Un tímido no asomó contra el alperovichismo

Frente a la presión que ejerce el Ejecutivo, cabe preguntar si en algún momento el esquema político impuesto desde la Casa de Gobierno provocará reacciones internas. Por Juan Manuel Asis - Redacción LA GACETA.

13 Diciembre 2007
Todo modelo de concentración de poder viene con contraindicaciones. Por algún lado la presión del poderoso provoca fugas en el sistema. El alperovichismo no puede ser la excepción, en algún momento, por algún lado, va a experimentar escapes, si es que sigue presionando como lo hace (a los legisladores, a los intendentes, a los comisionados rurales), obligándolos a encolumnarse en “el proyecto”. Los actores vienen sintiendo ese sometimiento desde antes de la asunción del gobernador, José Alperovich, el último 29 de octubre. El primer mensaje fue dirigido a los delegados comunales: intervino dos comunas con una clara finalidad, más allá de los justificativos de la medida adoptada: convertir en ovejas temerosas a los hombres y a las mujeres del interior. La bandera, o el fantasma de la intervención, es una buena forma de tratar de encarrilarlos: léase, ponerlos en el carril alperovichista
Los legisladores oficialistas fueron los segundos en la fila de los decodificadores del mensaje: aprobaron a dos manos la reforma del Código Procesal Penal. Pero a cambio recibieron sólo una dieta de $ 5.000, premios por productividad y un número reducido de colaboradores (algunos de los que vivieron el tiempo de bonanza jurista desprendieron una lágrima cuando observaron el triste papel secundario al que los quieren someter en los próximos cuatro años). El alperovichismo les apretó el cinturón a través del vicegobernador, Juan Manzur, con la excusa de la austeridad republicana. En los hechos significa menos asistencia social (contención de dirigentes, punteros o ñoquis) y más dependencia económica del Ejecutivo (o menos independencia de criterio, o menos libertad de acción).
Los intendentes siguen en la lista de los sometidos. Domingo Amaya lo padeció en carne propia cuando le refregaron en la cara que cualquier medida que quiera tomar la debe consultar antes en la Casa de Gobierno, especialmente si la iniciativa puede afectar la imagen del alperovichismo. El  mandoble fue para el jefe capitalino, pero los destinatarios fueron los otros 18 intendentes: ojo, nada se hace sin el consentimiento del mandatario. A ponerse en la fila si quieren que la bendición los alcance.
Y la pregunta surge, inevitable. ¿Hasta cuándo estos hombres y mujeres seguirán aceptando el sometimiento político e institucional sin reaccionar? O mejor: ¿habrá entre los alperovichistas alguien que se anime a hacer germinar un  foco opositor interno, con aspiraciones de convertirse en alternativa política? La historia abunda en ejemplos, algunas experiencia tuvieron éxito, otras fracasaron; pero siempre surgen a la sombre de un esquema de poder que lleva a la asfixia y que obliga a buscar nuevos aires. ¿Habrá alguno que se anime a decirle que no a Alperovich en los próximos meses, o años?
Por de pronto, hubo un tímido no, y provino de la Legislatura. Puede ser un hecho menor, pero descubre la manera de actuar del alperovichismo, aunque tal vez deberíamos hablar de funcionarios que remedan a su jefe y que tratan de ser más papistas que el Papa. Ocurrió la semana pasada. Desde una oficina del ala sur de la Casa de Gobierno -via telefónica- se pretendía ordenar a los legisladores que sesionaran de urgencia -el jueves- para otorgar una nueva licencia a Susana Montaldo. Cual si la Cámara fuese una dependencia del Ejecutivo. Claro que no fue un no rotundo; fue un no elegante, disfrazado con inteligencia por aquellos que conocen cómo debe manejarse el Poder Legislativo: aprobaron un decreto firmado por el vicegobernador dando la licencia, pero ad referéndum de la asamblea. Todos contentos, pero especialmente, aquellos que no quisieron ser llevados de las narices en el nuevo esquema que impone el alperovichismo. En el extremo, parece que la dignidad y el orgullo son lo que estará en juego en algún momento, si las presiones continúan bajo la excusa de promover al desarrollo y el crecimiento de la provincia a expensas de horadar la calidad institucional.
Así, frente a la realidad que se dibuja, los interrogantes finales pueden reducirse a dos: 1- ¿el alperovichismo tiene un límite para someter a su presión a hombres e instituciones? 2- ¿habrá alguien que no aguante y que quiera diferenciarse y animarse a decirle que no a Alperovich? Será cuestión de esperar y ver qué ocurre.

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