06 Enero 2008 Seguir en 
El acompañamiento del cardenal Jorge Bergoglio al reclamo de justicia de los familiares de la tragedia de Cromagnon y la manifiesta solidaridad con empleados despedidos que demandan su reincorporación al Casino flotante, tuvieron una connotación más política que pastoral. Tal la lectura que se hizo en ambientes gubernamentales y eclesiásticos de las recientes intervenciones del primado, sobre todo porque significaron un cambio de actitud en relación con la cautela que guardó en gran parte de 2007.
A propios y a extraños llamó la atención que la exposición pública de Bergoglio se hizo más evidente después de la audiencia que mantuvo en diciembre con Cristina Fernández de Kirchner. Aquella fue una reunión de 40 minutos en la Casa Rosada que marcó, además, un punto de inflexión en la tensa y compleja relación entre Gobierno e Iglesia.
A partir de entonces, el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina volvió al ruedo con gestos y palabras para subrayar cuáles eran sus preocupaciones sociales.
No causó extrañeza que Bergoglio cuestione la falta de autocrítica de los porteños, tanto de funcionarios como de ciudadanos, frente a actitudes y errores que derivaron en el siniestro del boliche. Para hacerlo apeló a repetir una frase: “Buenos Aires no lloró lo suficiente la tragedia de Cromagnon”. Hecho que, a su entender, tiene “intereses escondidos” como cómplices, aunque sin precisar cuáles.
En cambio, llamó la atención que el arzobispo haya convocado a hacer sonar las campanas de los templos porteños en memoria de las víctimas, previo a la misa por el tercer aniversario del incendio que presidió en la Catedral metropolitana.
Un gesto al que Bergoglio quiso darle un cuidado simbolismo, al punto que sus allegados dejaron trascender cierto malestar con la prensa por presentarlo como “un campanazo”, término al que consideraron “agresivo” y “lejano a su verdadero espíritu”.
“No se trató ni de una queja, ni de un reclamo a un sector tal o cual, simplemente fue una expresión de solidaridad”, aclaró a DyN un vocero habitual.
Pero el hecho que más comentarios suscitó entre religiosos y políticos fue la decisión del primado de acercarse a trabajadores despedidos del Casino Flotante, alguno de los cuales pasó fin de año encadenado a la pirámide de la Plaza de Mayo.
El gesto público reveló la preocupación de Bergoglio por la represión que los empleados sufrieron al intentar acercar su reclamo a la Casa de Gobierno, y por la negativa -según se evalúa en medios eclesiásticos- del Ministerio de Trabajo a intervenir en un conflicto por intereses gremiales, una vez agotada la instancia de la conciliación obligatoria.
El prelado remarcó esa inquietud al reunirse con el personal despedido en dos oportunidades. El sábado 29 de diciembre al recibirlos en la catedral metropolitana, y el último día del año para sorprenderlos con una visita a la carpa donde permanecen en la histórica plaza. Allí firmó un acta -según los trabajadores- de repudio a los enfrentamientos del 9 de noviembre entre delegados del Sindicato de Trabajadores de Juegos de Azar y el Sindicato de Obreros Marítimos Unidos, que pujan por la representación de los empleados y derivaron en los despidos.
Pero hubo más. El 30 de diciembre expuso el tema ante las cámaras que seguían la misa por Cromagnon. Y no una, sino dos veces. En la homilía, al advertir que “enfrente, 112 chicos y chicas están siendo apaleados literalmente por el egoísmo del dinero y del poder”, y en las intenciones, al pedir que el conflicto se resuelva “con justicia y equilibrio”.
A propios y a extraños llamó la atención que la exposición pública de Bergoglio se hizo más evidente después de la audiencia que mantuvo en diciembre con Cristina Fernández de Kirchner. Aquella fue una reunión de 40 minutos en la Casa Rosada que marcó, además, un punto de inflexión en la tensa y compleja relación entre Gobierno e Iglesia.
A partir de entonces, el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina volvió al ruedo con gestos y palabras para subrayar cuáles eran sus preocupaciones sociales.
No causó extrañeza que Bergoglio cuestione la falta de autocrítica de los porteños, tanto de funcionarios como de ciudadanos, frente a actitudes y errores que derivaron en el siniestro del boliche. Para hacerlo apeló a repetir una frase: “Buenos Aires no lloró lo suficiente la tragedia de Cromagnon”. Hecho que, a su entender, tiene “intereses escondidos” como cómplices, aunque sin precisar cuáles.
En cambio, llamó la atención que el arzobispo haya convocado a hacer sonar las campanas de los templos porteños en memoria de las víctimas, previo a la misa por el tercer aniversario del incendio que presidió en la Catedral metropolitana.
Un gesto al que Bergoglio quiso darle un cuidado simbolismo, al punto que sus allegados dejaron trascender cierto malestar con la prensa por presentarlo como “un campanazo”, término al que consideraron “agresivo” y “lejano a su verdadero espíritu”.
“No se trató ni de una queja, ni de un reclamo a un sector tal o cual, simplemente fue una expresión de solidaridad”, aclaró a DyN un vocero habitual.
Pero el hecho que más comentarios suscitó entre religiosos y políticos fue la decisión del primado de acercarse a trabajadores despedidos del Casino Flotante, alguno de los cuales pasó fin de año encadenado a la pirámide de la Plaza de Mayo.
El gesto público reveló la preocupación de Bergoglio por la represión que los empleados sufrieron al intentar acercar su reclamo a la Casa de Gobierno, y por la negativa -según se evalúa en medios eclesiásticos- del Ministerio de Trabajo a intervenir en un conflicto por intereses gremiales, una vez agotada la instancia de la conciliación obligatoria.
El prelado remarcó esa inquietud al reunirse con el personal despedido en dos oportunidades. El sábado 29 de diciembre al recibirlos en la catedral metropolitana, y el último día del año para sorprenderlos con una visita a la carpa donde permanecen en la histórica plaza. Allí firmó un acta -según los trabajadores- de repudio a los enfrentamientos del 9 de noviembre entre delegados del Sindicato de Trabajadores de Juegos de Azar y el Sindicato de Obreros Marítimos Unidos, que pujan por la representación de los empleados y derivaron en los despidos.
Pero hubo más. El 30 de diciembre expuso el tema ante las cámaras que seguían la misa por Cromagnon. Y no una, sino dos veces. En la homilía, al advertir que “enfrente, 112 chicos y chicas están siendo apaleados literalmente por el egoísmo del dinero y del poder”, y en las intenciones, al pedir que el conflicto se resuelva “con justicia y equilibrio”.







