Los árboles de la ciudad

La educación es fundamental en el respeto al medio ambiente; los niños deben comprender la relación entre la vida humana y la naturaleza. Por Juan Carlos Di Lullo - Redacción de LA GACETA.

13 Enero 2008
En la novela “La ciudad y las estrellas”, Arthur C. Clarke se proyecta millones de años en el futuro y describe la ciudad de Diaspar -la única que conocen los seres humanos- como una compleja maquinaria comandada por una súper computadora que la mantiene inalterable en el tiempo. Fuera de los límites de Diaspar sólo existe el desierto; pero debajo de la cúpula que la cobija, todo se rige por un programa informático, al punto que hasta los edificios que se destruyen lo hacen según un plan rector del que nada se aparta.
En esta fabulosa ciudad implantada en un mundo yermo hay un lugar muy especial para el espacio verde. “Todos los caminos llegaban a un fin al alcanzar el Parque, que era el gran corazón verde de la ciudad. Allí se hallaba un recuerdo de lo que la Tierra había sido antes de que el desierto lo engullera todo, excepto a Diaspar. Primero, un gran cinturón de hierba, después arbustos que crecían en árboles más y más altos y espesos conforme se caminaba hacia adelante bajo su sombra. Al propio tiempo, el terreno se inclinaba suavemente hacia abajo, de tal forma que cuando al final se emergía del bosque quedaba desvanecido todo rastro de la ciudad, escondida por una pantalla de árboles”, relata Clarke.
Las ciudades modernas imponen una intervención muy fuerte sobre el medio ambiente; las calles pavimentadas con sus veredas, la presencia de los edificios y la concentración humana en construcciones en altura implican condicionantes muy fuertes sobre el terreno.
Es por eso que los espacios verdes, que funcionan literalmente como pulmones del conjunto urbano, deben ser preservados celosamente por las autoridades y por todos los miembros de la comunidad.
En España existe una norma para valorar el arbolado urbano de acuerdo con su edad y con su importancia cultural. “Cuando hay un accidente y se cae un árbol, el responsable tiene que pagar, además de la multa, el valor real del ejemplar, que no es el de vivero, sino más, de acuerdo a si es un árbol crecido o con algún valor cultural”, explicó Rocío del Pilar Cano Carrión, representante de España en el V Congreso Iberoamericano de Parques y Jardines Públicos que se realizó en Tucumán a principios de noviembre de 2007. La especialista destacó la importancia de la educación en el respeto hacia el medio ambiente, y relató que, en su país, los niños de todas las escuelas tienen una asignatura específica sobre la relación entre la vida humana y la naturaleza.
Es de fundamental importancia que en Tucumán se emprenda una acción en este sentido, porque sobran los ejemplos que demuestran la escasa importancia que un gran número de habitantes de la capital asignan al cuidado de los árboles que sobreviven entre el asfalto y el cemento.
Una prueba de ello son los tallos penosamente astillados de muchos de los ejemplares plantados en las veredas céntricas.
“Lo que ahora queda, comparado con lo que existió entonces, es como el esqueleto de un hombre enfermo; de toda la tierra, gorda y suave, tras ser devastada, queda sólo el desnudo esqueleto... hay algunas montañas que ahora no tienen más que comida para las abejas, pero no hace mucho tiempo estuvieron llenas de árboles”. Esta no es la reflexión de un ecologista afligido por los problemas ambientales en el comienzo del tercer milenio. Lo escribió el filósofo griego Platón, cinco siglos antes de la era cristiana.
Desgraciadamente, no parece que hayamos aprendido la lección.

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