Miranda tiene miedo. Sus temores pasan por lo institucional y lo político. Su futuro, sus ambiciones y el cimiento de su poder están en juego. Para peor, le toca jugar en medio de una crisis económico-social que fagocita presidentes y que desacredita día a día a la clase dirigente. En este estado de cosas no puede aspirar a una exitosa reforma constitucional para favorecer su reelección. Todo le es adverso. Para conseguir una Convención Constituyente con quórum propio necesita paz social y logros espectaculares en la gestión en los próximos meses. De lo contrario, la victoria será una quimera.
Pero Miranda sueña, y su peor pesadilla es su propia gestión. La que no puede exhibir en una vitrina como buena porque está salpicada con hechos sospechosos (mal manejo de fondos del Posoco, el caso Magritte, los bonos mellizos, el contrato con NOA Ferrocarriles, retenciones indebidas en el sector docente, cheques robados y la última perla: supuesta compra de voluntades en la Legislatura). Para cambiar esa imagen por una más "vendible", motorizó encuentros con legisladores, funcionarios, intendentes y delegados comunales. Es que en el estado actual de cosas ganar la elección de convencionales se presenta harto difícil. El marco no ayuda.
Y el mirandismo está solo en esa lucha. El mensaje es claro para los oficialistas: uno para todos y todos para uno. Ahora son todos mosqueteros, y Miranda es D?Artagnan. La idea que se impulsa desde el Poder Ejecutivo es simple. Al carro lo tiran todos, pero para el mismo lado. Sólo se puede hacer con nuevas líneas de acción, reencauzamiento de la relación con la Cámara -a partir de las vinculaciones con los legisladores oficialistas y los aliados circunstanciales-, un mayor y más fluido contacto entre el gabinete y los hombres del interior -mayor ayuda económica a la tropa propia y a los eventuales socios-, y más dedicación y pulcritud en el trabajo social.
Eso sólo se puede hacer con nuevos hombres -cambios en el gabinete- y acuerdos con dirigentes del interior -legisladores e intendentes-. El propio Miranda está en la misión, que supone no imposible. Aspira a ganar la elección e imponer la reelección. Sin esa posibilidad perderá su poder en 2003. Con la reelección soñará al estilo menemista.
10 Abril 2002 Seguir en 
Por Juan Manuel Asis







