Del modo de vivir

(De "Dar sentido a la vida", por Harold Kushner, Emecé, Buenos Aires).

11 Abril 2002
"Como mucha gente, vivo en dos mundos. Durante buena parte de mi tiempo vivo en el mundo del trabajo y del comercio, comiendo, trabajando y pagando mis cuentas. Es un mundo que reverencia a las personas por ser atractivas y productivas. Venera a los ganadores y desprecia a los perdedores, tal como queda reflejado en el trato que se les da a los esforzados servidores públicos que pierden una elección. O como también lo demuestra el cartel desplegado en los Juegos Olímpicos de Atlanta hace unos años: No se gana la medalla de plata, se pierde la de oro. Como en muchas competencias, hay más perdedores que ganadores, por eso la mayor parte de los ciudadanos de ese mundo pasan mucho tiempo preocupados por no ser lo suficientemente buenos. Pero, por suerte, hay otro mundo, donde pasé un tiempo, aun antes de ser parte de él como profesional. Debido a que soy una persona con un compromiso religioso, vivo en el mundo de la fe, el mundo del espíritu. Sus héroes son modelos de compasión y no de competencia. En ese mundo, uno gana a través del sacrificio y la moderación. Uno gana ayudando al prójimo y compartiendo con él, en lugar de buscar sus debilidades para vencerlo. Y en el mundo del espíritu hay muchos más ganadores que perdedores.
Cuando era joven, yo dedicaba gran parte de mi tiempo y energía al mundo del tener y del gastar. Adoraba la competencia. Buscaba el desafío. ¿Y si no de qué otra manera iba a poder saber cuán bueno era, en qué lugar me encontraba entre los ganadores y perdedores? Estaba experimentando las palabras del psicoanalista Carl Jung: El primer acto de la vida de un joven es la historia de su salida a la conquista del mundo. Por supuesto, yo no era el único que lo hacía. La mayoría de las personas vivía como yo. Por muchos años, el hijo de nuestro vecino fue un atleta profesional de renombre nacional.
El dinero no era la razón por la que jugaba y corría el riesgo de lesionarse. Era el desafío, la competencia, la oportunidad de probar una vez más que él era mejor en eso que la mayoría de la gente. Cuando yo era joven, veía ese segundo mundo, el mundo de la fe, como una especie de casa de veraneo, un lugar en el que buscaba reparo de la tensión del mundo de la lucha, para poder emerger renovado y continuar la batalla. Por momentos, parecía casi un reflejo de mi primer mundo, lugar en el que personas diferentes jugaban según reglas diferentes. Allí los ancianos eran respetados por su sabiduría y experiencia, así como lo eran las viejas ideas y valores. Se decía que la gente era hermosa porque irradiaba compasión y generosidad en lugar de riqueza y glamour. El éxito tenía un significado muy diferente allí.
A medida que mi vida se convertía cada vez más en una historia de abandono de sueños y de ajuste a mis limitaciones (Jung continuaba diciendo: El segundo acto es la historia de un joven que se da cuenta de que el mundo no está a punto de ser conquistado por gente como él), me encontré volviendo más y más a ese segundo mundo alternativo. A menudo recordaba las palabras de mi maestro Abraham Joshua Heschel: Cuando era joven, admiraba a la gente inteligente. A medida que envejecía, comencé a admirar a la gente amable".

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