La sociedad busca mediadores
Una vez más, un sacerdote fue elegido por la ciudadanía para que interceda entre ellos y la dirigencia política, que no sabe cómo dialogar. Un reclamo social muy antiguo. Por Angel Anaya, columnista.
Por Angel Anaya, columnista.BUENOS AIRES.- También en Neuquén es un obispo, monseñor Marcelo Melani, el mediador que surge para el gran conflicto que es ahora el epicentro de la situación política nacional, como ya ocurrió y acontece en otras provincias. Por añadidura, esa apelación colectiva se produce al término de una Semana Santa -coincidente con la pascua judía- que ha tenido en el rompeolas federal un eco que no se observaba hace mucho tiempo, en la calle, en los templos, ni en los medios. Ha sido, más allá de la fe, la expresión de la ansiada búsqueda de un arbitraje y acuerdo que las dirigencias políticas, comenzando por el poder público, no son capaces de alcanzar, ni tienen espacio entre sus enfrentamientos para lograrlo. Hasta último momento, con el caos a las puertas, el gobernador Sobisch intenta hacer frente a la movilización docente denunciando la presencia de grupos violentos llegados ex profeso, y disponiendo a la vez que no haya policía en las calles. Con esa decisión, pareciera estar encendiendo una vela al diablo, demostrando así que debe haber represión. Un caos mayor puede tapar otro menor. El orden no consiste en la policía y las bayonetas, decía Ortega y Gasset, sino en asumirse individualmente la conciencia de la ley. Pero en la Argentina, es ya algo tarde y la sociedad busca amparo lejos de los políticos.
Disconformes
No es posible creer que la muerte vil de Carlos Fuentealba haya causado tanta emoción y dolor entre tal cantidad de decenas de miles de argentinos que han detenido sus tareas en tantos lugares del país. Más bien el sentido común permite observar el acontecimiento sin precedentes del sacrificio del maestro como el factor detonante de una inconformidad social contenida. Inconformidad por una cantidad de causas que se expresan en las encuestas sobre demandas ciudadanas, desde la inseguridad hasta el deterioro de valores esenciales para la convivencia que ni siquiera la buena macroeconomía asegura. El centro y el microcentro porteños eran, mientras salían estas líneas, un mundo urbano inédito, pues la gran marcha y los paros temporales no irritaban y casi nadie parecía urgido por sus tareas habituales. Podrá decirse que hubo sectores, especialmente los sindicales, que se valieron del caso para engancharlo a los debates salariales en plena temporada, y otros políticos que sectariamente procuraron castigar al adversario electoral con una suerte de "mester de bastardía". El control de seguridad no faltó y por cierto que tuvo la advertencia del caso de Quebracho, los violentos profesionales para quienes se abrió rápidamente días atrás el cauce de la Justicia que asegura la adecuada represión. (De nuestra Sucursal)







