"Gritaban desesperados y yo trataba de controlar el miedo", contó un tucumano

Un comprovinciano estaba dando clases cuando ocurrió el terremoto. Dice que sintió terror y que apenas pudo calmar a sus alumnos. "Hubo pánico".

DERRUMBES. En Tocopilla, más de 4.000 viviendas se vinieron abajo y hubo 150 heridos. NA
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15 Noviembre 2007
Carlos Alberti tiene 36 años y hace ocho que se fue de Villa Urquiza a Calama, una ciudad en el norte de Chile, persiguiendo un amor. Habituado a ese país hasta en la manera de hablar, el tucumano reconoce que lo único a lo que todavía le cuesta adaptarse es a la frecuencia con que los sismos se presentan en su nuevo entorno. Y esto es justamente lo que recordó ayer al mediodía, cuando un terremoto de 7,7 grados en la escala Richter interrumpió la clase que estaba dando en una escuela local.

Pánico. Esa es la palabra que Alberti menciona una y otra vez y la que mejor describe, a su criterio, lo que sintieron él y sus alumnos cuando el segundo piso en el que se encontraban comenzó a moverse "como si fuera una alfombra que se sacude para todos lados".

"Teníamps terror: el sismo comenzó con muchísimo ruido, un ruido ensordecedor que hacía pensar que se iba a caer todo. Aunque los niños están ejercitados para actuar en estas emergencias, la mayoría de ellos se asustó y salió corriendo desde las aulas hacia un tinglado. Gritaban desesperados y yo pugnaba por controlar mi propio miedo y transmitirles tranquilidad a ellos", reconoce el hombre, cuya nueva ciudad está ubicada a sólo 75 kilómetros de Quillagua, donde tuvo lugar el epicentro.

Alberti cuenta que los 45 segundos que duró el temblor parecieron, en realidad, tres minutos y que, como el sismo fue ondulante, sintieron que estaban subidos a una montaña rusa que se mueve violentamente. "Este es un país sísmico y estamos preparados para ellos, pero este fue uno de los más fuertes y toda la gente quedó con miedo", indica a LA GACETA On Line.

El tucumano considera que el horario en que ocurrió el sismo salvó a los chilenos de una peor catástrofe. "Al mediodía los adultos están en sus trabajos y los niños en los colegios. Las casas quedaron solas y, al derrumbarse, atraparon a menos personas de las que podrían haber lastimado si se caían a la madrugada, por ejemplo", concluye. LA GACETA ©

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