La práctica de la usura

Ningún funcionario se hizo eco de la grave denuncia del obispo Rossi.

09 Abril 2002
Desde la época de los romanos y posiblemente desde mucho antes, la usura ha recorrido un largo camino en las diversas sociedades y, por lo visto, goza de buena salud. En una de sus acepciones, el diccionario señala que significa aprovecharse de la indigencia y de las necesidades de una persona para imponerle precios que no guardan relación con el servicio que se presta. Se suele decir también que la usura es tan vieja como la injusticia. Sin andar demasiado lejos, el gran poeta salteño, Manuel J. Castilla, profundo observador del pueblo, nos decía: "ese hombrecito petiso, sombrerudo, mala traza, le firmás un papelito y se queda con tu casa. Si es que vieras flores negras, que no te asalten las dudas, son flores que el usurero riega con llantos de viuda".
Si bien es cierto que la usura no reconoce fronteras, en Tucumán, por errores del propio gobierno, han comenzado a brotar como hongos las llamadas "cuevas", que tienen por objetivo aprovecharse de la necesidad de miles de tucumanos que perciben sus salarios en Bocade y en tickets alimentarios y que necesitan de dinero en efectivo para pagar los servicios, tarjetas de crédito, combustible, cospeles, etcétera. En nuestra edición del domingo pasado, el obispo de la diócesis de la Santísima Concepción, monseñor José María Rossi, denunció el problema grave de la usura que se practica con los Bocade y con los tickets en circulación, a raíz de la pérdida de su valor. "Este inconveniente que sufre la sociedad se encuentra en la calle cuando uno va con bonos y no valen lo que valían hace 6 meses. Alguien se queda con el 10% o el 15% de ese valor ganado con el trabajo. En el caso de los tickets se pierde entre un 20% y un 30%", manifestó el prelado y agregó que "hay denuncias públicas acerca de cómo se maneja esto desde el Estado. Y eso ya lo tendrá que decidir la Justicia".
Más allá de la gravedad de esta denuncia, de la cual el Gobierno no puede desentenderse, no es menos cierto que el mismo Estado está promoviendo indirectamente la práctica de la usura al seguir inundando la plaza con monedas espurias que, a partir de la devaluación, han comenzado a perder vertiginosamente su valor hasta el punto de que el desagio se aplica en muchos rubros esenciales, con el consecuente perjuicio para el ciudadano. Haciendo oídos sordos a economistas y a empresarios nucleados en la Federación Económica que desde hace tiempo vienen advirtiendo sobre el peligro de saturar la plaza comercial con una moneda espuria, el Gobierno provincial ordenó imprimir 55 millones más que pondrán al borde del precipicio al sistema financiero y que terminarán agotando la paciencia de los tucumanos con consecuencias que pueden ser imprevisibles. Con un salario congelado se debe hacer frente a la suba indiscriminada de los precios de la canasta familiar y de los medicamentos, y ver cercenado aún más el salario a causa del desagio y de la usura.
La experiencia ha demostrado que la sobreemisión de dinero tiene siempre consecuencias negativas, y mucho más en el contexto de gravedad económica que abarca a toda la Nación. Ello desnuda al mismo tiempo la ineficacia para administrar el Estado, ya que nuestros últimos gobiernos han apelado la emisión de bonos, en lugar de disminuir drásticamente el gasto público.
Hace pocos días, la Federación Económica advirtió al Gobierno que debe poner freno a los especuladores que se aprovechan de los tenedores de Bocade y de otros papeles públicos, y ejercer un mayor control sobre las "cuevas usurarias". Con sus declaraciones, el obispo Rossi ha ido más lejos aún, dando a entender que la usura se maneja desde el Estado, lo cual es mucho más grave aún porque implicaría que el mismo Estado intenta sacar provecho del sufrimiento del pueblo.
Hasta el momento, ningún funcionario en las altas esferas del gobierno se ha hecho cargo de la denuncia del prelado. La sociedad está pidiendo en forma elocuente que haya transparencia en los actos de la clase dirigente. La usura es una forma de matar la esperanza, pero da la impresión de que nuestros representantes aún no se han dado cuenta de ello.

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