30 millones de especialistas
A veces descalificamos la opinión de destacados profesionales sóloporque no coincide con lo que nosotros consideramos acertado. Por Juan Carlos Di Lullo - Redacción de LA GACETA.
06 Enero 2008 Seguir en 
Argentina es uno de los muchos países en los que la pasión por el fútbol es notable. Las alegrías y las tristezas que provoca este deporte según la suerte que les toque a los colores que se llevan en el corazón influyen claramente en el comportamiento diario de millones de compatriotas. Pero no debe pensarse que el nuestro es el país abanderado en este aspecto. Una reciente encuesta realizada por FIFA revela que en Alemania, por ejemplo, uno de cada cinco habitantes forma parte de un equipo, y regularmente se calza los pantalones cortos para disputar encuentros enmarcados en competencias federadas. La cantidad de personas que practican el fútbol va en ascenso en todo el mundo: el mismo estudio indica que ya hay en el planeta más de 265 millones de futbolistas; la cifra revela que el 4% de la población mundial practica regularmente el deporte, aunque el número se eleva si se tiene en cuenta a los que lo juegan de manera amistosa, sin estar inscriptos en ninguna federación. Y seguramente son muchísimos más los que siguen las alternativas de los distintos torneos profesionales que se disputan aunque jamás pisen el césped para correr detrás del balón.Por el solo hecho de estar interesados en el juego, casi todos los habitantes del país nos consideramos capacitados para opinar sobre sus aspectos técnicos. Hablamos con soltura sobre táctica y estrategia, evaluamos el desempeño de los jugadores de nuestro equipo y el de los rivales, criticamos despiadadamente las decisiones de los árbitros (según estas hayan favorecido o no la suerte de nuestro club) y emitimos juicios sobre las resoluciones tomadas por los directores técnicos; en este caso, generalmente esperamos a que concluya el encuentro para opinar (en función del triunfo o de la derrota de nuestra escuadra) acerca de lo acertado o desafortunado de los cambios realizados por el entrenador, o de la estrategia adoptada para encarar el encuentro. Generalmente los elogios son proporcionales a los triunfos que logra el equipo y las críticas arrecian si los resultados son adversos.
Muchas veces se ha dicho que la Argentina es un país con 30 millones de directores técnicos, y esto no sería más que una anécdota pintoresca si no fuera porque -en demasiadas oportunidades- las charlas o las discusiones sobre el tema derivan en hechos de violencia y hasta en desenlaces mortales. El problema es que no sólo nos sentimos capacitados para emitir opiniones técnicas sobre el fútbol (que no es más que un juego) sino que casi no hay tema sobre el que nos excusemos de opinar o de tomar partido. A veces descalificamos los conceptos de acreditados profesionales simplemente porque esas apreciaciones no coinciden con lo que consideramos acertado sin que nos asista otro fundamento que nuestra intuición.
No nos convencen entonces las explicaciones de los médicos, los argumentos del mecánico o del plomero, los consejos del ingeniero o las propuestas del arquitecto; descartamos de plano las opiniones que no coinciden con las nuestras y nos adherimos sin mayores cuestionamientos a las que están en sintonía con nuestras ideas. Poco nos importa, en cualquiera de estos casos, la calificación profesional del opinante.
Es tradicional que en las primeras semanas del año expresemos nuestros deseos para los 12 meses que comienzan a transcurrir. Parece adecuado entonces, junto con los reiterados pedidos de paz, trabajo y prosperidad, hacer una demanda especial para que nos sea concedida una buena dosis de humildad. Nos hace falta a todos.







