11 Septiembre 2002 Seguir en 
El joven maestro marcó una serie de hitos fundamentales en el espectro político de Argentina. Escritor asiduo, estudioso y gran lector, careció por su condición económica de estudios universitarios. Sin embargo, adquirió una cultura humanística colosal con la ayuda de terceros y la voluntad de su genio.
Exiliado varias veces de su tierra -siempre por razones políticas interprovinciales que azotaban en aquellos días- trabajó como dependiente de comercio en Valparaíso, Chile. Más tarde, se trasladó a las minas de Copiapó. Contaba con apenas 25 años cuando, en el lugar, sufrió una alteración mental como complicación de la fiebre tifoidea que contrajo. El psiquiatra Emilio Rojas en su momento expresó que "dicha infección puede ocasionar delirios y alucinaciones. Y las complicaciones encefálicas de la tifus pueden considerarse como crisis pasajeras, aunque muchas veces dejan lesiones definitivas en el paciente".
Posiblemente, en Sarmiento, se encontraba la predisposición natural. "Y, ante todo -comenta el doctor Guerrino, médico y miembro de la Academia Argentina de la Historia- un factor constituido por exceso de trabajo físico y mental. Igualmente, aún en su estado de convalecencia, regresó a San Juan, sitio natal donde lo esperaba su familia que lo ayudó a su rápida recuperación".
En su obra Recuerdos de Provincia existen algunos pasajes que comentan el inicio de su enfermedad. "En el año 1836 volví a mi patria arrancado de Copiapó por las órdenes de mis paisanos, que temían perdiese la razón a efecto de una afección cerebral que me afectaba".
"La cabeza le falló"
Varias fueron las posturas que se manejaron ante el desvarío de Sarmiento. Leopoldo Lugones supone que, "agobiado en Chile por las tareas de peón minero que desempeñaba, se ahorraba la reparación del sueño para enseñar, estudiar y escribir. Entonces, la cabeza le falló".
Aquel desvarío se acentuaba con el aspecto de la vestidura jornalera que había adoptado. Una bombacha azul y su boina colorada. Algunas memorias recordatorias destacan que la dueña de la casa en la que se hospedaba se alarmaba por la conducta: "cuando escribe comenta en voz alta la composición. Y también propina puñetazos sobre la mesa y amenazas que inundan el recinto". La mujer creyó loco a Sarmiento, "quien a menudo efectuaba estruendo de peleas con sillas volcadas, libros en el suelo y juramentos estentóreos", redacta el doctor Guerrino.
El médico historiador repasa su historia y luego de varias consultas e investigaciones comenta que, "se puede hablar de un estrés importante. Trabajaba, estudiaba, leía mucho y escribía por las noches. Además, en ese periodo preantibiótico, muchas veces la fiebre tifoidea se recuperaba lentamente durante la tercera y cuarta semana de la enfermedad". Se dice que Sarmiento recibía con beneplácito las bromas sobre su presunta locura. Otras veces, se empeñaba en explicar el origen político del mote conque algunos pretendían desacreditarlo. Sin embargo, y a pesar de todas las anécdotas que acreditaban su pérdida de la cordura, en la prosapia familiar figura un tío demente. Tales datos fueron consignados en una de sus obras. También, por la línea materna, Miguel Albarracín de Oro, tuvo una hermana y una hija con problemas mentales.
Ante este suceso, Aníbal Ponce anota que, "la familia era bastante frecuente a la locura. El que no pasaba por loco de remate, se le sospechaba de alocado fronterizo".
Su padre era un hombre andariego. Con tendencia a los viajes y recorridos por las provincias. Le costaba ubicarse por largo tiempo en un lugar y descargaba todo el peso familiar en su esposa, Paula Albarracín de Sarmiento. "Este tipo de conflicto, típico de personas andarines y viajeros incansables, se lo denomina dromomanía -comenta el especialista-. Es un tipo de neurosis caracterizada por una irresistible inclinación a las marchas errantes".
Tal carga patológica no perturbó su intelecto. Ni impidió la magnificencia de sus obras como educador y escritor. El mismo Lugones cuenta que, "salvo su locura pasajera, jamás estuvo enfermo. Y aun abusando tanto de su trabajo intelectual nunca sintió ningún dolor de cabeza".
Hipertrofia cardíaca
Su salud comenzó a declinar en 1876, bajo un cuadro de hipertrofia cardíaca. Qué se agudizó, después de la invitación de Nicolás Avellaneda para inaugurar una línea ferroviaria, en malestar circulatorio. Finalmente, el inconveniente, lo llevaría a su muerte.Soportó las dolencias comunes en una persona de edad avanzada, falencias odontológicas, disminución de la capacidad visual, proctoma prostático y una sordera prominente.
"Los facultativos que lo observaron detectaron la cardiopatía que ocasionó la muerte del prócer ?explica Guerrino-. Vaticinaron una supervivencia de dos años. Y, entre los diagnosticadores, se encontraba nada menos que Ignacio Pirovano".
Pero en 1880, ya anciano, redactaba "El Censor", traducía obras de textos y difundía libros extranjeros. Sin embargo su salud declinaba. "Mi salud no es buena. La persistencia e irritación de la garganta me molesta y entristece", cometa Sarmiento a su hermana.
Resfríos intermitentes
Reiteradas hematemesis -vómitos con sangre- hicieron sospechar una úlcera gástrica.También sufrió inconvenientes respiratorios, que más tarde fueron catalogados como resfríos intermitentes. "En el invierno, se veía acosado por una crisis de estornudos y muchas molestias. Por eso decía que el resto de su vida tendría que emplearla en estornudos", dice.
