La vida es una ráfaga
La negación de la muerte. Hay quienes saben aprovechar cada minuto de su existencia. Se debe poner el corazón a lo que venga. Por Luis Mario Sueldo - Redacción LA GACETA.
30 Diciembre 2007 Seguir en 
Un cronista le solicita a una dama coqueta con la indulgencia de quien se dirige a alguien prematuramente senil: “¿me permite su documento, señora?”. “Ay, tengo la edad que represento, joven”, contesta la mujer. “Ah, la pucha”, se sorprende aquel. En cualquier circunstancia se pueden utilizar eufemismos para tratar de ocultar el paso del almanaque. Muchas mujeres maldicen a los hindúes porque inventaron los números. Ninguna quiere cumplir años. Tal vez porque intuyen que, para los hombres, ellas son una forma de ilusionarse con la inmortalidad. Algunos científicos postulan que el tiempo es una sensación, no una magnitud fundamental. “La existencia es un episodio de la nada”, escribió Schopenhauer. “Lo único perpetuo es el inconsciente”, planteó Freud. Para los eufemismos somos mandados a hacer. Material para adultos le llamamos a la pornografía, métodos de persuasión a la tortura, daños colaterales a la matanza indiscriminada de civiles... Maneras de escurrirse, intentos vacuos de tapar la verdad, de disfrazar la realidad. El tango marca con dureza lo inmanejable del transcurrir de las horas: “...no es de hombre el lamentarse/pero al ver cómo me alejo/sin poderlo remediar/yo lloro sin querer llorar...” (“Me da pena confesarlo”); “...se fue en silencio, sin un reproche/busqué un espejo y me quise mirar/había en mi frente tantos inviernos/que también ella tuvo piedad...”. (“Volvió una noche”). “...pero es el viejo amor, que tiembla, bandoneón/ buscando en el licor que aturda/la curda que al final termine la función/ corriéndole un telón al corazón...” (“La última curda”)... son sólo acotados ejemplos. Se pierde la vida hablando de la muerte. Tal vez porque resulta más fácil hablar de lo que no se conoce. Claro que también, salvo que se lleve un transcurrir miserable, con mucho dolor, cualquier otra vida todo el mundo se resiste a dejarla. Hay quienes saben aprovechar cada minuto de su existencia sobre el planeta. Se ha calculado que si un copista transcribiera toda la obra musical de Mozart emplearía un cuarto de siglo en completar su tarea, trabajando diez horas al día.
Posturas agnósticas sostienen que las religiones, con su promesa de vida después de la muerte, no son sino formas refinadas de la negación del crepúsculo definitivo. Pero la fe es lo único que nos puede hacer emerger de las angustias generadas por los misterios insondables. Y no tiene por qué confrontar con la razón. La muerte espiritual, esa que elimina la fe y la devoción, es devastadora. No reconoce tiempo ni roles. Lo deja a uno sin perspectivas.
Morir, perder, vaciarse... para volver a empezar... hasta volver a renacer. Milagro que sólo las personas podemos realizar ante nuestras muertes, para seguir viviendo. Prepararse una y otra vez para tratar de vivir en plenitud: esa completitud que intentamos hacer con nuestras experiencias, salvando obstáculos, asumiendo nuestras miserias, poniendo el corazón a lo que venga, riéndonos de nuestras fallas, amando profunda y sabiamente, recibiendo y dando lo que se pueda, lo que se tenga... siempre a full, siempre por más. Aquí y ahora, en un aprendizaje acorde con nuestra condición de hombres que, como los buenos futbolistas, deberíamos salir a esta cancha a jugar con las piernas tibias, con la cabeza fría y con el pecho caliente. Y a ganar en la vida y en la muerte. Decía Voltaire: “al venir al mundo uno llora y los demás se alegran; es necesario morir riendo y que los demás lloren”. La vida es una ráfaga. El futuro pasó. La cuestión es ahora. Ya.







