“Pato” Gentilini, el arquitecto musical del noroeste que eligió despedirse con una milonga

Nacido en Catamarca pero adoptado por Tucumán, el compositor, pianista y arreglador dejó una obra fundamental para entender nuestra identidad musical. Tenía 94 años

ADIÓS. El talentoso compositor murió a los 94 años. ARCHIVO LA GACETA
ADIÓS. El talentoso compositor murió a los 94 años. ARCHIVO LA GACETA
Por Ariane Armas 17 Junio 2026

Resumen para apurados

  • El compositor y pianista "Pato" Gentilini, figura clave del folclore del noroeste argentino, falleció a los 94 años en Tucumán, dejando un legado musical fundamental.
  • Nacido en Catamarca y adoptado por Tucumán, se destacó como un talentoso arreglador y creador que definió la identidad musical de la región a lo largo de su extensa carrera.
  • Su partida marca el fin de una era para el folclore del NOA, pero su vasta obra como referente musical seguirá siendo un pilar de consulta para las futuras generaciones.
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“Y si me preguntaran qué obra elegiría para despedirme de la vida, escogería una composición hecha junto a Roberto Espinosa: 'Responso por milonga'. Es, de alguna manera, un responso para mi propia muerte. Si me quedaran diez minutos de vida, tocaría esa obra”.

La frase, pronunciada 14 años atrás durante una entrevista sobre su vida y su música, hoy adquiere un significado inevitable. Con la muerte de Luis Víctor “Pato” Gentilini, el folklore argentino pierde a uno de sus creadores más refinados y menos estridentes.  Un músico capaz de tender puentes entre la tradición popular y la complejidad académica sin perder jamás la emoción de una zamba, una vidala o una chacarera.

Había nacido en San Fernando del Valle de Catamarca el 14 de septiembre de 1931, pero fue Tucumán la tierra que eligió para vivir, crear y construir una obra monumental. Llegó siendo apenas un joven de poco más de veinte años y encontró en la provincia un universo artístico que marcaría para siempre su destino. Aquí desarrolló la mayor parte de su carrera, formó conjuntos emblemáticos, compuso más de 130 obras y se convirtió en una referencia imprescindible para generaciones de músicos del noroeste argentino.

Su historia en nuestra provincia comenzó en los años en que la bohemia era una verdadera escuela de formación artística. Años después recordaría aquellas reuniones en las casas de Nabor Córdoba, Chivo Valladares, Eduardo Serú o los hermanos Trejo como espacios donde el arte circulaba sin especulación ni urgencias comerciales. “Eran lugares profundamente democráticos”, decía. Fue precisamente en una de esas reuniones donde Trejo lo escuchó tocar junto a Manuel “La Costa” Villafañe y lo invitó a sumarse a Ollantay, grupo que luego se transformaría en La Salamanca.

Aquella incorporación fue decisiva. Gentilini encontró en Tucumán una generación de artistas mayores que él que lo recibió como a un par. Allí comenzó una trayectoria que lo llevaría a integrar y dirigir algunas de las agrupaciones más importantes de la región: Los Shalacos, el Conjunto Folklórico Universitario, Huayna Sumaj, La Salamanca y, más tarde, Matamba, entre otras formaciones que ampliaron los horizontes sonoros del folklore.

Pero si algo distinguió al “Pato” fue su condición de músico integral. Pianista, guitarrista, cantante, compositor, arreglador y director, fue uno de los grandes innovadores del cancionero norteño. Supo absorber el legado de los patriarcas del folklore y, al mismo tiempo, enriquecerlo con armonías sofisticadas, contrapuntos y arreglos que expandieron las posibilidades expresivas de la música popular.

Su aporte fue tan profundo que muchos colegas lo definían como un “maestro de maestros”. El guitarrista Juan Falú lo resumió con precisión durante un homenaje realizado en Plaza Independencia en 2021, por sus 90 años: Gentilini fue “un memorioso de la cultura de esta tierra” y un hombre capaz de tender “ese puente indispensable entre el ayer y el mañana”.

