Seguir en 
Sentado en un sillón de su casa de Acheral, el músico Octavio Ari de la Cruz, de 98 años, acaricia una guitarra que tiene las cuerdas cortadas y asegura que su amigo, el inolvidable Atahualpa Yupanqui, se la regaló en 1940, durante una de sus visitas a Tucumán. "Me la obsequió después de un recital que brindó en Escaba. Yo había ido a escucharlo y luego de tocar se acercó y me dijo: ?esto es para usted, mi amigo?. Fue una emoción tremenda. Yo no tenía nada para darle a cambio. Solamente llevaba $ 100 y se los entregué", rememoró de la Cruz.
El músico nacido en Sucre, Bolivia, en 1910, relató que su amistad con Don Ata había comenzado un poco antes, en 1935, en LV 12. Yupanqui había ido a tocar como músico contratado de la radio y de la Cruz integraba un conjunto de música peruana, que había sido invitado por la emisora para una audición. "Ese día lo conocí. El ya era famoso. Y allí comenzó nuestra amistad", contó el músico.
En los primeros años de la década del 30, De la Cruz dejó su país y se instaló en Tucumán, para trabajar como sastre, y alquilaba una casa en la calle San Juan y José Colombres. En cada viaje a la provincia, Atahualpa lo visitaba, pero un día le propuso algo inesperado: "me dijo si quería tocar con él en el bar Puerto Nuevo, que quedaba cerca de mi casa, en San Juan y Marco Avellaneda. Era un día domingo y había un montón de gauchos. Me acuerdo que tocamos chacareras, zambas y cuecas", describió.
Con emoción, De la Cruz relató que después de tocar, Yupanqui recorrió una por una, las mesas, pidiendo monedas y, cuando terminó, se acercó y le dijo: ?son para usted, amigo. A mí me paga la radio. Usted las necesita porque toca ad honorem?. "Nunca me olvidaré de eso", expresó.
Además de su compromiso con la música y con la gente sencilla del campo, Yupanqui disfrutaba de subir el cerro a caballo. En 1945, De la Cruz compró un lote en Acheral, donde construyó su casa, y se quedó para siempre. En cada visita al pueblo, Don Ata ensillaba un caballo y, acompañado por su amigo, emprendía un viaje de siete horas, para descubrir caminos y poesía. "Salíamos a la medianoche y viajábamos por medio de los cerros hasta Tafí del Valle o El Mollar, y yo lo seguía de a pie. Recuerdo que había una oscuridad inmensa; lo único que nos alumbraba era la luna. En una de esas travesías, Atahualpa comenzó a escribir la zamba ?Luna Tucumana?", reveló De la Cruz. Después de 60 kilómetros por caminos cerranos, los viajeros llegaban a Tafí del Valle, donde un grupo de amigos los esperaba para guitarrear. "Apenas entrábamos, nos servían asado y vino, y nosotros tocábamos música. Ahí descubrí que Atahualpa era muy querido por la gente simple del cerro porque charlaba con ellos y los divertía contándoles chistes. Al día siguiente volvíamos a Acheral por el mismo camino", dice De la Cruz.
La amistad entre el músico y Yupanqui duró mucho tiempo. Pero en los últimos años de la década del 40, Atahualpa lo visitaba con menos frecuencia porque comenzó a viajar al exterior, impulsado por su creciente carrera como compositor y guitarrista, pero también por la censura que sufrió durante la presidencia de Juan Domingo Perón.
En 1948, durante una de las primeras ediciones del festival folclórico de Cosquín, De la Cruz viajó para ver a su amigo que se presentaba ante el público cordobés. Esa fue la última vez que el músico boliviano lo vio. "Nos juntamos antes y después del recital. Por esos años, ya era un artista consagrado. Después de ese encuentro, nunca más volvió por Acheral porque comenzó a viajar a Asia y a Europa para mostrarle sus canciones al mundo", dijo. Pasaron los años y no tuvo noticias sobre Yupanqui, hasta que el 23 de mayo 1992, su familia le avisó que su amigo había muerto. "La noticia me conmovió. Yo lo sentí muchísimo porque era un gran compañero y amigo", dijo.
