Locuras para no perder la memoria

Análisis. Por Facundo Pereyra - Redacción LA GACETA.

11 Noviembre 2007
Tranquilo. Los saltos y el pogo estuvieron, por supuesto, pero no fueron los grandes protagonistas. El centro fue la música, que se escucha y hace palpitar el corazón sin necesidad de brincar durante tres o cuatro horas. Aunque todos hayan transpirado.
Los Piojos, adueñados del festival, y Las Pelotas, la otra propuesta fuerte de la Gira Norte, desplegaron todo el power (con diferencias) y la belleza de sus nuevas canciones, que en los discos que acaban de editar se mueven por esos carriles. Coincidencia o no, y por distintos motivos, las dos bandas ofrecieron algo menos de efervescencia que de costumbre. La fiesta estuvo toda la noche.
El asunto pasó por ahí, y tal vez algún fan se quedó con ganas de saltar un poco más. Pero el rock no tiene por qué ser siempre así, y en esta ocasión los dos grupos decidieron correr con el riesgo. Y si la música es buena y está bien acompañada, no hay con qué darle.
La presentación de Los Piojos tuvo ese acompañamiento. Su montaje espectacular va a quedar en la memoria de 10.000 rockeros. Una lujosa parafernalia puesta al servicio de la realización de lindas locuras que hicieron de ese recital uno de los más impactantes de los últimos años, y no sólo hablando de rock. Todo estuvo puesto ahí para que lo que suele entrar por los oídos al poner play en la compactera, tuviera su llegada con un aporte visual a la medida del grupo, y a la altura (o más) de las expectativas de los piojosos que esperaron a su banda más de tres años.
Fue un espectáculo súper mainstream, en el que una banda, Los Piojos, sigue sonando a una banda, con los roles definidos y con la acción colectiva que está más abierta que nunca. Eso agrega variedad y color. Fuerza y alegría. Baile y reflexión.
Fue un ritual piojoso.