08 Abril 2002 Seguir en 
"En la época clásica, Atenas fue una ciudad arquetípica. Floreció única en su género, como el alma mater donde se desarrolló la idea del hombre autosuficiente protagonista de su destino...(...)... Tras sus muros protectores se dio el milagro de un arte original que revela la cosmovisión humanista del pueblo ático...(...)...
El nuevo estilo refleja también la rica interioridad de la psique, de un hombre que ha triunfado sobre sus limitaciones para alcanzar el sereno ideal de la areté. Es el atleta que plásticamente arroja el disco o la casi ingrávida jabalina, o es el auriga impasible que domina el fogoso ímpetu de sus corceles imprimiéndoles un ritmo armónico a su marcha. Sus artistas también modelaron a sus dioses desde una perspectiva demasiado humana.
En sus templos -especialmente el Partenón, el Erecteion y el Teseion-, que coronan los lugares altos de la Acrópolis o el Agora, admiramos la elevación del arte ateniense hasta la más alta instancia de la belleza, el hallazgo de las medidas áureas, el dominio de la materia bruta por el espíritu humano que sutilmente impone su canon al universo. ?El hombre es la medida de todas las cosas? en lo referente a esta ciudad, que es un espacio, una porción protegida del universo que él construye para sí, para su fruición, y para sostener y lograr la vida plena y feliz de sus ciudadanos.
La polis desarrollaba su vida intelectual en el Agora, en los grandes ámbitos arquitectónicos, donde se vertía la singularidad milagrosa de su genio, su riqueza intelectual, la poderosa energía creativa de sus gentes.
Atenas, hija de Micenas y Creta y madre de Jonia, sintetizó armónicamente la tensión entre los extremos del alma humana: fue apolínea -por su culto a la inteligencia- y dionisíaca -por su intuición estética, por su devoción y exaltación de lo emotivo del hombre, y por su entrañable amor a la vida-. Fue también democrática e imperialista bajo el signo de Pericles. Fue firme en la realización de su destino democrático y voluble en muchas de sus decisiones colectivas -por imperio de su cambiante humor, la asamblea condenó a muerte a sus victoriosos generales de la brillante batalla de las Arginusas y a Sócrates, el mejor de sus ciudadanos, por motivos no justificados -sólida y versátil; heroica y a veces frívola. En todos sus avatares siempre aparece un signo de contradicción que la impulsa a superar los términos antitéticos, a avanzar con decisión hacia su cristalización, hacia su ubicación intemporal como paradigma, como ejemplo, como una de las más altas realizaciones del espíritu humano.
Fue cuna de la democracia porque creyó en el hombre, en la paideia que conduce a cada persona a su plenitud, a su pleno autodominio, a convertirse por propia determinación en un microcosmos que armoniza su vida con el macrocosmos social y con el orden universal impuesto por la deidad.
Las biografías que conforman este libro intentan presentar a esos héroes que sintetizaron y plasmaron los momentos culminantes de la vida, de las tensiones, de las luchas de la ciudad por parir un nuevo tipo de hombres que surgió con fuerza indeleble en las jornadas de Maratón, en Salamina y Platea".
El nuevo estilo refleja también la rica interioridad de la psique, de un hombre que ha triunfado sobre sus limitaciones para alcanzar el sereno ideal de la areté. Es el atleta que plásticamente arroja el disco o la casi ingrávida jabalina, o es el auriga impasible que domina el fogoso ímpetu de sus corceles imprimiéndoles un ritmo armónico a su marcha. Sus artistas también modelaron a sus dioses desde una perspectiva demasiado humana.
En sus templos -especialmente el Partenón, el Erecteion y el Teseion-, que coronan los lugares altos de la Acrópolis o el Agora, admiramos la elevación del arte ateniense hasta la más alta instancia de la belleza, el hallazgo de las medidas áureas, el dominio de la materia bruta por el espíritu humano que sutilmente impone su canon al universo. ?El hombre es la medida de todas las cosas? en lo referente a esta ciudad, que es un espacio, una porción protegida del universo que él construye para sí, para su fruición, y para sostener y lograr la vida plena y feliz de sus ciudadanos.
La polis desarrollaba su vida intelectual en el Agora, en los grandes ámbitos arquitectónicos, donde se vertía la singularidad milagrosa de su genio, su riqueza intelectual, la poderosa energía creativa de sus gentes.
Atenas, hija de Micenas y Creta y madre de Jonia, sintetizó armónicamente la tensión entre los extremos del alma humana: fue apolínea -por su culto a la inteligencia- y dionisíaca -por su intuición estética, por su devoción y exaltación de lo emotivo del hombre, y por su entrañable amor a la vida-. Fue también democrática e imperialista bajo el signo de Pericles. Fue firme en la realización de su destino democrático y voluble en muchas de sus decisiones colectivas -por imperio de su cambiante humor, la asamblea condenó a muerte a sus victoriosos generales de la brillante batalla de las Arginusas y a Sócrates, el mejor de sus ciudadanos, por motivos no justificados -sólida y versátil; heroica y a veces frívola. En todos sus avatares siempre aparece un signo de contradicción que la impulsa a superar los términos antitéticos, a avanzar con decisión hacia su cristalización, hacia su ubicación intemporal como paradigma, como ejemplo, como una de las más altas realizaciones del espíritu humano.
Fue cuna de la democracia porque creyó en el hombre, en la paideia que conduce a cada persona a su plenitud, a su pleno autodominio, a convertirse por propia determinación en un microcosmos que armoniza su vida con el macrocosmos social y con el orden universal impuesto por la deidad.
Las biografías que conforman este libro intentan presentar a esos héroes que sintetizaron y plasmaron los momentos culminantes de la vida, de las tensiones, de las luchas de la ciudad por parir un nuevo tipo de hombres que surgió con fuerza indeleble en las jornadas de Maratón, en Salamina y Platea".