La poesía ocupó un lugar central en su obra. Más que musicalizar textos, Pato construía un diálogo íntimo entre palabra y melodía. Por eso sus composiciones junto a figuras como Manuel J. Castilla, José Augusto Moreno, Luis Alberto Sánchez Vera, Lucho Díaz, Roberto Espinosa, Pepe Núñez o Néstor Soria alcanzaron una densidad expresiva poco frecuente dentro del repertorio folklórico.

Grandes intérpretes llevaron luego esas canciones a escenarios de todo el país. Mercedes Sosa, Los Trovadores del Norte, Buenos Aires 8, Melania Pérez y Lorena Astudillo fueron algunos de los artistas que grabaron y difundieron su obra.

Un afecto especial

Aunque su cuna estuvo en Catamarca, pocas personas lograron retratar Tucumán con tanta sensibilidad. Cuando le preguntaron cuál de sus composiciones lo identificaba más con la provincia que lo adoptó, no dudó. Eligió “Zamba para el pelador de caña”, escrita junto a José Moreno.

“Refleja una época dramática y la vida de los obreros del surco”, explicó entonces. Había conocido de cerca la realidad de la zafra, los ingenios y los trabajadores azucareros, y encontró en esa canción una manera de convertir esa experiencia colectiva en arte perdurable.

También guardaba un afecto especial por “Zamba para los amigos de la noche”, otra obra atravesada por la bohemia tucumana que tanto marcó sus años de formación.

Quizás por eso el “Jardín de la República” terminó adoptándolo como uno de los suyos. Como prueba de ello, en 2012 se le concedió una mención de “Personalidad Ilustre de la Cultura” por parte de la Universidad Nacional de Tucumán. Fue otorgada en el marco de la inauguración del Julio Cultural Universitario (coincidiendo históricamente con el centenario del Teatro Alberdi). En esa gala, el “Pato” tocó sus obras en el piano acompañado por la Orquesta Sinfónica de la universidad.

En 2019, la Legislatura provincial reconoció oficialmente su trayectoria y su aporte cultural.

En los últimos años, además, nuevas generaciones comenzaron a redescubrir su legado. El “Proyecto Pato”, impulsado por Nadia Larcher y Lucas Pierro, volvió a poner sus canciones en circulación y acercó su repertorio a públicos de todo el país. Al mismo tiempo, espectáculos como “Pato Adentro” y la publicación del cancionero “Toda vida y llena de alma” ayudaron a preservar una obra que constituye una parte fundamental de la identidad cultural del noroeste.

Autodidacta por convicción, Gentilini solía decir que había aprendido música “a las patadas y a los ponchazos”. No obstante, detrás de esa modestia había un creador excepcional, dueño de una sensibilidad capaz de escuchar en una copla, en una voz campesina o en un verso de Castilla posibilidades musicales que otros no advertían.

Hoy se apaga la vida Gentilini. Pero permanecen sus zambas, sus arreglos, sus búsquedas armónicas y esa manera singular de entender que la música popular podía ser, al mismo tiempo, profundamente popular y profundamente bella.

Entonces, cuando vuelvan a sonar las notas de “Zamba para el pelador de caña”, de “Si no te vuelvo a ver” o de tantas otras composiciones que ayudó a crear, el “Pato” seguirá estando allí. Entre los cañaverales, en las noches de bohemia tucumana, en las aulas donde se estudia el folklore y en cada músico que encuentre en sus canciones una nueva forma de habitar el norte argentino.

Semblanzas y evocaciones por un maestro

Viviana Taberna.- Cantar la obra del Pato durante más de 10 años me hizo crecer como cantora e intérprete. Es uno de los pilares de la música argentina de raíz folclórica. Sus creaciones invitan a respirar cada nota, cada palabra, cada silencio. Puedo afirmar que su obra, no sólo pertenece a la historia musical y poética de nuestro folclore, sino también a quienes seguimos cantando con el alma.

