06 Febrero 2007 Seguir en 
BUENOS AIRES.- El Indec acaba de fallecer de muerte traumática, inducida por la política y por la miope ideología de algunos funcionarios que han querido tapar el sol con las manos.
Mal que le pese al secretario Guillermo Moreno, el número por el que tanto ha peleado y pelea con la convicción de un cruzado, se ha convertido, a los ojos y bolsillos de los consumidores, en algo tan irrelevante que ha tornado la situación de los Indices oficiales de Precios en algo abstracto.
Seguramente, ningún comprador atento necesitaba conocer el valor del índice para saber cuánto le han costado las cosas en el mostrador, durante el último mes. Su propia realidad, su mercado, le sigue funcionando a la gente mucho mejor que cualquier indicador.
Quizás el Indice de Precios (IPC) siga siendo aún relevante para calcular ajustes en bonos o contratos, o bien para serenar a las huestes sindicales que saldrán a pelear los próximos aumentos. También se sabe que ese valor es clave a la hora de calcular la línea que separa a los pobres y a los indigentes del resto de los argentinos.
Pero lo cierto es que para quienes van a realizar las compras, ese valor hoy no es parámetro de nada. Es probable que a los consumidores la actitud de los funcionarios cultores de tanta enjundia controladora hasta les provoque risa.
Sin embargo, este no es el meollo de la cuestión, ya que la situación es más grave por el ridículo en el que se lo ha expuesto al Indec, aunque el valor final no haya sido distorsionado y se presenten todas las pruebas de que es fiel y verdadero. Lo concreto es que a esta altura de la ensalada que se armó desde el mismo Gobierno, ningún número podría haber conformado a todos.
Todo el sainete de desplazamientos y comentarios relacionados con la eventual vulnerabilidad de las mediciones oficiales le han hecho al Indec un daño irreversible. Ahora, antes de que todos comiencen a dudar porque sí del resto de las estadísticas, se busca simplemente a alguien para que se haga cargo. (DyN)
Mal que le pese al secretario Guillermo Moreno, el número por el que tanto ha peleado y pelea con la convicción de un cruzado, se ha convertido, a los ojos y bolsillos de los consumidores, en algo tan irrelevante que ha tornado la situación de los Indices oficiales de Precios en algo abstracto.
Seguramente, ningún comprador atento necesitaba conocer el valor del índice para saber cuánto le han costado las cosas en el mostrador, durante el último mes. Su propia realidad, su mercado, le sigue funcionando a la gente mucho mejor que cualquier indicador.
Quizás el Indice de Precios (IPC) siga siendo aún relevante para calcular ajustes en bonos o contratos, o bien para serenar a las huestes sindicales que saldrán a pelear los próximos aumentos. También se sabe que ese valor es clave a la hora de calcular la línea que separa a los pobres y a los indigentes del resto de los argentinos.
Pero lo cierto es que para quienes van a realizar las compras, ese valor hoy no es parámetro de nada. Es probable que a los consumidores la actitud de los funcionarios cultores de tanta enjundia controladora hasta les provoque risa.
Sin embargo, este no es el meollo de la cuestión, ya que la situación es más grave por el ridículo en el que se lo ha expuesto al Indec, aunque el valor final no haya sido distorsionado y se presenten todas las pruebas de que es fiel y verdadero. Lo concreto es que a esta altura de la ensalada que se armó desde el mismo Gobierno, ningún número podría haber conformado a todos.
Todo el sainete de desplazamientos y comentarios relacionados con la eventual vulnerabilidad de las mediciones oficiales le han hecho al Indec un daño irreversible. Ahora, antes de que todos comiencen a dudar porque sí del resto de las estadísticas, se busca simplemente a alguien para que se haga cargo. (DyN)