Para Octavio Ari de la Cruz, la guitarra que Atahualpa le regaló no es una pieza de museo. La viola descansa sobre uno de los sillones de su modesta casa de Acheral. Cada vez que la mira retrocede a su juventud lejana y recuerda las interminables charlas con el genial Yupanqui, en medio del cerro, alumbrados solamente por la luna.
El músico nacido en Sucre, Bolivia, en 1910, relató que su amistad con Don Ata había comenzado un poco antes, en 1935, en LV 12. Yupanqui había ido a tocar como músico contratado de la radio y de la Cruz integraba un conjunto de música peruana, que había sido invitado por la emisora para una audición. "Ese día lo conocí. El ya era famoso. Y allí comenzó nuestra amistad", contó el músico.
En los primeros años de la década del 30, De la Cruz dejó su país y se instaló en Tucumán, para trabajar como sastre, y alquilaba una casa en la calle San Juan y José Colombres. En cada viaje a la provincia, Atahualpa lo visitaba, pero un día le propuso algo inesperado: "me dijo si quería tocar con él en el bar Puerto Nuevo, que quedaba cerca de mi casa, en San Juan y Marco Avellaneda. Era un día domingo y había un montón de gauchos. Me acuerdo que tocamos chacareras, zambas y cuecas", describió.
Con emoción, De la Cruz relató que después de tocar, Yupanqui recorrió una por una, las mesas, pidiendo monedas y, cuando terminó, se acercó y le dijo: ?son para usted, amigo. A mí me paga la radio. Usted las necesita porque toca ad honorem?. "Nunca me olvidaré de eso", expresó.
Además de su compromiso con la música y con la gente sencilla del campo, Yupanqui disfrutaba de subir el cerro a caballo. En 1945, De la Cruz compró un lote en Acheral, donde construyó su casa, y se quedó para siempre. En cada visita al pueblo, Don Ata ensillaba un caballo y, acompañado por su amigo, emprendía un viaje de siete horas, para descubrir caminos y poesía. "Salíamos a la medianoche y viajábamos por medio de los cerros hasta Tafí del Valle o El Mollar, y yo lo seguía de a pie. Recuerdo que había una oscuridad inmensa; lo único que nos alumbraba era la luna. En una de esas travesías, Atahualpa comenzó a escribir la zamba ?Luna Tucumana?", reveló De la Cruz. Después de 60 kilómetros por caminos cerranos, los viajeros llegaban a Tafí del Valle, donde un grupo de amigos los esperaba para guitarrear. "Apenas entrábamos, nos servían asado y vino, y nosotros tocábamos música. Ahí descubrí que Atahualpa era muy querido por la gente simple del cerro porque charlaba con ellos y los divertía contándoles chistes. Al día siguiente volvíamos a Acheral por el mismo camino", dice De la Cruz.
La amistad entre el músico y Yupanqui duró mucho tiempo. Pero en los últimos años de la década del 40, Atahualpa lo visitaba con menos frecuencia porque comenzó a viajar al exterior, impulsado por su creciente carrera como compositor y guitarrista, pero también por la censura que sufrió durante la presidencia de Juan Domingo Perón.
En 1948, durante una de las primeras ediciones del festival folclórico de Cosquín, De la Cruz viajó para ver a su amigo que se presentaba ante el público cordobés. Esa fue la última vez que el músico boliviano lo vio. "Nos juntamos antes y después del recital. Por esos años, ya era un artista consagrado. Después de ese encuentro, nunca más volvió por Acheral porque comenzó a viajar a Asia y a Europa para mostrarle sus canciones al mundo", dijo. Pasaron los años y no tuvo noticias sobre Yupanqui, hasta que el 23 de mayo 1992, su familia le avisó que su amigo había muerto. "La noticia me conmovió. Yo lo sentí muchísimo porque era un gran compañero y amigo", dijo.
Para Octavio Ari de la Cruz, la guitarra que Atahualpa le regaló no es una pieza de museo. La viola descansa sobre uno de los sillones de su modesta casa de Acheral. Cada vez que la mira retrocede a su juventud lejana y recuerda las interminables charlas con el genial Yupanqui, en medio del cerro, alumbrados solamente por la luna.