Pancho Santamarina.- Más allá de la inmensa tristeza que genera la pérdida de un artista de tamaña significancia para el acervo cultural de Tucumán, celebro su vida y le agradezco al Gentilini creador, compositor fino, sobrio y de melodías profundas en grupos vocales con un sentido amplio de pertenencia. Generó puentes necesarios entre la música popular y la académica. El Pato pianista de acordes imposibles. El Pato buen amigo de sus amigos. El cantor de vidalas de voz honda. El que eligió a Tucumán como su lugar en el mundo. Piedra basal de la identidad musical de la provincia. Hacedor de una obra inmensa y trascendente que nos tocará reivindicar y defender.

Noralía Villafañe.- Fue uno de los compositores imprescindibles de nuestra cultura. Su obra no es sólo música: es reflejo de costumbres, memoria e identidad. Tuve el honor de cantar sus canciones y cantar para él en el homenaje por los 90 años. Le dio un sello propio a su música siempre con una mirada profunda. Tenemos la suerte de que se haya enamorado de Tucumán y que sus amigos hayan enriquecido su vida y su poesía. Una vez leí unas palabras dedicadas a las nuevas generaciones, que no nos dejemos influenciar por las corporaciones, que no perdamos de vista la profundidad de las cosas, que no nos dejemos copar por lo superficial, lo masivo. Sin dudas es y será un pilar dentro de la cultura argentina, y ojalá muchos jóvenes canten sus obras.

Lucho Hoyos.- Un padre, y no sólo en lo musical, sino en todos los sentidos. Ejemplo de pasión, estudio, proyección, concreción y compromiso. Un espejo donde mirarse para tratar de intentar ser mejor, para intentar superarme. Un músico impresionante y una de las cuatro patas sobre las que edifiqué mi carrera y todo mi desarrollo personal (junto al Chivo Valladares, Los Hermanos Núñez y Juan Falú). Tuvo la enorme posibilidad de la contemporaneidad con muchas cosas y muchos artistas y también la posibilidad de tener a mano el desarrollo de la evolución tecnológica y sus mieles. Uno de los pocos tipos que pasó por esta vida y sembró, cosechó, creó, enseñó, y emocionó.

Topo Bejarano.- El nombre del Pato abarca lo inabarcable, habla de la Tierra y también del porvenir. Catamarqueño heredero del “no servían” inaugurado por don Luis Franco: prometeano ladrón del fuego de las élites para que haga arder el laurel en las humildes sartenes musicales del pueblo. Con él jamás pudieron los buitres del mercado pese al Cáucaso que significa la soledad del artista. Un autodidacta que escribió parte de las más sublimes páginas del canto popular de nuestro norte: la emblemática zamba “Para los amigos de la noche”, himno de todos los tiempos, “La trunca de la gente” o la inmensurable cantata “Jesucristo año 2000” entre tantas y tantas otras que merecen estar en el panteón del patrimonio intangible más valioso. Quizás lo que menos se sepa es que bregó con lealtad militante por causas que amaba. Así, los conciertos con el que algunas veces lo galardonaban algunas instituciones, no podían ocurrir sin que esté presente gran parte de la producción del Chivo Valladares, por ejemplo. En una ocasión le propuse un concierto para difundir su obra y él armó uno… dedicado a Yupanqui. Aunque fue valorado por promotores culturales de gran peso, él mismo dejó en parte su obra de lado. Llegó a definirse eventualmente como un “aficionado”, en un gesto de modestia tan inexacto como enaltecedor. Pero nada de esto alcanza para abarcar el nombre de Don Pato, como nos gustó siempre nombrarlo. Habría que pensar en cada charla, cada guitarreada, cada crítica, con las que él tejió una invisible red para que el canto popular se sirviera de ella para atrapar a cuantos joven le brotasen la vocación de este decir definitorio. Fue un cazador de jóvenes, como quien siembra futuro. Él, con pocos, puede levantar la voz de Luis Franco para proclamar: “mi piel la lego para pergaminos de futuras leyendas”.

