06 Enero 2008 Seguir en 
Desde su inauguración, en 1916, año del Centenario, el parque 9 de Julio se convirtió en uno de los principales orgullos de los tucumanos. Son muchos los elementos decorativos que despertaban la admiración: sus canteros poblados de flores, la pérgola, el reloj adornado con flores y plantas, la singular y variada arboleda, las esculturas, las fuentes luminosas. Luego se incorporó el lago San Miguel con una confitería con un diseño de avanzada, que era un lugar de encuentro de los tucumanos, el famoso trencito y un camping.
En 1897, Alberto León de Soldati (1860-1921), que era ministro de Hacienda, había concebido un proyecto de ley para sanear la zona denominada “El Bajo”, que había sido parte del lecho del río Salí. Este consistía en erigir un paseo público. Su diseño fue encomendado al famoso urbanista francés Charles Thays. Por gestión de Juan B. Terán se adquirieron en Europa más de 60 esculturas que eran calcos de originales famosos, como el Apolo de Beldevere, la Venus de Milo o el Laoconte. Con el tiempo se sumaron otras obras de artistas, como Roberto Fernández Larrinaga y Angel Ibarra García, entre otros.
Sin embargo, este valioso patrimonio, como otros, que alberga el paseo público, no es cuidado como se debiera ni por las autoridades ni por la comunidad. Hace pocas semanas, informamos que las esculturas del parque 9 de Julio formarán parte de un circuito turístico mundial y -en el futuro- podrían ser declaradas Patrimonio de la Humanidad. La gestión fue iniciada por una organización internacional que busca proteger las obras artísticas de fundición que están dispersas por el planeta. Son más de 20 reproducciones de obras clásicas, realizadas en hierro por una célebre fundición francesa, que el creador de la UNT, Juan B. Terán, hizo traer. Actualmente, muchas de ellas están pintadas de blanco y requieren un trabajo de restauración y puesta en valor. Un arquitecto señaló que hay esculturas, como la Diana de Gabie, que hace más de 15 años espera que le repongan la cabeza. Según dijo una funcionaria, hay obras que no se restauran por falta de presupuesto de la Dirección de Espacios Verdes.
El jueves, informamos que la tradicional confitería El Lago había comenzado a sucumbir bajo el piquete. La emblemática construcción, inaugurada en 1961, cuyo proyecto, cálculo de estructura y dirección técnica fueron realizados por el ingeniero Angel Manuel Gil, fue una de las atracciones del parque 9 de Julio. El techo paraboloide hiperbólico fue el sello distintivo de la confitería y tiene un gran valor arquitectónico. Un funcionario dijo que la decisión se tomó porque no hubo interesados en la concesión del restaurante, y en la explotación y mantenimiento del lago San Miguel. La intención de la Municipalidad es derribar por completo el inmueble y parquizar la zona.
Se trata de una medida, por cierto, deplorable por un doble motivo. Por un lado, por el hecho de que ningún empresario tucumano se haya interesado en la explotación de la confitería y el lago y, por otro, que por esa razón, el Estado decida demoler un símbolo del parque, en lugar de hacerse cargo de su restauración y habilitarlo, por ejemplo, para el funcionamiento de talleres artísticos o convertirlo en un espacio para recitales de música de cámara o popular. En lugar de tomar medidas precipitadas, la Municipalidad debería haber convocado al Colegio de Arquitectos, a las universidades y a distintas instituciones para que propusieran ideas. Un proyecto debe surgir del consenso, no unilateralmente, porque es un bien que pertenece a los tucumanos, no a una administración municipal.
En 1897, Alberto León de Soldati (1860-1921), que era ministro de Hacienda, había concebido un proyecto de ley para sanear la zona denominada “El Bajo”, que había sido parte del lecho del río Salí. Este consistía en erigir un paseo público. Su diseño fue encomendado al famoso urbanista francés Charles Thays. Por gestión de Juan B. Terán se adquirieron en Europa más de 60 esculturas que eran calcos de originales famosos, como el Apolo de Beldevere, la Venus de Milo o el Laoconte. Con el tiempo se sumaron otras obras de artistas, como Roberto Fernández Larrinaga y Angel Ibarra García, entre otros.
Sin embargo, este valioso patrimonio, como otros, que alberga el paseo público, no es cuidado como se debiera ni por las autoridades ni por la comunidad. Hace pocas semanas, informamos que las esculturas del parque 9 de Julio formarán parte de un circuito turístico mundial y -en el futuro- podrían ser declaradas Patrimonio de la Humanidad. La gestión fue iniciada por una organización internacional que busca proteger las obras artísticas de fundición que están dispersas por el planeta. Son más de 20 reproducciones de obras clásicas, realizadas en hierro por una célebre fundición francesa, que el creador de la UNT, Juan B. Terán, hizo traer. Actualmente, muchas de ellas están pintadas de blanco y requieren un trabajo de restauración y puesta en valor. Un arquitecto señaló que hay esculturas, como la Diana de Gabie, que hace más de 15 años espera que le repongan la cabeza. Según dijo una funcionaria, hay obras que no se restauran por falta de presupuesto de la Dirección de Espacios Verdes.
El jueves, informamos que la tradicional confitería El Lago había comenzado a sucumbir bajo el piquete. La emblemática construcción, inaugurada en 1961, cuyo proyecto, cálculo de estructura y dirección técnica fueron realizados por el ingeniero Angel Manuel Gil, fue una de las atracciones del parque 9 de Julio. El techo paraboloide hiperbólico fue el sello distintivo de la confitería y tiene un gran valor arquitectónico. Un funcionario dijo que la decisión se tomó porque no hubo interesados en la concesión del restaurante, y en la explotación y mantenimiento del lago San Miguel. La intención de la Municipalidad es derribar por completo el inmueble y parquizar la zona.
Se trata de una medida, por cierto, deplorable por un doble motivo. Por un lado, por el hecho de que ningún empresario tucumano se haya interesado en la explotación de la confitería y el lago y, por otro, que por esa razón, el Estado decida demoler un símbolo del parque, en lugar de hacerse cargo de su restauración y habilitarlo, por ejemplo, para el funcionamiento de talleres artísticos o convertirlo en un espacio para recitales de música de cámara o popular. En lugar de tomar medidas precipitadas, la Municipalidad debería haber convocado al Colegio de Arquitectos, a las universidades y a distintas instituciones para que propusieran ideas. Un proyecto debe surgir del consenso, no unilateralmente, porque es un bien que pertenece a los tucumanos, no a una administración municipal.







