La mano visible del Estado

Leyes que no se cumplen; intervencionismo extremo y empresarios que rechazan o exigen la presencia estatal. Así funciona el mercado en la Argentina que crece a tasas chinas. Por Indalecio Sánchez - Redacción LA GACETA.

14 Enero 2008
Dicen que fue un empresario -sólo uno- el que movilizó a los poderes Ejecutivo y Legislativo para que se otorgue una nueva oportunidad a los grandes contribuyentes morosos de la Dirección General de Rentas (DGR). Al hombre le cayeron ácidas, como el limón, las notificaciones judiciales y los embargos y amenazó con irse con sus inversiones para otra parte.
A nivel nacional, cuentan que la Guerra Fría entre las petroleras y el Gobierno fue tan cruda que, cuando el viernes hubo acuerdo de partes, el suspiro de alivio de empresarios y de funcionarios se escuchó hasta en el Obelisco. Es que la contienda fue dura y sin tregua: el Estado congeló los valores, las petroleras hicieron faltar los combustibles; el Ejecutivo les aplicó multas, las empresas aumentaron el precio; se prohibió la exportación de naftas y hubo escasez e incrementos en el mercado. En el juego de extorsiones, los contendientes terminaron firmando el empate.
Son apenas dos ejemplos sobre cómo funcionan las reglas del mercado en la Argentina del crecimiento a tasas chinas. Normas que no se cumplen; intervencionismo extremo del Gobierno en asuntos privados, y empresarios que -según les convenga- rechazan o exigen que el Estado se haga presente.
En su obra “Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones”, el célebre Adam Smith (1776) escribió: “El hombre casi siempre tiene la ocasión de recibir la ayuda de sus semejantes, y es inútil que la espere de su benevolencia solamente. Es más probable que lo consiga si puede inclinar en su favor el egoísmo de ellos demostrándoles que les interesa hacer lo que él les pide…”. Smith intentaba demostrar la existencia de un orden económico natural, que funcionaría con más eficacia cuanto menos interviniese el Estado. “La mano invisible” fue la forma metafórica por la cual el filósofo y político escocés, describió el papel del mercado libre en la asignación de los bienes.
Más allá del debate respecto de la eficacia que tenga o no su teoría, lo cierto es que la economía del país parece más signada por una mano que todos conocen y que cachetea o acaricia desde el Estado según le parezca.
Lejos están esos manotazos de aportar soluciones a los problemas estructurales de un país que mantiene atados con alambres los cimientos del crecimiento. Un ejemplo es la resolución que está tratando de darle la Nación al problema energético: en vez de incentivar las inversiones y acelerar las obras para que haya una mayor generación de energía -que acompañe el extraordinario incremento de la demanda industrial y domiciliaria- envía a relevar cuántos equipos de refrigeración tienen los porteños en los edificios. Así, el Gobierno se convirtió en un cuco que busca meter miedo a empresarios y a consumidores cuando se produce algún desbarajuste en la estructura de precios o de servicios.
Los hombres de negocios también tiran la piedra y luego esconden la mano. Reniegan de la intervención estatal y entonan los principios de libre mercado de Smith como si fuera el himno de su patria empresaria. Pero son los primeros en exigir subsidios, controles o presencia del Estado cuando los números no les cierran. El transporte público conoce de esa ambivalencia.
Están al tanto de la situación trabajadores que viven en una eterna noche de informalidad: empleados en negro, no gozan de servicios de salud ni de beneficios laborales. Son rehenes del ping pong entre el Gobierno y los empresarios. El primero pregona que se cumpla con la ley y que los empleadores deben achicar parte de sus ganancias para blanquear a su personal. Los segundos justifican su incumplimiento recitando que la alta presión fiscal y los costos laborales hacen que la formalidad sea una utopía. Ambos, quizás, tengan parte de razón.
Pero entre recriminaciones múltiples y manos por todos lados, los problemas del plan económico se mantienen: inflación de dos dígitos, distorsión de precios relativos, capacidad industrial instalada casi al máximo, tarifas de servicios públicos congeladas, inversiones externas escasas y estructura energética insuficiente.
“Todo individuo (…) ni pretende promover el interés público ni sabe cuánto lo está promoviendo (…) Lo único que busca es su propio provecho y en este, como en otros muchos casos, una mano invisible lo lleva a promover un fin que no entraba en sus intenciones (…) Al buscar su propio interés, promueve el de la sociedad más eficazmente que si realmente pretendiera promoverlo”. Invisible o no, al país le llegó la hora de que alguien ponga manos a la obra, corrija lo necesario y siente las bases de un crecimiento sustentable y sostenible en el tiempo, que trascienda a los gobiernos de turno y que entierre en el cajón del olvido los ciclos económicos con caídas tan abruptas como las alzas y que corroen los vestigios de un país que sólo tiene harapos de la gran potencia mundial que se creía que iba a hacer hace seis décadas atrás.

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