"Sarmiento pidió, mejor dicho, ordenó, que no hubiese ningún sacerdote en su lecho: no quiero ningún cura en la orilla de mi cama que, pueda escuchar en un segundo de delirio, versiones que denigren mi dignidad", apuntó Guerrino.
Exiliado varias veces de su tierra -siempre por razones políticas interprovinciales que azotaban en aquellos días- trabajó como dependiente de comercio en Valparaíso, Chile. Más tarde, se trasladó a las minas de Copiapó. Contaba con apenas 25 años cuando, en el lugar, sufrió una alteración mental como complicación de la fiebre tifoidea que contrajo. El psiquiatra Emilio Rojas en su momento expresó que "dicha infección puede ocasionar delirios y alucinaciones. Y las complicaciones encefálicas de la tifus pueden considerarse como crisis pasajeras, aunque muchas veces dejan lesiones definitivas en el paciente".
Posiblemente, en Sarmiento, se encontraba la predisposición natural. "Y, ante todo -comenta el doctor Guerrino, médico y miembro de la Academia Argentina de la Historia- un factor constituido por exceso de trabajo físico y mental. Igualmente, aún en su estado de convalecencia, regresó a San Juan, sitio natal donde lo esperaba su familia que lo ayudó a su rápida recuperación".
En su obra Recuerdos de Provincia existen algunos pasajes que comentan el inicio de su enfermedad. "En el año 1836 volví a mi patria arrancado de Copiapó por las órdenes de mis paisanos, que temían perdiese la razón a efecto de una afección cerebral que me afectaba".
"La cabeza le falló"
Varias fueron las posturas que se manejaron ante el desvarío de Sarmiento. Leopoldo Lugones supone que, "agobiado en Chile por las tareas de peón minero que desempeñaba, se ahorraba la reparación del sueño para enseñar, estudiar y escribir. Entonces, la cabeza le falló".
Aquel desvarío se acentuaba con el aspecto de la vestidura jornalera que había adoptado. Una bombacha azul y su boina colorada. Algunas memorias recordatorias destacan que la dueña de la casa en la que se hospedaba se alarmaba por la conducta: "cuando escribe comenta en voz alta la composición. Y también propina puñetazos sobre la mesa y amenazas que inundan el recinto". La mujer creyó loco a Sarmiento, "quien a menudo efectuaba estruendo de peleas con sillas volcadas, libros en el suelo y juramentos estentóreos", redacta el doctor Guerrino.
El médico historiador repasa su historia y luego de varias consultas e investigaciones comenta que, "se puede hablar de un estrés importante. Trabajaba, estudiaba, leía mucho y escribía por las noches. Además, en ese periodo preantibiótico, muchas veces la fiebre tifoidea se recuperaba lentamente durante la tercera y cuarta semana de la enfermedad". Se dice que Sarmiento recibía con beneplácito las bromas sobre su presunta locura. Otras veces, se empeñaba en explicar el origen político del mote conque algunos pretendían desacreditarlo. Sin embargo, y a pesar de todas las anécdotas que acreditaban su pérdida de la cordura, en la prosapia familiar figura un tío demente. Tales datos fueron consignados en una de sus obras. También, por la línea materna, Miguel Albarracín de Oro, tuvo una hermana y una hija con problemas mentales.
Ante este suceso, Aníbal Ponce anota que, "la familia era bastante frecuente a la locura. El que no pasaba por loco de remate, se le sospechaba de alocado fronterizo".
Su padre era un hombre andariego. Con tendencia a los viajes y recorridos por las provincias. Le costaba ubicarse por largo tiempo en un lugar y descargaba todo el peso familiar en su esposa, Paula Albarracín de Sarmiento. "Este tipo de conflicto, típico de personas andarines y viajeros incansables, se lo denomina dromomanía -comenta el especialista-. Es un tipo de neurosis caracterizada por una irresistible inclinación a las marchas errantes".
Tal carga patológica no perturbó su intelecto. Ni impidió la magnificencia de sus obras como educador y escritor. El mismo Lugones cuenta que, "salvo su locura pasajera, jamás estuvo enfermo. Y aun abusando tanto de su trabajo intelectual nunca sintió ningún dolor de cabeza".
Hipertrofia cardíaca
Su salud comenzó a declinar en 1876, bajo un cuadro de hipertrofia cardíaca. Qué se agudizó, después de la invitación de Nicolás Avellaneda para inaugurar una línea ferroviaria, en malestar circulatorio. Finalmente, el inconveniente, lo llevaría a su muerte.Soportó las dolencias comunes en una persona de edad avanzada, falencias odontológicas, disminución de la capacidad visual, proctoma prostático y una sordera prominente.
"Los facultativos que lo observaron detectaron la cardiopatía que ocasionó la muerte del prócer ?explica Guerrino-. Vaticinaron una supervivencia de dos años. Y, entre los diagnosticadores, se encontraba nada menos que Ignacio Pirovano".
Pero en 1880, ya anciano, redactaba "El Censor", traducía obras de textos y difundía libros extranjeros. Sin embargo su salud declinaba. "Mi salud no es buena. La persistencia e irritación de la garganta me molesta y entristece", cometa Sarmiento a su hermana.
Resfríos intermitentes
Reiteradas hematemesis -vómitos con sangre- hicieron sospechar una úlcera gástrica.También sufrió inconvenientes respiratorios, que más tarde fueron catalogados como resfríos intermitentes. "En el invierno, se veía acosado por una crisis de estornudos y muchas molestias. Por eso decía que el resto de su vida tendría que emplearla en estornudos", dice.
"Sarmiento pidió, mejor dicho, ordenó, que no hubiese ningún sacerdote en su lecho: no quiero ningún cura en la orilla de mi cama que, pueda escuchar en un segundo de delirio, versiones que denigren mi dignidad", apuntó Guerrino.







