Perro que muerde su cola

Tanto quemar caña para ahorrar costos como largar a las rutas rastras cañeras excedidas de carga son parte de un círculo vicioso. Comportamientos que no cambian. Por Roberto Delgado - Prosecretario de Redacción.

24 Julio 2007
¿En qué se parecen los productores de caña y los vendedores ambulantes? En su comportamiento frente a la crisis. Unos ocuparon durante años las calles céntricas, en competencia desleal con los comerciantes establecidos, y tuvieron una razonable justificación social: la falta de trabajo. Otros queman la caña y ponen en riesgo el sistema interconectado de energía del NOA; argumentan que tienen apuro por moler lo poco que les queda después de que las heladas les destrozaron la caña. Hace una semana, el problema era el transporte de caña por las rutas, en condiciones que no respetan las normas. Pero el argumento era el mismo.
¿En qué se diferencian ambulantes de productores? En los volúmenes de mercadería que mueven. Si el fracaso de un ambulante implica el perjuicio económico de una familia, en el caso de los productores quizá son muchas las familias afectadas. Se diferencian, además, en que los ambulantes admiten su forma de vivir en la cornisa de la legalidad. En cambio, los productores niegan ser los incendiarios.
El titular de UCIT, Sergio Fara, reconoció que algunos incendios pudieron haber sido causados por  “apresurados en que les muelan la materia prima”, pero también culpó a gente de Vialidad y hasta a turistas. El industrial Jorge Rocchia Ferro opinó que los cañeros “no queman su caña a propósito”, pero no descartó que haya “algún travieso que lo haga”.
El industrial Julio Colombres habló de “la cultura dañina propia del tucumano”. El secretario de Medio Ambiente, Alfredo Montalván, dio otra definición: “el problema es que la ley no es aceptada integralmente por los productores, lo que la transforma en una disposición no eficaz”. La contrastó con el impresionante acatamiento a la ley que prohíbe fumar. Esta, a fin de cuentas, no toca el bolsillo de la gente, como ocurre con aquellas que rozan intereses de productores o de ambulantes.
Bolsillo y hábitos culturales son dos de las tres férreas barreras que impiden los cambios. La tercera es la ineficacia de los controles. Dan lugar a que la sociedad se comporte como un perro que se muerde la cola, dando vueltas alrededor de sí mismo, siempre en el mismo sitio y sin llegar a nada. Muchas conductas de nuestra sociedad sirven como muestra:  dejar animales sueltos en los caminos; circular con autos y ómnibus en estado calamitoso; cortar los paquetes de caña más grandes que lo permitido y largar a las rutas rastras con la muerte a cuestas.
¿Hará falta poner un ejército de policías y de bomberos en la provincia durante el tiempo de cosecha? ¿Se sabrá quiénes son los incendiarios? ¿Es eficaz la política de control? ¿Hay voluntad para endurecerla, como se hizo con los ambulantes? En enero, el gobernador, José Alperovich, decía, a propósito de los vendedores callejeros, que buscaba “comprensión, de parte de ellos, de que hay que cumplir la ley, porque ya no es el Tucumán de antes, donde cada uno hacía lo que quería”.
El problema de los ambulantes abarcaba sólo el microcentro. Y a pesar de ello, aflojados los controles, muchos de ellos están volviendo. Porque se trata de hábitos culturales y de bolsillo. Sucede que solucionar estos problemas no es como presionar a la sociedad para que deje de fumar: hay que cambiar el comportamiento autodestructivo del perro que se muerde la cola.