Pablo González Jazey.- Inmenso Pato. Generoso. Incansable. Un creador finísimo. Tuve la suerte de que me convocara a tocar la parte de guitarra solista con su grupo La Salamanca a mis 17 años. Fue todo un reto y el comienzo de una relación invalorable. Me enseñó no sólo a tocar folclore, sino que me aconsejó sabiamente ante mis consultas. Lo recuerdo en su casa de la calle Rubén Darío tocando su piano o simplemente sentado compartiendo conmigo sobre la austeridad del repertorio español y muchísimos otros conocimientos. Un roble… Hace años hice un trabajo recopilando piezas de guitarra de artistas de Tucumán. Lo llamé para pedirle una obra. Mientras la esperaba pensando que sería una chacarera, quizás una zamba, me sorprendió mandándome un tango. “A Francisco De Caro” es una hermosa obra con muchas pinceladas de las armonías del jazz. Contaba su estado de éxtasis en el concierto que diera Duke Ellington en Tucumán. Con Annelise grabamos la “Vidala para una tarde”, que nos la dedicó.

Carlos Podazza.- La amistad que tenía con el Pato era casi familiar. Sus hijas, adolescentes, fueron alumnas mías. Vivía prácticamente a la vuelta de mi casa, cuando yo estaba en la calle San Juan al 1.600. Y teníamos un trato muy cordial de vernos siempre, de hablar de música. Además, él tenía un proyecto con mi papá (Eduardo Podazza) y con Gerardo Van Mameren, en una audición radial sobre tango con textos de Gerardo y música del Pato. Viví sus ensayos con los Huayna Sumaj, algunos con La Salamanca (la Salamanca chica y la Salamanca grande), y a veces lo invitaba a mi papá a participar de ese grupo. Un tipo que era un laburante total con la música, constantemente aportando. Participé en algunos discos que me invitaba con una guitarra, y compartí su actividad como hacedor de arreglos de propuestas musicales con Maggie Spamer, por ejemplo, y con Rodolfo Viñas también. Su vasta obra compositiva habla por sí sola de todo lo maestro que fue para quienes abrazamos este gusto por un folclore tal vez distinto, no tan convencional. Él siempre puso algo de jazz en sus arreglos y en sus acordes; se salió de la cosa común. En eso fue un maestro total. Sólo escuchar su obra nos evita un montón de palabras. Aparte de ser un maestro total, fue un caballero, un señor. Sólo quedan palabras de reconocimiento para toda la obra que deja y esa cosa de que se puede ser un gentleman y comer locro y tomar vino en la misma mesa y siempre con respeto. También era un tipo muy agradable con muchísimas anécdotas.

Nancy Pedro.- Fue un señor con la mirada profunda, profundamente respetuoso y serio hasta para reírse. Sus frases tenían una pausa de cuadra y media y para decir algo primero estaba convencido. Coherente, ético, plantado en Tucumán, ha echado raíces hasta Catamaca aunque de ahí venga su semilla. Incansable, infaltable, siempre listo para acompañar, para alentar, para ayudar. Me dio permiso de cantar su zamba y fue generoso siempre. Él y Gloria crearon un hogar de puertas abiertas y cafecitos con algo dulce en la mesa al lado del piano. De él he aprendido el respeto por los jóvenes y las nuevas canciones, a seguir aún temblando, a quedarme en Tucumán y a nunca pero nunca negociar mi amor por la música y por la gente.

Leopoldo Deza.- El Pato fue el papá musical de toda nuestra generación de fusión. Yo no hubiera hecho la música que hice y hago si no lo hubiera visto, escuchado, charlado y tocado con él.

Martín Páez de la Torre.- Fue un creador notable, con una inmensa cantidad de canciones espectaculares, hermosas y que no están muy difundidas porque a él no le interesaba mucho esa parte. Tuvo esa condición de artesano calladito haciendo sus cosas y eligiendo a los mejores poetas, con una humildad espectacular siempre en pos de la perfección de la obra. Y cuánto más independiente y libre era, sentía que más pura salía su creación, sin estar dependiendo de los oleajes y los vaivenes que tiene el vivir de ello. Hicimos largos viajes en auto en los que me contó muchas cosas que debería haberlas escuchado todo el mundo. Con su partida, se nos fue el último de una generación de próceres que marcaron el inicio del follcore norteño y el nexo con los más jóvenes para defender esa tradición.

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