Del monarca que quiso entrar en la historia
En las 1.039, el rey Shahriyar y su doncella Scheherezade incursionan por los laberintos infernales de "El Jardín de la República". La destrucción del patrimonio arquitectónico. Por Roberto Espinosa - Redacción LA GACETA.
03 Enero 2008 Seguir en 
Se hallaban en las afueras de la capital del “Jardín de la República”. Había tanta basura esparcida que les costó encontrar un lugar limpio donde sentarse a descansar. Se apearon del noble camello Almanzor y se ubicaron bajo la sombra de un lapacho. Scheherezade le ofreció a Shahriyar el odre con vino fresco para mitigar el calor. Observaron que hasta en los residuos había afiches con el rostro de Al Rachid con un diente pintado. “Hay mucho por hacer. Por un Tucumán sin palos en la rueda”, rezaba la leyenda. El rey fijó su mirada en el ombligo del horizonte. Tras un largo silencio e iniciando las mil y treinta y nueve noches, la bella doncella lo tomó del brazo y le preguntó: - Dicen que la historia es la narración y la exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, sean públicos o privados. ¿Pensaste alguna vez, amado rey, en entrar en la historia?
- No se entra en la historia por decisión propia. El tiempo y la memoria de los pueblos son los que deciden qué hechos o personas perduran a lo largo de los siglos. No creo que Sócrates o Aristóteles hayan planeado morder un pedazo de historia o sentir que con su filosofía estaban haciendo historia, aunque algunos notables megalómanos como Alejandro Magno o Nerón tal vez sí lo creyeron. Se puede ingresar a la historia por acciones heroicas, por obras monumentales, por haber enriquecido el pensamiento humano desde el arte, la filosofía, la ciencia, o también por ser un corrupto, un delincuente o un criminal o en esta tierra -por lo que cuentan-, por bolsonero.
La pareja decidió visitar el pozo que yacía en el ex Mercado de Abasto y que comunicaba con las cloacas infernales de la ciudad. En la puerta seguía radiante una placa: “Como San Martín y Belgrano, no estuvieron aquí, tiramos abajo este nido de ratas. Al Rachid y sus Capone”.
Gritos y lamentos desgarradores explotaban en racimos de ecos en los primeros recintos, donde estaban los coimeros, los estafadores, los que prometen y no cumplen, los falsos, los obsecuentes, los desmedidamente ambiciosos, los fabuladores, los nepotistas. Llegaron a un enorme recinto. Observaron a un anciano que, casi asfixiado por gruesos escombros, repetía, entre llantos y convulsiones, como letanía: “Patrimonio histórico es el conjunto de valores y bienes que se encuentran íntimamente relacionados con la historia, las tradiciones e idiosincrasia y que constituyen elementos integrantes de la identidad de una región. La conceptualización de bien cultural refiere a toda forma de vida de un pueblo...” Shahriyar lo increpó:
- ¿Dónde estamos, morador?
- En el recinto de los megalómanos, de los que quieren quedar en la historia...
De pronto, vieron pasar a un potro arrastrando a un guerrero. Creyeron reconocer a Al Rachid, pero lo descartaron a medias cuando lo escucharon decir casi gritando: “donde pisa mi caballo no vuelve a crecer el pasto...” Detrás, iba un hombre desgarbado, andrajoso, que arrastraba con dificultad una kilométrica red con ladrillos y piedras antiguas en forma de bloques, restos arquitectónicos de edificios emblemáticos. Entre arcadas, hipos y sollozos, repetía: “shoppings, shopp... destruí Rentas, la Secretaría de Educación, el Museo Folclórico, el Abasto, la ex Brigada de Investigaciones y no pude derribar la Casa Histórica ni la del Obispo Colombres... ese tal vez fue mi pecado...”
Scheherezade le preguntó al anciano quién era ese viejo desdentado que parecía un monarca. “Es Al Rachid... Dijo que no tenía aspiraciones políticas en el plano nacional y que quería entrar en la historia de Tucumán por las obras de pavimentación, iluminación y fuentes de trabajo, que eran cosas más importantes que conservar el patrimonio arquitectónico, el pasado...”
Mientras salían del pozo, el rey miró a la bella doncella y dijo: “Al Rachid bien podría llamarse Atila, porque donde él pasa el pasado de un pueblo se derrumba”.
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