Un lobo con piel de cordero

Análisis. Por Federico van Mameren - Secretario de Redacción.

02 Marzo 2007
Estaba todo listo para la gran batalla. Helicópteros, francotiradores, vallas, armamento, balas, palos y miles de efectivos preparados para lo peor.
El gobernador entró hecho una tromba a la Legislatura; y cuando se puso los anteojos, la sorpresa fue mayor.
Frases cortas, simples y tranquilas generaron un fortísimo contraste entre el clima creado los días y las horas previas y el discurso.
Alperovich se preocupó varias veces de decir que era el último discurso, pero tuvo la sutileza de sugerir que uno de los grandes objetivos es continuar con la misma línea de acción la próxima década.
Gastó mucha saliva para describir obras, logros y éxitos. Por el contrario, unas cuantas frases le bastaron para reconocer algunos errores.
Se sintió en su salsa cada vez que describió su gestión y presumió como un adolescente con ella. La memoria le funcionó a la perfección, porque se acordó -cada vez que hizo falta- de la gran ayuda de la Nación.
En cambio, cuando reconoció, casi compungido, que la gente no se siente totalmente segura en las calles tucumanas, distribuyó responsabilidades: "para abordar el tema de la seguridad necesariamente debemos incluir a los tres poderes del Estado y a la sociedad civil".
Tampoco fue muy claro su agradecimiento para una Legislatura que le dio prácticamente todo lo que pidió. El gobernador prefirió agradecer al pueblo y esquivó a los representantes. Tanto es así que a diferencia de otros años no se bajó a saludar a uno por uno.
Mientras todo esto ocurría en el recinto, muchos tucumanos caminaban indiferentes por la calle. Eso sí, por aquellas en las que estaba permitido transitar.
Estos grandes actos cívicos cada vez están más lejos de la sociedad.