02 Marzo 2007 Seguir en 
“El problema de ser puntual es que no hay nadie allí para apreciarlo”, ironizaba el escritor estadounidense Franklin P. Jones. Y en Tucumán, esa frase parece cumplirse con todas las letras. En esta provincia, la impuntualidad está presente en las aulas universitarias; en las oficinas públicas y privadas; en los consultorios médicos; en las iglesias; en los centros de cultura; en los bares; en los bancos; en los servicios de transporte y hasta en el propio hogar.
El padre Miguel Alderete Garrido, párroco de El Salvador, de barrio Obispo Piedrabuena, comentó a LA GACETA que acostumbró a sus fieles a que las misas comienzan a la hora indicada, con o sin gente. “No me adhiero a esa costumbre de decir ‘convoquemos a la reunión a las 17.30 para que estemos empezando a las 18’”, dijo. “La puntualidad tiene que ver con la vida; no es una obsesión. Respetar el tiempo del otro es respetar a Dios mismo y a Dios que está dentro del otro”, afirmó.
El empresario Federico Lanati también considera que la puntualidad está vinculada al respeto. “Si alguien tiene que encontrarse conmigo para una entrevista laboral o para hacer un negocio, y llega tarde, me da una primera impresión negativa”, indicó.
Conspiración de minutos
Oli Alonso, director general y artístico del teatro Alberdi, admitió que la gente está acostumbrada a llegar tarde a los espectáculos. “Nosotros tratamos de ser puntuales, pero hay una cadena de factores que no manejamos. Por ejemplo, a veces el productor no quiere que empiece el espectáculo hasta que no está toda la gente adentro, por una cuestión económica. Cuando se trata de nuestras propias producciones de teatro o conciertos, se empieza a la hora indicada y quien llega tarde no entra a platea; sólo a la galería”, explicó.
Salvador Díaz, director de Acción Cultural e Interior, dijo que el público tucumano suele llegar tarde a los espectáculos. “En algunas producciones, contó, como la de Julio Bocca, los que llegaron tarde no pudieron entrar hasta el intervalo”.
“Nadie es dueño del tiempo del otro”, manifestó el doctor Florencio Aceñolaza, profesor de la UNT y ex diputado nacional.
“En la Facultad no sufro tanto la impuntualidad porque el grupo es pequeño y hay mucha comunicación y respeto entre docentes y alumnos. Donde padecí la falta de puntualidad fue cuando estuve en el Congreso”, dijo. En cambio, remarcó Aceñolaza (que presidía la comisión de Relaciones Exteriores), con los diplomáticos o empresarios extranjeros, las cosas eran muy claras. “Decían que iban a ir a las 15, por ejemplo, y a esa hora estaban en la puerta del despacho”, recordó.
El padre Miguel Alderete Garrido, párroco de El Salvador, de barrio Obispo Piedrabuena, comentó a LA GACETA que acostumbró a sus fieles a que las misas comienzan a la hora indicada, con o sin gente. “No me adhiero a esa costumbre de decir ‘convoquemos a la reunión a las 17.30 para que estemos empezando a las 18’”, dijo. “La puntualidad tiene que ver con la vida; no es una obsesión. Respetar el tiempo del otro es respetar a Dios mismo y a Dios que está dentro del otro”, afirmó.
El empresario Federico Lanati también considera que la puntualidad está vinculada al respeto. “Si alguien tiene que encontrarse conmigo para una entrevista laboral o para hacer un negocio, y llega tarde, me da una primera impresión negativa”, indicó.
Conspiración de minutos
Oli Alonso, director general y artístico del teatro Alberdi, admitió que la gente está acostumbrada a llegar tarde a los espectáculos. “Nosotros tratamos de ser puntuales, pero hay una cadena de factores que no manejamos. Por ejemplo, a veces el productor no quiere que empiece el espectáculo hasta que no está toda la gente adentro, por una cuestión económica. Cuando se trata de nuestras propias producciones de teatro o conciertos, se empieza a la hora indicada y quien llega tarde no entra a platea; sólo a la galería”, explicó.
Salvador Díaz, director de Acción Cultural e Interior, dijo que el público tucumano suele llegar tarde a los espectáculos. “En algunas producciones, contó, como la de Julio Bocca, los que llegaron tarde no pudieron entrar hasta el intervalo”.
“Nadie es dueño del tiempo del otro”, manifestó el doctor Florencio Aceñolaza, profesor de la UNT y ex diputado nacional.
“En la Facultad no sufro tanto la impuntualidad porque el grupo es pequeño y hay mucha comunicación y respeto entre docentes y alumnos. Donde padecí la falta de puntualidad fue cuando estuve en el Congreso”, dijo. En cambio, remarcó Aceñolaza (que presidía la comisión de Relaciones Exteriores), con los diplomáticos o empresarios extranjeros, las cosas eran muy claras. “Decían que iban a ir a las 15, por ejemplo, y a esa hora estaban en la puerta del despacho”, recordó.
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