Es tiempo de consolidar el crecimiento del golf

07 Enero 2008
Una actividad como el golf, que hace mucho tiempo perdió su perfil de disciplina de escasa difusión, viene de cumplir en la Argentina, en general, y en Tucumán, en particular, una temporada 2007 de muy alto perfil. Con Angel Cabrera y Andrés Romero como referentes en los citados ámbitos, este deporte halló un impulso sostenido, que ya no es fruto de la casualidad ni de una aparición individual, sino del trabajo sólido que cada jugador hizo en lo particular y del apoyo que los dirigentes lograron para fortalecer cada torneo que se disputa. Incluso, tanto el cordobés como el tucumano terminaron el año elegidos como los mejores deportistas; el primero, en el país -le otorgaron el Olimpia de Oro-, y el segundo, en nuestra provincia -ganó por segundo año la distinción que en ese sentido otorga LA GACETA.-
Hay quienes consideran que 2007 fue el año del golf en nuestro país. Pero, más allá de los logros en el rugby, en el fútbol y en el tenis, las conquistas del deporte en el que brilló hace algunas décadas Roberto de Vicenzo, excedieron el marco resultadista y alcanzaron otros planos. Sucede que fue grande la cantidad de jugadores que participó de torneos de los principales circuitos internacionales, tales como el Tour Europeo y el PGA de EE.UU. Y fueron varios los que tuvieron éxito. A ellos se sumó una amplia legión de aspirantes a profesional, que terminó por sellar una importante presencia argentina en torneos de todo tipo.
Tucumán no estuvo exenta de esta proyección: aportó cantidad y calidad de jugadores, con “Pigu” Romero como entandarte, entre varios representantes. Incluso, comenzó a proyectar la figura de golfistas jóvenes, en este caso, con Armando Zarlenga (h) como el abanderado de su generación.
A este panorama se sumó una muy interesante competencia interna, que se dio en distintos grados de intensidad en los seis campos de juego de la provincia, lo que llevó a que hoy se cuente con casi 700 jugadores con handicap, más de 30 niños que asisten a escuelitas donde se les enseña los fundamentos de la actividad y más de 15 representantes entre profesionales y aspirantes. A ellos se suma una cantidad no precisada de personas que lo practican regularmente, aunque sin afán de competencia.
Estas cifras dicen mucho; ocurre que desde hace varios años, la actividad registra buenos niveles de crecimiento. Y las razones para ello se hallan en distintos aspectos. Uno fue fundamental: el cambio de mentalidad y el trabajo que cada golfista hizo de manera particular para desarrollarse. Junto con ello, la asistencia dirigencial para darle cabida a la concreción de las metas y el acercamiento de auspiciantes interesados en difundir sus productos en un ámbito antes menos masivo. No es temerario afirmar que el deporte también comenzó a ser visto como fuente laboral, lo que generó una actitud esforzada de sus practicantes en busca de ser cada día mejores. Y en este sentido, el fenómeno que representa “Pigu” Romero con sus éxitos y su proyección, también incidió para que muchos chicos de estratos sociales que antes tomaban con indiferencia la actividad, sean hoy motores de una movida cuya dinámica se hace notar con frecuencia.
El panorama del golf, tanto en el campo profesional como en el rentado, es alentador con respecto al futuro. Y es quizás en este momento en que se debe avanzar con más enjundia en proyectos tales como la apertura de canchas públicas -comunes en otras partes del mundo-; en alentar su práctica por cuestiones de salud y en robustecer los programas en las etapas formativas. El primer paso ya está dado, ahora faltan los de la consolidación.

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