Al mal tiempo: quizás Roque Santeiro pueda asistirnos

Por Santiago Garmendia 14 Junio 2026

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Cada tanto se nos ocurre que la solución a todos nuestros problemas está en agregar o quitar algo de la escuela. Entonces pedimos más lectura, formación audiovisual, educación emocional, pensamiento crítico y, últimamente, con mucho acierto, herramientas para el buen uso de la inteligencia artificial. Hace poco propusimos en esta columna recuperar la materia “Mitología”; ahora sumamos “Telenovelas”.

La asignatura se ocuparía de las estructuras elementales del melodrama: el amor imposible, el hijo oculto, la herencia disputada, los gemelos separados al nacer, la amnesia, la ceguera transitoria y la mujer que finge estar paralítica durante una cantidad poco razonable de capítulos. Serviría, además, para explicar una época: que la gente del celular entienda la angustia de “una voz en el teléfono” o la intriga de “la extraña dama” en un tiempo en el que no se podía googlear ni stalkear. También tendría enseñanzas actitudinales: había que esperar, porque no se podía ver antes ni después ni maratonear.

Una segunda parte sería más conceptual. Allí entrarían, en general, las brasileñas de los ochenta, donde se trataban la esclavitud, la inmigración, la propiedad de la tierra y la religión popular. Hablo de La esclava Isaura, Niña Moza, Nido de serpientes y, de manera casi perentoria, Roque Santeiro. ¿Por qué Roque Santeiro? Porque es el Quijote de la Mancha de las telenovelas, que invierte con maestría el arquetipo del regreso del héroe. Permítanme explicarme. Para esto recordemos primero un poco aquella terrible canción infantil “Estaba la Catalina”, donde la pobre no reconoce a su marido que volvía de la guerra y entonces el buen hombre decide poner a prueba su amor:

Su marido muerto es

Y me ha dejado dicho

Que me case con usted

Eso sí que no lo haré

Si a los catorce años no viene

A un convento yo me iré…

Calla, calla, Catalina

Calla, calla de una vez

Estás hablando con tu marido

Que no supiste reconocer...

Más allá de que Catalina debiera hacerse varios replanteos, recupera al marido y el viajero, su identidad. He aquí uno de los grandes argumentos de la literatura. Ulises vuelve a Ítaca y encuentra su casa ocupada por buitres. Sommersby traslada el argumento a la posguerra norteamericana: quizá el hombre que regresa no sea el verdadero, pero parece bastante mejor que el original. (¡Imagínese, señora, que le vuelve un Richard Gere!).

Roque Santeiro es al soldado de Catalina lo que el Quijote al Amadís. Un hombre desaparece durante un enfrentamiento con unos bandidos (en realidad en la obra original era un militar). La ciudad levanta una estatua, fabrica medallas y comienza a atribuirle milagros. Una mujer se presenta como su viuda. Los políticos utilizan su nombre, los comerciantes venden recuerdos y las autoridades religiosas administran con cautela una devoción que también produce beneficios. Entonces el hombre regresa.

El problema ya no consiste en determinar quién es el hombre que vuelve. Consiste en decidir si una comunidad puede permitirse conocer la verdad cuando ha construido sobre la ficción su economía, su poder y su identidad. La falsa viuda era Porcina, el pueblo era Asa Branca y el guardián de aquella prosperidad construida sobre una leyenda era Sinhozinho Malta, que siempre repetía: “¿Estoy cierto o estoy errado?”

Las telenovelas no son la cultura de quienes no leen. Fueron, en muchos casos, grandes talleres populares de símbolos. Paul Ricoeur dice que el símbolo es lo que nos da que pensar. Y queremos que en la escuela piensen ¿Que no?

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