Bravuconadas, pruebas de amor y desconfianza

Por Fernando Stanich - Redacción LA GACETA.

09 Febrero 2007
Se mostraron juntos para dar testimonio de que entre los poderes que encabezan no hay una pelea que afecte la relación institucional, ni la política. Además, el gobernador José Alperovich y el vicegobernador Fernando Juri dejaron en claro que convinieron pasar a un segundo plano la discusión por el presupuesto de la Cámara. Este tema venía enrareciendo las relaciones a partir de las diferencias entre el Poder Ejecutivo y el bloque oficialista, que promueve un mayor ingreso para el cuerpo legisferante. “Con Fernando somos una sola cosa”, subrayó el mandatario provincial. “El Presupuesto no es algo que nos preocupe; sí queremos que la Legislatura tenga su independencia y que sus integrantes no se sientan rehenes, como se dijo por ahí”, manifestó el titular del PE.
El párrafo que antecede no es el relato de un encuentro reciente entre los “responsables” de los poderes políticos de la provincia. Se trata de una crónica publicada por LA GACETA sobre una reunión que mantuvieron Alperovich y Juri el 13 de agosto de 2004. Sí, a lo largo de estos tres años y cuatro meses que duró el matrimonio también hubo tiempo para loas, para mimos y hasta para arrumacos.
Pero cuidado con engañarse; la imagen de la pareja feliz que intentaron transmitir no pudo siquiera filtrarse cual pinchazo por las venas de sus integrantes. Alperovich y Juri nunca se sintieron casados. Nunca pensaron como pareja. Nunca estuvieron enamorados. Y nunca proyectaron el futuro, claro, como una pareja.
Fueron el fruto de una concepción pragmática de la política, contraria a aquella que se sustenta en la existencia de principios rectores para engendrar acciones. Fueron un invento de la química sindicalista que maneja como un experto el ex gobernador y senador nacional Julio Miranda. Fueron sencillamente eso: un rejunte de intereses mezquinos de un sector de la dirigencia que luchó (y que aún lucha) por su supervivencia.

Acción y reacción
El corolario de esta semana que ya termina bien podría ser una crónica similar a la antes transcripta. Los agravios y las diferencias, desde aquel 29 de octubre de 2003, signaron la relación entre los miembros de aquella exitosa sociedad.
Alperovich y Juri vivieron un romance al ritmo de los viejos preceptos de la política (esos que ellos dicen querer desterrar): a cada acción, la respuesta no puede ser otra más que una reacción.
Su éxito se sustentó en un toma y daca constante. Lo grave es que la institucionalidad en la provincia pendió (y aún pende) de un hilo. La desconfianza marcó sus actitudes. El ex radical reclamó en cuantas oportunidades pudo pruebas de amor que revitalizaran la libido en el matrimonio. Y el peronista de cuna respondió con un sí (inclusive antes de que se lo propusieran) a las pretensiones. ¿Quién puede dudar de que la pasividad de Juri le permitió a Alperovich construir un proyecto personal de acumulación de poder? Nadie, como tampoco nadie puede concebir por qué Juri esperó tanto en silencio.
Como empresario que es, el gobernador jugó siempre a su antojo y puso en reiteradas oportunidades frente a encrucijadas a su compañero de fórmula. Ocurrió con los proyectos injustificados para aniquilar al Colegio de Abogados, y también ocurrió cuando le jugó feo a la división de poderes y pidió a sus legisladores que boicotearan una sesión en la que se rechazaría un decreto sobre la gestión integral de los residuos. Los ejes temáticos fueron una casualidad del destino; en realidad, sólo buscó identificar -según su particular forma de entender la lealtad- a quienes estaban de su lado y a quienes no.

Despechado
Alperovich siempre quiso sacarse de encima a Juri; hasta hubiese preferido que la bravuconada que el vicegobernador lanzó hace exactamente siete días ocurriera antes. Hastiado de las hostilidades conyugales y con la presión de una oposición inerte, un despechado Juri (de pantalones largos) anticipó que irá por todo: por el PJ y por la gobernación. Ergo, por Alperovich.
Confía en sumar a sus filas a aquellos peronistas que, como él, gozaron de los abrazos, pero padecieron del repentino olvido del gobernador. Y, con la Legislatura como escudo, confía en convertirse en una suerte de Roberto Lavagna comarcano, con un gran frente opositor conformado por los soldados heridos que dejó (o no pudo sumar) en su camino el alperovichismo.
Con semejantes antecedentes, era imposible no pensar en un divorcio en malos términos del matrimonio más famoso de la política tucumana. Por eso, hay algunos colaboradores de Alperovich que le susurran al oído un viejo adagio popular: no hay peor astilla que la del mismo palo.