31 Diciembre 2007 Seguir en 
El episodio de violencia ocurrido la semana pasada durante la final del torneo Clausura de Primera “B” del basquetbol capitalino puso un triste corolario en Tucumán al año 2007 en lo deportivo. Los mal llamados hinchas no sólo frustraron un partido: sembraron el terror entre aquellos que habían ido a disfrutar de una definición, mujeres y niños incluidos, ante la impávida mirada de los agentes del orden. Ahora quedó en manos de las autoridades de la disciplina imponer el rigor de la ley. Pero también quedó instalado un poderoso llamado de atención para las autoridades que entienden en casos como estos, quienes tendrán que pensar qué hacer, de manera definitiva y ejemplificadora, contra estos actos que, lejos de tender a desaparecer, proliferan.
La violencia que se instaló en el partido Alderetes-13 de Mayo confirma que estamos frente a una actitud recurrente y desaprensiva de ciertos individuos que no se avienen a cumplir con las leyes. Basta una acción inconducente como la que sucedió esta vez -un espectador se apropió de una bandera con los colores del equipo rival- para encender una llama donde todos se queman.
El fenómeno de los comportamientos salvajes sumó numerosos capítulos en los últimos tiempos en Tucumán. Así, la población se enfrentó a actos de barbarie en cuestiones como el tránsito vehicular, las relaciones de pareja, los mitines de sectores gremiales, sólo por citar casos referenciales. Pero trasladar el salvajismo a un campo de juego, donde debiera primar el entretenimiento, la pasión, las ganas de compartir, llevan a la celebración del deporte a un punto incomprensible. Es que nada puede justificar una reacción violenta. Tampoco una actitud agresiva contra los fanáticos del equipo rival, como la que generó el caos en el partido de basquetbol. Lo más difícil de asimilar es que, en situaciones como la planteada, no basta sólo con las palabras, las buenas intenciones de unos pocos o las declamaciones circunstanciales de las autoridades de turno. De una vez por todas, los que transgredan las leyes que imperan para espectáculos deportivos deberán pagar por su falta. Y si es necesario endurecer las normas, habrá que hacerlo, para comenzar a mostrar con el ejemplo la voluntad férrea de erradicar a los inadaptados sociales.
Pero así como trabajar decididamente en este asunto puede ser tomado como un excelente propósito a cumplir en 2008, hay otros aspectos que no tendrían que obviarse, en pro de la salud de los espectáculos deportivos. Uno de ellos es el consumo de alcohol y de drogas, sustancias que cada día circulan con mayor libertad en las tribunas, sobre todo en el fútbol, ante la impávida mirada de dirigentes y de representantes de los factores de seguridad. Siempre se habla de endurecer medidas contra con quienes golpean, pero poco se avanza en actos violentos como los relacionados con el consumo. Lo cierto es que, en los temas planteados, queda mucho por discutir, por estudiar y, en definitiva, por hacer.
La violencia ya no diferencia sectores sociales ni es privativa de una generación. El flagelo ocupa espacios y deja en dramático estado aspectos como los valores humanos, la cultura de vivir en sociedad y civilizadamente, la moral, las buenas costumbres y la enseñanza que los mayores deben dejar en los niños.
Es, en ese punto, donde quienes tienen la oportunidad de tomar decisiones deben asumir el rol que les cabe. Mucho más porque ya nadie puede negar que la violencia en el deporte es apenas un triste reflejo de la que invade a la sociedad.
La violencia que se instaló en el partido Alderetes-13 de Mayo confirma que estamos frente a una actitud recurrente y desaprensiva de ciertos individuos que no se avienen a cumplir con las leyes. Basta una acción inconducente como la que sucedió esta vez -un espectador se apropió de una bandera con los colores del equipo rival- para encender una llama donde todos se queman.
El fenómeno de los comportamientos salvajes sumó numerosos capítulos en los últimos tiempos en Tucumán. Así, la población se enfrentó a actos de barbarie en cuestiones como el tránsito vehicular, las relaciones de pareja, los mitines de sectores gremiales, sólo por citar casos referenciales. Pero trasladar el salvajismo a un campo de juego, donde debiera primar el entretenimiento, la pasión, las ganas de compartir, llevan a la celebración del deporte a un punto incomprensible. Es que nada puede justificar una reacción violenta. Tampoco una actitud agresiva contra los fanáticos del equipo rival, como la que generó el caos en el partido de basquetbol. Lo más difícil de asimilar es que, en situaciones como la planteada, no basta sólo con las palabras, las buenas intenciones de unos pocos o las declamaciones circunstanciales de las autoridades de turno. De una vez por todas, los que transgredan las leyes que imperan para espectáculos deportivos deberán pagar por su falta. Y si es necesario endurecer las normas, habrá que hacerlo, para comenzar a mostrar con el ejemplo la voluntad férrea de erradicar a los inadaptados sociales.
Pero así como trabajar decididamente en este asunto puede ser tomado como un excelente propósito a cumplir en 2008, hay otros aspectos que no tendrían que obviarse, en pro de la salud de los espectáculos deportivos. Uno de ellos es el consumo de alcohol y de drogas, sustancias que cada día circulan con mayor libertad en las tribunas, sobre todo en el fútbol, ante la impávida mirada de dirigentes y de representantes de los factores de seguridad. Siempre se habla de endurecer medidas contra con quienes golpean, pero poco se avanza en actos violentos como los relacionados con el consumo. Lo cierto es que, en los temas planteados, queda mucho por discutir, por estudiar y, en definitiva, por hacer.
La violencia ya no diferencia sectores sociales ni es privativa de una generación. El flagelo ocupa espacios y deja en dramático estado aspectos como los valores humanos, la cultura de vivir en sociedad y civilizadamente, la moral, las buenas costumbres y la enseñanza que los mayores deben dejar en los niños.
Es, en ese punto, donde quienes tienen la oportunidad de tomar decisiones deben asumir el rol que les cabe. Mucho más porque ya nadie puede negar que la violencia en el deporte es apenas un triste reflejo de la que invade a la sociedad.







