El respeto por las normas urbanas

14 Enero 2008
En nuestra edición de ayer nos ocupamos de la larga lista de normas urbanas que son sistemáticamente violadas por un enorme número de habitantes de la ciudad. La nota periodística hace referencia a los automovilistas que invaden con sus vehículos las sendas peatonales, a las amas de casa que lavan las veredas fuera del horario establecido para tal tarea, a los peatones que cruzan la calzada sorteando los automóviles en movimiento, a los transeúntes que arrojan basura fuera de los papeleros, a los ciclistas y los motociclistas que circulan por las veredas, a los conductores que salpican a todos al cruzar sobre los charcos a gran velocidad, a quienes pintan graffiti o pegan afiches en las paredes, a los que manejan mientras hablan por sus celulares o a los que hacen caso omiso de las luces de los semáforos, entre muchos otros ejemplos de inconducta ciudadana.
La consulta a los infractores revela que en la mayoría de los casos, la norma es conocida pero se la infringe inconscientemente, como consecuencia de costumbres profundamente arraigadas que vulneran las ordenanzas en vigencia; en este grupo se cuentan quienes arrojan papeles en la vía pública o los que lavan sus autos en las veredas. En otros casos se alega desconocimiento de la norma o se sostiene que su cumplimiento pone en peligro la integridad del ciudadano; como ejemplo de este último caso se cita el riesgo que entraña respetar la luz roja de un semáforo a altas horas de la madrugada en ciertas zonas de la ciudad, en las que la inseguridad es una amenaza concreta.
La reiterada transgresión de las normas que rigen la convivencia de una comunidad revela un comportamiento orientado por una escasa valoración de los derechos de los demás. Muchos de quienes siguen este patrón de conducta mostrarían sin duda mayor apego a las normas si los castigos por quebrantarlas no fueran escasos o inexistentes. Pero tampoco es posible imaginar una comunidad en la que los integrantes deban estar permanentemente vigilados y amenazados con represalias ejemplares como única vía para lograr que el marco legal sea observado.
También resulta indispensable por parte de las autoridades tener presente la necesidad de modificar las ordenanzas cuyo cumplimiento colisiona con la más elemental aplicación del sentido común, o de revisar la vigencia de normas que han envejecido o se han convertido en letra muerta a causa, por ejemplo, del avance tecnológico o por el cambio en las costumbres de los miembros de la sociedad.
Elaborar el conjunto de normas que rigen el comportamiento de los integrantes del cuerpo social es una tarea delicada, que exige prudencia y sentido común; las autoridades, por su parte, deben cerciorarse de que estas disposiciones sean conocidas por todos aquellos que deben acatarlas.
Pero lo más importante de todo es que los miembros de la comunidad sean educados en la conciencia de que sólo en el respeto y el acatamiento de las disposiciones del cuerpo legal que esa sociedad se ha dado para desarrollarse armónicamente se pueden ejercer plenamente los derechos que el sistema democrático asegura a todos los ciudadanos. Y que no puede exigirse a los más chicos que obedezcan las disposiciones legales si los mayores no demuestran mediante el ejemplo diario su compromiso con la observación de las normas urbanas.

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