11 Diciembre 2007 Seguir en 
El juez Alfonso Zottoli quedó en el ojo de la tormenta, por haberle evitado a Martín Sánchez, de 19 años, el oprobio de ir a la cárcel en castigo de los golpes que le dio con un palo a Juan Manuel Pacios, durante su pelea de automovilistas. La singular decisión judicial generó un debate que no parece enfocarse en los puntos críticos del problema, sino en la emoción.Sánchez quedó en medio de la ira de los lectores de LA GACETA on line, que reaccionan -como es natural cuando nos manejan las emociones- sobre la base de la Ley del Talión: “ojo por ojo, diente por diente”. Curiosamente, un joven de la misma edad que Sánchez, “Piletita”, adicto y calificado de ladrón por su propia madre, surgido de barrios marginales como el Costanera, cosechó las mismas iras de los lectores, que lo consideran irrecuperable. También quieren para él la Ley del Talión.
¿Cómo calificar lo que está pasando? ¿Hablamos de un “juzgamiento diferencial” (que favorece a ciertos sectores sociales y penaliza a otros), como lo señaló el experto en Criminología Pedro David, o de un sistema que hace agua frente a la violencia? Más bien, hablamos de la confusión de una sociedad que debería ser garantista, pero que cada vez es más represiva, precisamente porque, en vez de reaccionar con racionalidad para corregir sus fallas, reclama sanciones cada vez más fuertes como única salida a la ola violenta. Sanciona leyes surgidas de la emoción y se ahoga en su impotencia.
Veamos. ¿Es más sana esta sociedad que la de hace una década, cuando Alvaro Pérez Acosta fue atacado por los hermanos Jensen? ¿Fue justa la condena a prisión que sufrieron (condena que también pareció surgida del favor de esa Justicia diferencial que parece ser más indulgente con los jóvenes de clase media o clase alta)? De hecho, ellos pasaron sus años en la cárcel, y debe haber sido duro. Pero hoy están libres y Pérez Acosta sigue luchando con las consecuencias de esa golpiza terrible que afectó su vida para siempre.
¿Qué aprendió la sociedad desde entonces? Nada. La Justicia hoy tiene, con recursos similares, muchos más casos que resolver; la comunidad es mucho más violenta y litigiosa, y el garantismo que pregonan los jueces queda en los papeles, porque las autoridades no hacen nada para fomentar las medidas tutelares que deberían acompañar ese garantismo. Por ello, un chico que se crió en la marginalidad, las adicciones y el delito, como “Piletita”, tiene su futuro marcado: su destino es ser delincuente porque la sociedad no tiene interés en reformarlo. Su madre reclama ayuda en vano. Quizá ella no diga toda la verdad. Puede ser que “Piletita” sea temible; pero lo cierto es que el Estado lo abandonó. Y la sociedad pagará ese abandono cada vez que ese adicto cometa un delito. Aunque sancione normas más represivas ¿Habrá otro camino? Pedro David piensa que sí. Afirma que hay que crear soluciones no litigiosas; habla de mediación; cuenta de esas casas japonesas llamadas koban, que son espacios para facilitar el diálogo; señala que una sociedad que quiere buena Justicia debe empezar por respetar la ley.
El problema surge cuando las autoridades no contienen; cuando los que hacen las leyes y los que las aplican no advierten que fomentan injusticias. Entonces aparecen casos como el de Sánchez o el de “Piletita”.
Más allá del debate de si se favorece a uno o se abandona al otro, los dos generan ira, porque la justificación racional queda perdida en medio del debate emocional, que sólo roza la superficie de un sistema que está funcionando muy mal.







