30 Septiembre 2007 Seguir en 
Raquel Rosemberg supo combinar sus dos especialidades periodísticas sólo como un buen chef sabe hacerlo. Esta licenciada en Comunicación Social comenzó su carrera en la mítica revista Pistas, que era dirigida por el maestro de la crónica policial argentina, Enrique Sdrech, y luego le dio sabor a su vida, desgranando recetas para Ollas y Sartenes, el suplemento culinario de Clarín. Por esta experiencia, no resulta extraño que Sabores que matan sea un libro excelente.
Rosemberg separó esta, su primera obra, en tres: Crímenes de autor, Detectives en su salsa y Una cuestión de honor, la comida de la mafia. En la primera obra, la escritora desmenuza a genios tales como Truman Capote, Julio Cortázar (y su Circe porteña), Thomas Harris, el padre de Hannibal, Fritz Lang y Agatha Christie, sin olvidar al maestro del terror, Alfred Hitchcock (Please, Hitch, without Cock), tal como gustaba responderles a los periodistas, visto su buen apetito a la hora de sentarse a la mesa, tanto para escribir como para comer.
Y por ejemplo, permite encontrar otro giro en esa monumental obra del periodismo llamada A sangre fría a través de los placeres de la comida. Así como Capote saboreaba delicadas tartas de cerezas y aros de cebolla fritos, Perry Smith y Dick Hickock, antes de matar a los Clutter, degustaron "dos bifes bien sangrantes, papas al horno, papas fritas, macarrones, guiso de maíz y ensalada". La unión entre periodistas y asesinos se dio en los aros de cebolla; eso sí, en el caso de estos últimos, con salsa picante.
Conocidos son los gustos extremos de Hannibal, aunque nadie puede negar que es un gourmet de excepción. Si bien la materia prima de sus comidas siempre es humana, sus condimentos y acompañamientos son dignos de un emperador.Al mismo tiempo, la escritora resume que, así como las criaturas de Dashiell Hammet o de Raymond Chandler comían mal, George Simenon o Arthur Conan Doyle no podían dejar de pensar que sus queridos Jules Maigret o Sherlock Holmes son verdaderos sibaritas, especialistas en el buen beber, en el buen comer y hasta en el buen fumar, punto compartido por el belga Hercules Poirot, uno de los "hijos" de Agatha Christie.
Tal como se espera de cualquier libro de cocina, no podían faltar las recetas. Así aparecen la ensalada aderezo verde esperanza, las trufas en caldo corto, seso en salsa de alcaparras (recordar una de las últimas escenas de Hannibal), bandeja paisa, pizza Margarita o las infaltables empanadas (aunque, ay, en este caso les pone pasas de uva). Pero no hay que olvidar que no se trata de un libro sólo de cocina. Rosemberg sabe que sus protagonistas tienen una íntima ligazón con el crimen. Y como en un goulash húngaro, la autora va mezclando despacio cada uno de sus ingredientes, dosificándolos con humor, toques de actualidad (¿a qué le recuerda la pizza con champán?) y una pizca de psicología para entender un poco más a cada uno de sus protagonistas.
Para la parte final, Rosemberg se adentra en el mundo de la mafia. Camorra y Cosa Nostra, las tríadas chinas, la mafiya rusa y la Yakuza japonesa. Recorre sus códigos y sus platos favoritos, siempre bajo la impronta de aquella frase famosa: "la venganza es un plato que se come frío".Es un libro distinto, que seguramente lo pondrá a usted en un dilema: ponerlo en su biblioteca al lado de los de Martiniano Molina o de Narda Leppes, o junto a los de Patricia Highsmith o de Manuel Vázquez Montalbán. © LA GACETA
Rosemberg separó esta, su primera obra, en tres: Crímenes de autor, Detectives en su salsa y Una cuestión de honor, la comida de la mafia. En la primera obra, la escritora desmenuza a genios tales como Truman Capote, Julio Cortázar (y su Circe porteña), Thomas Harris, el padre de Hannibal, Fritz Lang y Agatha Christie, sin olvidar al maestro del terror, Alfred Hitchcock (Please, Hitch, without Cock), tal como gustaba responderles a los periodistas, visto su buen apetito a la hora de sentarse a la mesa, tanto para escribir como para comer.
Y por ejemplo, permite encontrar otro giro en esa monumental obra del periodismo llamada A sangre fría a través de los placeres de la comida. Así como Capote saboreaba delicadas tartas de cerezas y aros de cebolla fritos, Perry Smith y Dick Hickock, antes de matar a los Clutter, degustaron "dos bifes bien sangrantes, papas al horno, papas fritas, macarrones, guiso de maíz y ensalada". La unión entre periodistas y asesinos se dio en los aros de cebolla; eso sí, en el caso de estos últimos, con salsa picante.
Conocidos son los gustos extremos de Hannibal, aunque nadie puede negar que es un gourmet de excepción. Si bien la materia prima de sus comidas siempre es humana, sus condimentos y acompañamientos son dignos de un emperador.Al mismo tiempo, la escritora resume que, así como las criaturas de Dashiell Hammet o de Raymond Chandler comían mal, George Simenon o Arthur Conan Doyle no podían dejar de pensar que sus queridos Jules Maigret o Sherlock Holmes son verdaderos sibaritas, especialistas en el buen beber, en el buen comer y hasta en el buen fumar, punto compartido por el belga Hercules Poirot, uno de los "hijos" de Agatha Christie.
Tal como se espera de cualquier libro de cocina, no podían faltar las recetas. Así aparecen la ensalada aderezo verde esperanza, las trufas en caldo corto, seso en salsa de alcaparras (recordar una de las últimas escenas de Hannibal), bandeja paisa, pizza Margarita o las infaltables empanadas (aunque, ay, en este caso les pone pasas de uva). Pero no hay que olvidar que no se trata de un libro sólo de cocina. Rosemberg sabe que sus protagonistas tienen una íntima ligazón con el crimen. Y como en un goulash húngaro, la autora va mezclando despacio cada uno de sus ingredientes, dosificándolos con humor, toques de actualidad (¿a qué le recuerda la pizza con champán?) y una pizca de psicología para entender un poco más a cada uno de sus protagonistas.
Para la parte final, Rosemberg se adentra en el mundo de la mafia. Camorra y Cosa Nostra, las tríadas chinas, la mafiya rusa y la Yakuza japonesa. Recorre sus códigos y sus platos favoritos, siempre bajo la impronta de aquella frase famosa: "la venganza es un plato que se come frío".Es un libro distinto, que seguramente lo pondrá a usted en un dilema: ponerlo en su biblioteca al lado de los de Martiniano Molina o de Narda Leppes, o junto a los de Patricia Highsmith o de Manuel Vázquez Montalbán. © LA GACETA







